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Edwin Disla narra la dolorosa vida literaria de Lacay Polanco

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"RAMÓN LACAY POLANCO ATRAPADO ENTRE LAS SOMBRAS
El polémico ensayo escrito por Edwin Disla, fue enviado a la prensa escrita, pero parece que los detalles contenidos en él dificultaron su publicación. Su autor habla de situaciones embarazosas, nombres verdaderos, situaciones políticas, de amor, desamor, amantes y cafetines. historiadominicana.com.do lo publica bajo la responsabilidad absoluta de su autor, Edwin Disla, Premio Nacional de Literatura, 2007.

“El artista debe estar solo, terriblemente solo, con su desesperación. Porque el hombre nace y muere solo, y con nadie puede compartir su regocijo o su angustia”, escribió Ramón Lacay Polanco en la novela En su niebla (1950) y así moriría: terriblemente solo, con su desesperación.

Nacido en Ciudad Nueva, Santo Domingo, el mismo año (1924) en que las tropas de Estados Unidos desocuparon la República, sería el único hijo de Mercedes y José Augusto. Éste nunca viviría con ellos e incumpliría su responsabilidad paterna, razón por la cual Ramón Lacay Polanco no lo mencionaría y se relacionaría muy poco con sus hermanos de padre. De ellos, el más conocido sería José Miguel, progenitor del cantante José Lacay y experto nadador que ante multitudes se lanzaba al mar, frente al obelisco, y emergía a un kilómetro, en la playa de Güibia. En 1949, José Miguel se ahogó junto a Tulio pata de vaca intentando salvar a los tripulantes de la goleta Puerto Plata, zozobrada cerca del obelisco por efecto de un mar de leva. Ramón Lacay Polanco, con más impresión que dolor, siempre hablaba de este hecho.

Pese a las adversidades del medio social, Ramón (o Momón como les llamaban sus amigos íntimos) completó los cursos escolares elementales y se convirtió en experto taquígrafo y luego, de forma autodidacta, en excelente periodista. Como taquígrafo trabajó en la Cámara de Diputados, y robándole horas a su labor, devoraba libros y escribía poesías y cuentos. A través de estos demostró poseer una imaginación natural y una gran agilidad como fabulador. Estas cualidades las pondría en práctica siendo el escritor de las novelas radiales “El suceso de hoy”.

Gracias a la cultura adquirida pudo relacionarse con Manuel Arturo Peña Batlle, el más destacado pensador de la Era de Trujillo, y llegar incluso a ser su ayudante desinteresado en el trabajo intelectual y en su biblioteca. Algunos afirman, erróneamente, que Momón era secretario de Peña Batlle, siéndolo en verdad Héctor Pérez Reyes.

A la hora del crepúsculo, Peña Batlle acostumbraba a detenerse en el Café Hollywood, de la calle El Conde, a conversar con el poeta Franklin Mieses Burgos. También lo hacía Lacay Polanco, seguido de otros jóvenes como Leo Nanita y Cocuyo Mieses, prominente líder de la resistencia antitrujillista. Estos dos últimos iban a aprender de los maestros. Momón, haciendo referencia a temas poco conocidos en la época, como el existencialismo de Jean Paul Sartre, el voluntarismo de Nietzsche, la teosofía de Kardec y Blavatsky y la narrativa de John Dos Passos, Steinbeck y Hemingway, dejaba deslumbrado a Cocuyo Mieses. Éste lo veía como un joven bastante desarrollado ideológicamente, que podría convertirse en un importante miembro de la causa libertaria. Con esa intención se le acercó un día y lo invitó a las reuniones, las cuales en principio eran literarias. Pero Lacay Polanco se dio cuenta de las reales intenciones y no sólo abandonó las reuniones sino que después publicó en la prensa una serie de artículos laudatorios acerca de Trujillo. Fue cuando Cocuyo Mieses se dio cuenta de que el hombre, al igual que el admirado Peña Batlle, era un trujillista de tomo y lomo. No obstante, Lacay Polanco entabló verdaderos lazos de amistad con antitrujillistas como los poetas Víctor Villegas y Rodolfo Coiscou Weber, entre otros de la generación del 48. Es decir, no fue un cuadro político de la dictadura.

El empezar a destacarse con los artículos laudatorios (posteriormente los publicaría en un opúsculo titulado Perfiles de Trujillo) no fue visto con buenos ojos por los integrantes del círculo de cortesanos del Dictador, motivo por el cual difundieron el falso rumor de que tenía influencia de la prosa de Bosch, en ese momento en pie de lucha en el exilio. Lacay Polanco se vio obligado a escribir a vuela pluma otro documento laudatorio sobre Trujillo titulado ¿Hacia dónde va el comunismo? En él concluyó, parafraseando a otros escritores, que era imposible implantar en América un régimen bolchevique, y tildó de libelo el Manifiesto comunista de Marx y Engels.

En el año 1949, Momón publicó su primera obra literaria seria: La mujer de agua. Al momento de su edición los escenarios rurales, siguiendo las normas de Bosch (Camino real (1933) y La mañosa (1936)), eran los preferidos de los fabuladores criollos. Pero Lacay Polanco cambió de esquema y ubicó La mujer de agua en un ambiente mítico, existente solo en la imaginación del autor. El personaje central es Mabel, mujer que simboliza un amor imposible y transparente desconocido por el narrador.

Según el propio Lacay Polanco, la obra es una novela poemática, y el gran escritor dominicano Marcio Veloz Maggiolo, la señala como la primera novela poética dominicana, y José Rafael Lantigua: como un verdadero poema narrativo escrito con tan deleitoso donaire poético que permite al lector disfrutar de uno de los manjares novelísticos más exquisitos que conoce la literatura de la República Dominicana.
Para nosotros, sin embargo, La mujer de agua, de solo 80 páginas, no es una novela, pues carece de los elementos esenciales de ella como argumento, intriga, trama, desarrollo de la historia, etc. Es más bien la narración de un idilio escrito en prosa poética que resume el fracaso de la vida romántica de Momón. (Sus amigos de infancia le vieron por primera y única vez con una mujer después del ajusticiamiento de Trujillo).

Desde antes de la publicación de La mujer de agua, Lacay Polanco bebía aguardiente en exceso y se le empezaba a desarrollar otro defecto que le causaría múltiples dificultades: la petulancia. A él le encantaba hacer gala de su erudición, y con vehemencia, mirándolos con desprecio, humillaba a los iletrados y a los adversarios.

A los veintiseis años publicó su segunda obra narrativa, la mencionada En su niebla, sin duda su mejor texto. En él vuelve a utilizar una prosa poética. Para Marcio Veloz Maggiolo, quizás una de las personalidades que más influyó en Momón y en su apego a la literatura de corte poético y placentero fue el exiliado español Baltazar Miró, quien además lo inició en los poemas de Alberti y en los rosales de Emilio Prados.

En su niebla es una novela urbana, autobiográfica que, como Manhattan transfer, de John Dos Passos, contiene historias independientes. Lacay Polanco vuelve a reflejar su fracasada vida romántica incluyendo en las historias a su idilio, Mabel, y agregando a otro: Verna, pero aclara (p.26) que ninguna de las dos son ciertas. La novela está ambientada en su mayor parte en Ciudad Trujillo, y paradójicamente, siendo el autor un simpatizante de la dictadura, la describe como una urbe decadente, envuelta en una niebla, llena de barriadas pobres, de prostíbulos, de billares, chulos, vagabundos,
brecheros, vividores y cueros de cortina. Esta descripción no le causó el más mínimo problema, lo que demuestra que el régimen concedía cierto grado de libertad creadora a los escribidores, siempre y cuando no fueran conspiradores.

Otro detalle importante de la obra es la utilización del recurso de mudas espaciales o cambio del punto de vista. Esto se manifiesta cuando el autor narra, pasando sutilmente de la primera persona a la tercera (págs.112-119), el enfrentamiento por celos entre las putas La China y Provi y la posterior entrega de Provi a Rudy, el vividor o Chulo. Como la narración es técnicamente correcta, seguro leyó a Ulises, de Joyce y a Mientras agonizo, de Faulkner, máximos exponentes del recurso en esos años. El autor también utilizó la técnica de la memoria afectiva, llevada a la perfección por Marcel Proust en la obra En busca del tiempo perdido. Momón, por medio a Ernesto Lasalle, narrador-personaje principal de la obra, en su miserable habitación cobija sus migajas de recuerdos, sus despojos de hombre proyectado en diferentes planos, y premonitoriamente observa su muerte, su pobre cuerpo lívido, callado. “Me verán acostado’’, predice, “`y pensarán que estoy borracho’’. Y cree: “como serví a mi (…) generación con buena voluntad y sincero cariño, el concejo edilicio aportará el féretro’’. Finalmente, otro recurso utilizado, muy novedoso para la época, fue la transcripción en la novela de pasajes de su libro inédito Contraluz, el cual, según él, ahora no vale nada.


En su niebla fue la novela más moderna escrita en la Era de Trujillo y no superó en calidad a Over, de Marrero Aristy ni a La mañosa, de Juan Bosch, las dos mejores, porque Lacay Polanco le quitó vida, interés, emoción, esperanza y dinamismo al contenido, llenándolo con su historia muerta, depresiva, derrotada, alcohólica, bohemia y cabaretera, historia por la cual la crítica literaria ubica la novela dentro de la corriente existencialista de Sartre.

En 1956, Pedro René Contín Aybar en un artículo publicado en El Caribe consideró a Momón como un escritor solitario, colaborador de diarios y revistas. “No fue de los privilegiados de La poesía sorprendida, publicó raramente en los liberales Cuadernos Dominicanos de Cultura. Personalmente se le reconoce inteligente, pero su agudeza crítica no le conquista mucho el aprecio’’. Y afirma: “Lacay escribe bien (…) cultiva el soneto con elegancia y modernidad. Es buen periodista’’.

Con alivio, Momón leyó estos comentarios, pues significaban la ansiada bendición del temido dueño de la crítica del mundillo intelectual de la Era.

Por otro lado, aunque adquirió más prestigio literario no fue llamado a formar parte del aparato burocrático del gobierno como su amigo Ramón Marrero Aristy, debido a su vida licenciosa y a su inexistente magnetismo político. La dictadura lo situó junto a los intelectuales colaboradores de Petán Trujillo en La Voz Dominicana, donde estrechó sus vínculos con Freddy Miller y con el poeta Héctor J. Díaz (evocaría esta amistad hasta el mismo día de su muerte) y como agente cultural fronterizo lo envió al Sur. Producto de esta experiencia publicó en 1958 su primer libro de cuentos, Punto sur. En él demostró tener un conocimiento cabal de las tradiciones, geografía y folklor de esas regiones. De los trece cuentos del texto, siete los ambientó en la ruralidad del Sur, y seis en la ciudad capital. Los del Sur son más intensos, y sus temas, más afines con las creencias populares de entonces. Los titulados El bacá y La bruja serían los más antologados. El libro no impactó con la fuerza debida porque coincidió con la publicación por parte de Virgilio Díaz Grullón, de Un día cualquiera, clásico de la ficción breve dominicana, ganadora del Premio Nacional de Literatura de ese año.

Los cuentos de Virgilio Díaz Grullón son urbanos, por lo cual Juan Bosch afirmaría, ignorando las obras de Lacay Polanco, que iniciaban la literatura urbana en la narrativa dominicana. Naturalmente, el iniciador fue Lacay Polanco, quien superó un regionalismo prácticamente en vías de extinción en Hispanoamérica. Es posible que Bosch lo haya ignorado deliberadamente porque además de que eran enemigos políticos, Momón dedicaba parte de su tiempo a desacreditarlo (dicen que un día, en los años 70, hasta lo desafió a quien primero terminara un cuento) y parodiaría al autor de La mañosa en un relato llamado El presidente indiferente.

Mientras tanto, el final de la dictadura se acercaba, sobre todo luego del triunfo de la Revolución Cubana y de su posterior apoyo, en el mes de junio de 1959, a la fallida expedición de Constanza, Maimón y Estero Hondo. Lacay Polanco, muy ajeno a estos acontecimientos históricos, dos meses después de la irrupción expedicionaria publicó su tercera obra narrativa, El hombre de piedra. En unas palabras introductorias al libro, aclaró que el texto resumía la vida dominicana antes del año 1930, “pero aquella etapa tumultuosa, llena de atropellos y angustias, ha desaparecido en esta Era de progreso que vivimos”. Así evitó que sus enemigos dentro del gobierno, los del círculo de cortesanos del Sátrapa, relacionaran al personaje principal de la novela, Julián González, con Trujillo, pues ambos eran caudillos, ladrones, criminales…y en el pasado, líderes de bandas de forajidos.

Con El hombre de piedra, Momón, que desde el inició de su carrera literaria había superado el regionalismo anacrónico criollo, incursiona en él con una clásica novela de la tierra. En ella utiliza un lenguaje llano, no poético y los mismos recursos técnicos de la víspera. En el contenido de la obra hay algunas omisiones históricas inexplicables, como por ejemplo en los pasajes correspondientes al período de la ocupación militar de Estados Unidos (se habla de la participación de los patriotas mal llamados gavilleros (p.68), Vicente Evangelista, Tolete y Ramón Natera) no aparecen en el texto los marines norteamericanos. Julián González, como todos los caudillos de las montoneras, adquirió tierra y poder e hizo nombrar jueces, síndicos y alguaciles a base de coraje y de lucha; mas, por ningún lado sobresale su partido o sus aliados políticos. Pero como no se trataba de un ensayo histórico, estas omisiones no afectaron la buena acogida que tuvo la obra en el público. Así lo demuestran las impresiones de dos de los jóvenes promesas literarias de esos años: Rubén Suro, quien consideró El hombre de piedra digno de los mejores galardones y Marcio Veloz Maggiolo: superior a La mañosa y a Over en cuanto a los niveles de técnica narrativa.

Tras la publicación de El hombre de piedra, la dictadura promovió a Lacay Polanco a la jefatura de redacción del diario La Nación.

b) Su aporte a la vida de Fernando Casado
A Felipe Lahoz

En las postrimerías de la dictadura, Lacay Polanco y el popular artista Fernando Casado fortalecieron sus lazos de amistad trabajando en Radio Caribe. Estos lazos, sin embargo, se resquebrajaron en el transcurso de los doce años de Balaguer porque Fernando Casado tuvo un tórrido romance con una enamorada de Momón. La diferencia llegó a un extremo tal que los dos hombres por poco se van a las manos en pleno Conde. Pero mientras laboraron en Radio Caribe, el respeto y la admiración mutua se mantuvo intacta.

Una noche, el intermediario usado por Trujillo como presidente de Radio Caribe, Martí Otero, invitó a Fernando Casado (o al Magistrado como le decían popularmente) a una fiesta a celebrarse en una finca cercana al restaurante El Pony, en el malecón. En el lugar, el Magistrado conoció a Lucy, mujer hermosa de larga cabellera negra que siempre sonreía al hablar. La atracción entre ambos fue intensa por lo que el romance se inició casi de inmediato. Él se acostumbró a visitarla en su apartamento del tercer piso de un edificio de la calle Santomé. Allá, entre tragos, besos y caricias, Fernando Casado, como la mayoría de los jóvenes de la época, confiado, inocente y sin malicias, hablaba hasta más no poder en contra de Trujillo y de su segura caída. El terror imperante es inaguantable, el Jefe de Estado está loco, loco, pues sólo a un loco se le ocurre atentar contra el presidente Betancourt de Venezuela, prácticamente matar a golpes en las cárceles a los integrantes del Movimiento Clandestino Catorce de Junio y profanar las iglesias.

Hace un tiempo, su colega y amigo Aníbal de Peña le pidió tanto a él como a Arístides Incháustegui Reynoso, Rafael Solano y a Nini Cáfaro, que se reunieran en la playa de Boca Chica. Ellos, aparentando bañarse cerca de La Matica, muy atentos a los de la orilla, escucharon de labios de Aníbal de Peña afirmar que era miembro de la resistencia clandestina y deseaba formar una célula con ellos. “Contamos con la colaboración de un militar”, les especificó. Esta aseveración alarmó a los otros, pues desconfiaban en extremo de los militares, y determinó que, sintiendo una fuerte presión en sus pechos y auscultando el agua por si aparecían peces espías de Trujillo, le respondieran al unísono con un no rotundo. Aníbal de Peña desistió del propósito, y pocos días después cayó prisionero y lo torturaron en la silla eléctrica de La 40. Por fortuna luego lo liberaron, y cuando ellos fueron a verlo a su casa, aún tenía heridas abiertas en la espalda torturada.

Una noche, el Magistrado dejó a Lucy más que sorprendida con un nuevo comentario: una emisora venezolana se había hecho eco de la visita a la embajada dominicana en México de Martí Otero, días antes del asesinato del español José Almoina, antiguo secretario del Jefe, y estaban tratando de relacionarlo. “Yo no creo que Otero fuera capaz de matar a nadie”, aseguró el Magistrado. “Lo que sí pudiera ser es que lo hayan utilizado como transportador del dinero a pagar por el servicio”.

El viernes de esa semana, Fernando Casado y su amante, junto a una pareja amiga, tras tomar aguardiente desde temprano en el apartamento de Lucy, decidieron seguir la farra en La Feria. Pero inesperadamente Lucy se mostró celosa porque Fernando Casado no le quitaba la vista de encima a una rubia hermosísima que, sentada en la primera planta del edificio frontal, por igual no le quitaba la vista a él. Lucy, en voz alta, lo acusó de haber estado saliendo con la muchacha. Él lo negó rotundamente. Aseguró que nunca había visto a esa mujer. “¡Mentira!”, replicó Lucy, y despotricó contra su hombre alzando más la voz.

Intentando calmarla, partieron hacia La Feria. Pero Lucy entonces se tornó insoportable con sus celos, por lo que el Magistrado se vio en la necesidad de suspender la farra y regresar con ella al apartamento. En la habitación trató de que entrara en razón, mas ella, fuera de sí, reaccionó atacándolo con un cuchillo de cocina. Él, impresionado, procuró salvarse corriendo alrededor de la cama, sintiendo sus talones casi pisados por los pies frenéticos de la mujer, quien le gritaba todas las frases insultantes que les venían a la mente. El Magistrado, sin meditarlo cruzó la cama, levantó el colchón y lo lanzó sobre Lucy. Ella cayó de espalda, y él le arrebato el cuchillo y le dio…un par de bofetadas para que aprendiera a respetar a los hombres, maldita loca de mierda, coño.-Hirviendo de coraje se marchó esperando no volver a verla nunca más.

El domingo, ya aliviado, fue a trabajar a Radio Caribe. Como tenía que cantar en el escenario, pensó subir al segundo piso a buscar los arreglos de las canciones, pero lo interceptó Santiago Lamela Geler, editorialista de la emisora, quien acababa de salir de la oficina de Johnny Abbes García, Jefe del Servicio de Inteligencia Militar (SIM) y verdadero comandante de la emisora. “Fernando, ¿tú conoces a una mujer llamada Luz Mercedes?”, le preguntó con voz grave. “No, eh… ¿Por qué me lo me preguntas?” “Porque esa mujer fue al SIM e hizo que te levantaran un expediente de dos páginas”. El Magistrado pensó en seguida en Lucy, de quien no sabía que su verdadero nombre era Luz Mercedes. “Ah, esa debe ser Lucy”, acertó; “ella y yo tuvimos un problema, y por eso seguro fue al SIM a tratar de hacerme daño. Pero no creo que le hagan caso.”-Lamela Geler lo miró muy seriamente, y se marchó.

Fernando, dudoso, subió a la segunda planta, y mientras buscaba los arreglos, por su mente, cual culebra sedienta y sigilosa, pasaban cada uno de los momentos compartidos con Lucy, en especial el mar de informaciones antitrujillistas que les había suministrado. “Si esa bendita mujer se las contó al SIM, soy un hombre muerto”, se dijo disminuyendo su equilibrio emocional. “Sí, sí, fue eso lo que le contó, de lo contrario Lamela Geler no hubiese puesto una cara tan seria”.–Se le aflojaron las piernas, cambió de color y perdió parte de la memoria. “Sí, sí fue eso…” .Cuando bajó al escenario era un hombre fuera de su entorno. Cantó, y en vez de mirar al público unánime, observó a Radhamés Trujillo sentado en un pequeño anfiteatro adyacente. ¿Sería él en verdad? Entre la penumbra, la vista de Fernando percibió la violenta del hijo menor del Sátrapa, entonces al artista se le olvidaron las letras de la canción y ante la perplejidad de los músicos la tarareó hasta terminarla. Pavoroso salió del escenario, y frente a la oficina del jefe del SIM volvió a encontrarse con Lamela Geler. En esta ocasión el editorialista le dijo, pasándole dos hojas: “Ahí te mandó el coronel Abbes García”, y siguió su camino. Fernando las vio: era el expediente, el cual contenía, en efecto, de forma resumida, el mar de informaciones antitrujillistas que les había suministrado a Lucy. El mundo terminó de derrumbarse sobre la cabeza de él.

Notó en el expediente que ella, confundida, en vez de Almoina dijo que fue a Carmona a quien asesinaron en México. Quizás Johnny Abbes le perdone la vida por eso. Mas no lo creía, y menos en estos momentos en que Trujillo está asesinando gentes por causas inferiores al expediente. El Magistrado, más que aterrado, pensó en la espalda torturada de Aníbal de Peña. “A mí me pasará peor”, se dijo, “a mí me van a ahorcar en La 40”. Buscando un consuelo le mostró el documento al director de la orquesta, el cubano Agustín Mercier. “Mira lo que me han hecho,” le dijo temblándole la boca. Mercier sólo leyó las siglas SIM y salió casi huyendo. Fernando, persistiendo, ahora se lo enseñó al trompetista Armando Beltré, quien aparentó leerlo más, pero igualmente, soltando los papeles como brasas de un fogón salió casi corriendo.

El Magistrado, sintiéndose desamparado, permaneció en el lugar hasta que de sus amigos únicamente quedaron por pasar Nandy Rivas y Tito Saldaña. A ellos también les mostró el expediente y les rogó que lo acompañaran porque no se atrevía a irse solo. Ellos se solidarizaron con él sin imaginar, como ocurrió, que a pocos metros de la salida se encontrarían con Johnny Abbes en persona, vestido militarmente, de pie, con los brazos cruzados sobre su pecho y sus ojos de Drácula homosexual clavados en la figura palideciente y desfallecida del Magistrado. A éste se le detuvo el corazón. “Ya me agarraron”, se dijo bajando la cabeza, y repentinamente, cuando la levantó, le entró una valentía espartana y decidió vender cara su vida: si Johnny Abbes intenta asesinarlo, se matará con él. A Nandy Rivas y a Tito Saldaña les ordenó que continuaran –no quería seguir exponiéndolos-, que él iba a esperar que todo el mundo saliera para irse.–Y se sentó en el sofá del lobby. Johnny Abbes, por su parte, se acomodó en un mostrador frontal, donde siguió observándolo maliciosamente. A veces asentía con la cabeza como diciendo, “coño, cualquiera te mata aquí mismo para que no sigas hablando mierda”. Fernando, sosteniéndole la mirada, aguardaba la embestida.

A los veinte minutos, el artista se unió al último grupo saliente de la emisora, y se dirigió al apartamento de Lucy con la intención de reclamarle, cómo se atrevió a hacerle eso. Cada vez que sentía la presencia de un vehículo en la calle, creyéndolo manejado por un calié, se escondía en el zaguán más cercano. A Lucy no la encontró: se enteraría que hacía dos días se había ido de ahí. Ciertamente no volverían a verse. Al día siguiente, él aún sin poder dormir, llamó por teléfono a Martí Otero y le informó lo del expediente, en el cual figuraba su nombre. “¡Cómo!”, se asombró, “pero Lucy tiene que estar loca”. “Eso creo yo también”, replicó el Magistrado. “Pero no te preocupe mucho por eso”, le aconsejó Martí, “pues anoche conversé con Johnny y Candito y ninguno de los dos me refirió el asunto. Así que vete tranquilo para tu trabajo”. Al fin Fernando respiró un poco aliviado. No obstante, solo recobraría su paz interior en noviembre de 1961 tras los Trujillo verse obligado a abandonar el país.

¿Por qué en realidad no lo mataron? ¿Qué fue en verdad lo que pasó? Para responderse esas interrogantes, el Magistrado tuvo que esperar más de diez años: luego de participar junto a la orquesta de Rafael Solano en un evento artístico en el Hotel Lina, alcanzó a ver al poeta Lacay Polanco, como siempre bien vestido con sombrero de fieltro, saco y corbata, que venía a saludarlo. Fernando, enfadado aún con el escritor, le dio la espalda tratando de impedir el encuentro. “Yo sé que tú estás bravo conmigo”, le manifestó el poeta señalándolo, “pero yo te salvé la vida”. “Muchas gracias”, le dijo incrédulo el Magistrado. “¿Tú recuerdas la denuncia que te hizo la mujer cuando trabajábamos en Radio Caribe?” “Claro que sí”.–El poeta agregó que Johnny Abbes, con el expediente de la denuncia entre sus manos, reunió en su oficina, alrededor de una larga mesa, a los principales ejecutivos de la emisora (Lacay Polanco llegó a ser subdirector de la misma), y después de leer el contenido del documento, como en un circo romano, les ordenó que votaran con el pulgar hacia abajo los que estaban de acuerdo con que Fernando Casado recibiera su justo castigo por haber traicionado la confianza del Jefe y los que no, hacia arriba. “¡Y ahí habían dos que no eran amigos tuyos!”, enfatizó el poeta. “¿Quiénes eran?”, le preguntó ansioso el Magistrado. “Max y Billy, pues los dos votaron con el pulgar hacia abajo, contrario a Fidencio Garris y a mí que los inclinamos hacia arriba. Los demás nos apoyaron. Por eso no te mataron…” .Fernando quedó anonadado y sumamente sorprendido, pues nunca imaginó esa reunión como el final de su drama. La diferencia entre Lacay Polanco y él quedo zanjada en ese instante y en otro, le agradeció en el alma a Fidencio Garris su solidaridad.

c)Los cadenazos de la Nouel y su desplome como novelista

Después del ajusticiamiento de Trujillo, Ramfis ordenó que nombraran a Lacay Polanco director del diario La Nación en sustitución de Jaime Lockward, quien pasaría a dirigir El Caribe. Este nuevo nombramiento del poeta es un reconocimiento inoportuno a su labor trujillista porque el trujillismo como fuerza política hegemonizante había muerto con el ajusticiamiento del Tirano y por tanto a las actuales autoridades sólo les quedaban días en el poder. Pero debido a su miopía política, Lacay Polanco en vez de ver esta realidad, alardeó de su nuevo puesto y de sus vínculos con Ramfis, con un Ramfis que había asesinado a los prisioneros de la expedición de Constanza, Maimón y Estero Hondo, y mataría a los ajusticiadores de su padre. Los alardes llamaron la atención de los líderes antitrujillistas que ya se encontraban en el país, y cuando finalmente cayó el gobierno y comenzaron a perseguir a los trujillistas, no lo hicieron contra el poeta porque lo consideraban con las manos no manchadas de sangre.

Seguido pareció normalizarse la situación política del país, Lacay Polanco volvió a visitar los cafés de El Conde y de La Zona Colonial, continuando con su vida bohemia. Ahora también se le veía con su novia Francisca Otilia Domínguez, “La China”, única mujer que amó públicamente. La China tenía ocho hijos, de los cuales José Ulises Rutinel sería el preferido del poeta por sus afinidades literarias y Tonty, el más admirado porque llegaría a convertirse en un importante dirigente político.

La tarde del 4 de abril de 1962, mientras ingería sus acostumbrados tragos en el restaurant de Meng, El Chino, frente al parque Independencia, salió del local de su partido Vanguardia Revolucionaria Dominicana, ubicado en la segunda planta del restaurant, Horacio Julio Ornes, importante líder de la fracasada expedición antitrujillista de 1949 por la bahía de Luperón, de Puerto Plata, y pasó frente a Lacay Polanco. Uno de los contertulios lo vitoreó con un, “miren ahí donde va el Comandante”.

El poeta, enfadado con la frase, le voceó señalándolo: “¡Cómo va a ser ese Comandante si ni siquiera policía de tráfico ha sido!” Julio Ornes aparentó no hacerle caso y siguió caminando cabizbajo. En El Conde contactó a Rafelito Bueno, principal cazacalié del país, y lo convenció de que Lacay Polanco era de los ex agentes del SIM, muy amigo de Ramfis, que todavía no había recibido su merecido. “Él está ahora ahí, en el restaurant de Meng, El Chino”.

Aunque ya Rafelito Bueno y su colaborador Guillén no se dedicaban a esa tarea, en menos de una hora reunieron una turba de autómatas y le montaron guardia al poeta en el parque Independencia. Lacay Polanco, hombre incapaz de hacerle daño a su prójimo, cantor del amor y la soledad, salvador de la vida de Fernando Casado, salió a las cuatro y cuarenta y cinco del restaurant. Al pisar la Nouel la turba lo atacó con furia, y Guillén, con una cadena de hierro bordeaba de pequeños candados, le dislocó el cuello al tiempo que le gritaba ¡Calié de la mierda! El poeta tirado en el suelo, impotente, humillado, con su rostro ensangrentado, reclamó que no era un calié. Así lo captaron las cámaras de la prensa local que lo mostrarían al mundo. En cuestión de minutos la turba creció de forma asombrosa, pero gracias a la rápida intervención de la policía, el poeta no fue linchado como un vulgar delincuente. Incluso, cuando la uniformada obligó a un chofer a protegerlo introduciéndolo en el carro, una enorme piedra lo impactó en la espalda.

Al día siguiente, el país se enteró, indignado, de la noticia, y Emilio Ornes, sin duda sabiendo que su hermano fue el causante de la injusta golpiza, en el editorial del 6 de abril de su diario El Caribe, la repudió. Los Tribunales están ahí, tituló el escrito, y añadió que tanto el gobierno como los partidos políticos y las instituciones cívicas deben dedicar todas sus energías a combatir las agresiones personales que con tanta frecuencia se están sucediendo en la República. “Quien tenga la queja contra uno de los llamados personeros de la tiranía, tiene las puertas abiertas de los tribunales”.

La agresión, para Lacay Polanco, significó la ruina de su vida y por ende la de su futuro como novelista porque fue incapaz de sobreponerse al hecho de haber sido un personaje de la Era y luego verse maltratado como un ladrón. Se trató de una injusticia demasiado cruel, escribiría Tony Raful. No bastó el cariño de sus amigos, de sus hermanos los poetas, ni siquiera que sus perseguidores lo abrazaran después; nada pudo hacerlo cambiar ese sino trágico de la golpiza.

Aún con el ardor en el cuello de los cadenazos de Guillén, acompañado de La China, emigró a Panamá, luego a Colombia, donde se encontró con su íntimo amigo, también exiliado voluntario, Aliro Paulino. Después, huyéndole al frío colombiano se trasladaron a Venezuela, donde instalaron una pequeña pensión. Empero una compueblana del Cibao, para no pagarle la renta, los denunció ante las autoridades como indocumentados. La policía los apresó, y gracias al exiliado antitrujillista y admirador literario de Lacay Polanco, Julio César Martínez, quien a su vez fue ayudado por el gran escritor venezolano Miguel Otero Silva, el poeta y La China fueron liberados. Entonces viajaron a Nueva York. En esta ciudad, Lacay Polanco tuvo un pequeño respiro y escribió el libro de poemas titulado Una calle de sangre (recuerdo de un dominicano en Brooklyn-EUA), que contiene trece trabajos. A través de ellos, el autor contempla la calle Chester Street “llena de sangre”. En la introducción aclara que la obra fue concebida a raíz de la marcha en pro de los derechos civiles celebrada en Washington por el reverendo Martín Luther King junto a más de doscientos mil de sus partidarios.

Aliro Paulino, en 1966, ya como jefe de prensa del Palacio Nacional del nuevo gobierno presidido por Balaguer, hizo regresar de Nueva York a Lacay Polanco y a su compañera. El poeta empezó a laborar como editorialista de La Voz Dominicana. Paradójicamente la vuelta al poder de sus amigos trujillistas, gracias a la intervención militar de Estados Unidos en 1965, hundiría más en la frustración y en la miseria al poeta porque los partidarios del Jefe, empezando por Balaguer, se negarían a tenerlo cerca por alcohólico, petulante e imperativo. Lo ayudarían sí, dándole limosnas y trabajos poco remunerativo, mas un puesto a la altura de sus conocimientos y de su nivel cultural, jamás.

Los jóvenes escritores, en su mayoría marxistas, también lo rechazaban porque lo consideraban un reaccionario del clan de Ramfis, y la élite cultural, por igual, lo despreciaba pero por ser un símbolo de la parianidad de la calle El Conde. Por todos estos motivos sus triunfos no eran aclamados como sucedió en 1965, cuando ganó el primer premio del Concurso Internacional de Cuentos Hispanoamericanos auspiciado por Prensa Literaria de Puerto Rico, con La diabla del mar, inspirado en la misteriosa desaparición de su amigo Freddy Miller. (Hoy se sabe que fue asesinado por la aviación de la tiranía, junto a sus acompañantes en el bote, la novia, una tía y dos sobrinos de ella, porque tomando tragos, Freddy Millar despotricaba contra Trujillo hasta más no poder). En la historia, Miller es Guillermo, pescador exitoso a pesar de tener al mar de enemigo. Una mañana sobrevive milagrosamente a un mar de leva, no así sus compañeros de faena. Un día, el mar, imitando a Dios, tratando de vencer a Guillermo le presentó a Julia, la diabla del mar. (Julia simboliza la novia que desapareció junto a Miller). Guillermo se enamoró locamente de ella, y “la pasión se tendió como un puente entre sus frenéticos corazones”. Ella se lo llevó a pasear en bote, y los pescadores los vieron alejarse. Pasaron días, semanas… y las esperanzas se esfumaron. De ellos no se supo más.

Este cuento lo incluyó en su próximo libro publicado en 1966 con el título No todo está perdido. El texto, de 121 páginas, refleja en parte el realismo de su antigua vida rural.

Momón obtendría otros reconocimientos, como el de 1967, tercera mención honorífica en los Segundos Juegos Florales Antillanos de Puerto Rico por su poema Cita con un recuerdo. En ese certamen, el cubano Carlos Alberto Montaner, haciendo sus pinitos como escritor, ganó el segundo premio y de mención honorífica en cuentos. En 1971, Lacay Polanco recibió una mención de honor igualmente en poesía en el certamen literario del Círculo de Escritores y Poetas en los Juegos Florales Hispano-dominicanos de la Casa de España de República Dominicana.

En 1978 volvió a publicar una novela, El extraño caso de Camelia Torres. Este libro representa su involución narrativa, su deterioro imaginativo tras la golpiza de la Nouel. El extraño caso de Camelia Torres es una novela light, de apenas 54 páginas, narrada en primera persona. Camelia Torres es el mismo Lacay Polanco, amante de la poesía, fracasada en el amor e incapaz de sobreponerse a las adversidades. Ella termina suicidándose.

Su última obra la publicaría en 1980 con un título muy especificador del contenido de los versos: Canto a la América auténtica. Como buen discípulo de Peña Batlle, en los poemas resalta nuestras raíces hispánicas olvidando las de África, cuyos hijos, los haitianos, nos gobernaron por más de veinte años.

d) Su lento suicidio

Después que le propinaron la golpiza, Lacay Polanco se mantenía diciendo que Guillén tenía que pagársela, que Guillén tenía que pagársela, que le había echado atrás unos espíritus malos, unos espíritus vengadores que le harían pagar todo el daño que le había causado. Y cuando la policía balaguerista lo asesinó a palos dentro de la cárcel de La Victoria por sus acciones revolucionarias, entonces el poeta clamaba contento: “Ve, como lo maté”. Es posible que debido a estos poderes, que por efecto de sus conocimientos metafísicos Lacay Polanco creía poseer, cuatro años después de su muerte, Tony Raful lo viera físicamente más elegante y sobrio que jamás en la calle Padre Billini…

Por otra parte, al estar consciente de su talento como escritor y de su capacidad cultural y verse rechazado por la sociedad, la cual lo obligaba a mendigar para sobrevivir, convirtió a Lacay Polanco en un ser deprimido y amargado, que atrapado en su derrota bebía a cada momento y en cada lugar. En las tertulias de los cafés, creyéndose dueño de la verdad, no dejaba hablar a los demás, al tiempo que maldecía a todo el mundo. A causa de este comportamiento se fue quedando solo. Hasta La China tuvo que dejarlo.

Acosado por su situación, ya sin recursos, alquiló una habitación en la calle 30 de Marzo, donde decidió morirse. Como era un ser prácticamente sin familia (su madre hacía años que había muerto) no le fue difícil lograrlo. Inicialmente lo atacó la cirrosis hepática debido al excesivo consumo de alcohol y luego la artritis crónica a causa de la ausencia de ácidos gráseos en el cuerpo.

El progreso de estas enfermedades le producía menos dolor en el vientre que en los pies y las piernas, las que se les hincharon de tal forma que parecían globos y le impedían subir los contenes. Había días que al perder la elasticidad de los huesos se le paralizaba el cuerpo y los dolores se tornaban inaguantables. Entonces llamaba a la muerte, “ven, ya, date rápido, por el amor de Dios”.

El primero en darse cuenta de su lamentable situación fue Aliro Paulino, quien tratando de alertar al país escribió un artículo titulado Lacay Polanco se está muriendo a plazo, y a seguidas se presentó en la habitación y se ofreció a ayudarlo, a llevarlo a un hospital. El poeta se negó rotundamente a salir de su enclaustramiento. Aseguró: “Cuando uno se está muriendo y yo lo estoy desde hace rato, no se puede llevar a un hospital. Uno se muere entre lo que le gusta, entre periódicos viejos”.

El segundo fue el poeta Víctor Villegas que se presentó en la habitación acompañado del laureado escritor Cándido Gerón, a la sazón director de la Biblioteca Nacional. Lo que encontraron les causó asombro y lástima: en el cuarto semi oscuro las materias fecales, los libros deshojados, el polvo suspendido y los periódicos viejos atiborraban el piso, y en una esquina, de la silueta del poeta, vuelta un etcétera, sobresalían las piernas y los pies a punto de explotar a causa de la hinchazón. Lo mismo que Aliro, se ofrecieron a ayudarlo, e igualmente él no aceptó. En cambio le apretó las manos a Cándido Gerón mirándolo fijamente, y exclamó: “La muerte está ya bien cerca y mamá me está esperando. De ninguna manera puedo tardarme.-E inclinó el rostro y observó la nada hablándole a su madre, Mercedes, Mercedes, sé que estás ahí, no te desesperes que ya voy.-Y volviendo el rostro hacia Cándido añadió con voz moribunda-:“Yo no tengo a nadie en esta tierra. Qué hago yo viviendo en ella si nadie me quiere, dime: ¿qué hago yo viviendo en ella?”

Tanto Cándido como Víctor comprendieron que la angustia agónica, dramática y maldita de Lacay Polanco no tenía regreso, y así fue: el domingo 6 de julio de 1985 murió solo, producto de la cirrosis hepática.

Ese día cumplía años Marianela Fernández, esposa de Aliro Paulino, y todas las flores que le mandaron, Aliro se las llevó al velatorio de Lacay Polanco, celebrado en la calle Diecisiete. Así le rindió el único reconocimiento que recibió el día de su fallecimiento.

Sin embargo, como afirmó él en El extraño caso de Camelia Torres, “cuando se es artista verdadero el reconocimiento llega más tarde o más temprano, pero llega siempre”, y en efecto, él lo ha estado recibiendo año tras año, pues sus cuentos los incluyen en todas las antologías y en 1986, la Biblioteca Nacional editó sus sonetos con el título Rosa de soledad, prologada por su compañero de bohemia e infortunio Antonio Fernández Spencer, y el más grande narrador del siglo XX, Mario Vargas Llosa, afirmó que Lacay Polanco es un ágil novelista que sabe impregnar sus narraciones de un aire de misterio donde la desgana de vivir y la embriaguez permanente de una vida desolada, mantiene a los personajes continuamente inmersos en un mundo de fantasías; y en 1993, la Sociedad Dominicana de Bibliófilos publicó en un solo volumen sus novelas En su niebla y El hombre de piedra y cuatro de sus mejores cuentos: La endemoniada, Fiebre, La diabla del mar y El enemigo. En la introducción Marcio Veloz Maggiolo afirmó que Ramón Lacay Polanco ha sido uno de los más consistentes, sobrios y completos narradores de la literatura dominicana y artífice del soneto, poseedor de algunos de los más relevantes…

 

 

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