La Revista Vetas y la Dominicanidad

Domingo, 21 de Diciembre de 2008 11:34
Por :Alejandro Paulino Ramos
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Publicado originalmente en la revista Vetas número 49, septiembre de 1999, con el título “Alejandro Paulino Ramos se declara Cimarrón".

Después de leer Vetas número 48, y en especial la carta de Elsa Expósito que aparece en las páginas 22 y 23, y el grito de guerra de Clodomiro Moquete “! Blancos de la tierra”!, en la página 24, uno siente que no está solo y que realmente forma parte de un conglomerado social, que bueno o malo, es único en el planeta Tierra o, como decimos los dominicanos, en “la bolita del mundo”.

Pero la lectura de los dos escritos aparecidos en Vetas tocan muy adentro y hacen que dediquemos tiempo a pensar, razonar, mirarnos en el espejo los ojos, la nariz y la piel; mirándonos hacia adentro, buscando en el alma lo que somos, de dónde venimos, por qué somos racialmente (étnicamente) “así”; por qué nos encanta el sancocho (no el salcocho) y en Puerto Rico o en Nueva York gozan llamándonos “plátanos”.

¿Qué es lo que tenemos tan adentro, que en un conglomerado tan diverso como lo es Nueva York, donde existen cientos de miles de inmigrantes de todas las nacionalidades del mundo, de todos los pueblos latinoamericanos, de todas las islas caribeñas, a los que son de nuestro país, para mi sagrado, desde que nos ven saben que somos dominicanos? ¿Qué es, Clodomiro Moquete, lo que nos hace único (no mejor ni peor), en la bolita del mundo?

Para mí, un “cimarrón” igual que tú, lo que nos hace diferente, un pueblo único y distinto a todos los demás es, aunque a muchos les duela o moleste, la dominicanidad. No el sentimiento antihaitiano. Lo que nos identifica ante los demás pueblos del orbe y ante nosotros mismos es eso, lo que llevamos adentro enraizado, no en la sangre sino en el alma. Lo que nos identifica no es el idioma, ni el color de la piel, ni la forma de bailar, ni la forma de expresar nuestros sentimientos, ni el arroz con habichuela y carne que los naturales de este pedazo de Isla ingieren al medio día; tampoco es la forma de vestir, gritar o hacer el amor. No. Lo que nos identifica es la síntesis de todo lo que hemos heredado en este largo proceso histórico de más de quinientos años y hemos integrado en un todo armónico y funcional, con sus virtudes y sus defectos, que nos hace sentir orgullosos, hasta en demasía, de ser lo que somos: la dominicanidad.

Los reflejos individuales, los que puedan representar importantes hombres de la política, de la pelota, de la música, y que nos llenan de alegría cuando se destacan con acciones positivas, son el reflejo de esa dominicanidad, no del color de su piel. Yo me siento orgulloso de Samuel Sosa, de Juan Luis Guerra, de Fernando Villalona, de Felipe Alou, de Leonel Fernández, porque son dominicanos (fijaste que todos tienen diferentes matices en la piel); ellos son parte, como dice Elsa Expósito, del “enjambre insular que constituye la dominicanidad, de este pueblo que todavía, a más de 500 años del descubrimiento y en el umbral de una nueva era en una fase crucial de la evolución de la humanidad, busca y construye su identidad.

Sobre el escrito de Elsa Expósito quiero decirte que fuiste injusto con ella. Lo que ella dice es un grito muy parecido al tuyo, y aunque dice que “no hay razones para sentir orgullo nacional”, lo que está expresando es todo lo contrario, y que ella me perdone si no es así. Porque nadie, absolutamente nadie que no se sienta realmente dominicano se va a preocupar por las cosas negativas que suceden en nuestro país: desorden estatal, delincuencia, venta del patrimonio económico y cultural, narcotráfico y violencia. Ella lo que está es gritando a todo pulmón que si queremos seguir asiendo dominicanos, tenemos que modificar y cambiar, pues si no (y yo también lo creo) nos llevó, como pueblo, el mismísimo Enemigo Malo.

Elsa Expósito lo dice: Aquí existe un pueblo, una isla, un (pedazo de tierra donde) vive gente con habilidades que nada tienen que ver con los traseros, nalgas, bustos, cojones, narcotráfico, bateos, lanzamientos beisboleros y otras remesas, bien o mal habidas”. Y reconoce “que hemos avanzado mucho, muchísimo, gracias, sin duda para mi, insisto, a los aportes de quienes, desde Duarte hasta hoy, se han empeñado en promover valores superiores de la condición humana”.

En cuanto a tu escrito, quiero felicitarte pues aunque dijiste tres o cuatro “pendejadas”muy fuertes, lo que hiciste fue ratificar tu condición de dominicano: “Soy un maldito negro dominicano y quiero gritar mi dominicana, el enorme orgullo de mi dominicanidad. Soy un cimarrón. ¡Eso es lo que soy, coño, un cimarrón!” Pero eso es el pueblo dominicano, un pueblo valiente, rebelde, solidario, humilde, bondadoso, inteligente, pobre, honrado, trabajador y estudioso, aunque eso no quita que en el país existan corruptos, narcotraficantes, ladrones, vagos, brutos, individualistas y pendejos. Yo también me siento orgulloso de lo primero, no de lo segundo, pues los malos no representan el cinco por ciento de los que viven en nuestra República Dominicana. Los que nos sentimos dominicanos creemos en los valores sanos y vivimos de acuerdo a códigos de ética, sin importar donde estemos; somos más, aunque la minoría de malos también son dominicanos.

En cuanto a la expresión de que te sientes “Blanco de la tierra” creo que comete un error. Cuando leemos tu escrito nos damos cuenta que lo que quisiste decir fue que eres “un negro dominicano”, un criollo, un mulato, un blanco que lleva el negro detrás de las orejas, y por eso gritas: ¡África, Madre mía!

El “blanco de la tierra”es principalmente el criollo, el español que aun siendo hijo de padre y madre nacidos en España, nació en Santo Domingo y nunca conoció ni se imaginó donde quedaba la península Ibérica. Aparte de que su piel se “quemó” con el caribe sol, se adaptó al medio, vivió en su condición de hatero-esclavista, aprendió a beber y a comer lo que nunca comieron ni bebieron sus antepasados, se enraizó en su conuco, el hato o en su villa y cuando llegaban blancos de España él los vio como lo que eran, extranjeros, y se entendió él como un criollo, con intereses, necesidades y cultura diferentes a los de esos españoles que venían a tratar de imponer las leyes y las reglas en nombre de España. Esos criollos, que sí eran “blancos de la tierra”, fueron los que se enfrentaron a España y desde temprano del siglo XVII ya se hacían llamar “dominicanos”.
En una sociedad esclavista como la colonial, no quita tampoco que los mulatos libres, para diferenciarse de los negros esclavos reclamaran en su momento que ellos eran también “blancos de la tierra”, y los negros nacidos aquí, aunque con África en el corazón, aprendieron a vivir y a ser como lo permitió el proceso de hibridación cultural y una parte de ellos también llegaron a reclamar esa condición para diferenciarse del negro esclavo de la parte francesa de la Isla de Santo Domingo. Los tres, es decir, el negro, el blanco y el mulato nacidos en Santo Domingo se fueron acriollizando y en ello, en su interacción es que se encuentran las raíces de nuestra cultura y de nuestra identidad; ellos aunque no recibieron la herencia de la piel, son deudores del indígena, de mecanismos y modos culturales sin los cuales hoy no existiría el pueblo dominicano.

Quiero, antes de finalizar, referirme brevemente a la apreciación de Migue D. Mena (Vetas numero 41), según la cual la dominicanidad existe como oposición a lo haitiano. Según él, “en el fondo lo dominicano se constituye como algo en contra de lo haitiano. Por eso, quien forma para mí lo dominicano es Trujillo en los años treinta…” Creo que ese joven intelectual (lo fue desde que era adolescente, cuando lo conocí), que de seguro ha leído cien veces más que yo, se olvidó de que la cultura de un pueblo y por consiguiente la identidad que ese pueblo va a tener, no descansa en el Estado y menos en el gobierno. No es el Estado el que hace al pueblo. Independientemente de que la República Dominicana surgiera como Nación en 1844, ya el pueblo dominicano existía y reclamaba para sí un espacio y un derecho que otros pueblos querían limitar. Quinientos años de historia han enseñado esta verdad: el pueblo dominicano, se ha formado como fruto de un sincretismo multicultural, en el que entran los indígenas, españoles, africanos, portugueses, canarios, franceses, haitianos, puertorriqueños, cubanos, cocolos, árabes y norteamericanos; no es igual a ninguno de ellos: es un pueblo especial y orgulloso (no se ofenda nadie por lo que dice el diccionario sobre el orgullo), único y diferente a todos.

El Estado-Nación tampoco nació con Trujillo, lo que no quita que él dictador y los intelectuales que lo seguían lo modificaran y lo llevaran, engañando al pueblo a través de la educación y las campañas racistas, a convertirse en un Estado racista en el que sus lideres justificaban su permanencia en base al miedo haitiano. Esa fue también una de las excusas para que el General Pedro Santana anexionara el país a España en 1861.

En lo que sí estoy de acuerdo es en que el Estado es un instrumento que puede ayudar a la consolidación o a la destrucción de la identidad de los dominicanos. Ahora mismo, desde el Estado se están produciendo acciones que ponen en peligro eso que somos, y que queremos seguir siendo con orgullo, con vanidad y con estimación propia.

Clodomiro, nosotros no estamos solos. Elsa Expósito, Juan José Ayuso, Miguel D. Mena (quien desde Alemania no se olvida de sus plátanos), Juan Luis Guerra y ocho millones de negros-blancos-casi blancos-mulatos y criollos que viven en este pedazo de Isla y un millón que vive en Nueva York, Boston, Madrid, Puerto Rico y en el mundo, reclaman su condición no de franceses, alemanes, ingleses o norteamericanos, sino de dominicanos. Yo también soy como tú, un cimarrón apalencado y enraizado en mi dominicanidad.