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Inicio Historia Colonial Frank Moya Pons: "La Cultura Cimarrona" y "Los Primeros Cimarrones"

Frank Moya Pons: "La Cultura Cimarrona" y "Los Primeros Cimarrones"

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"Cultura Cimarrona" : La sociedad dominicana, al igual que las demás sociedades caribeñas, es portadora de una cultura criolla, esto es, de una síntesis de contenidos culturales procedentes de Europa y África combinados con rasgos culturales aborígenes.  Esta síntesis no se produjo en forma espontánea ni pacífica pues fue el resultado de una invasión europea y de un proceso de dominación que suplantó la cultura taína con una nueva cultura colonial formada a partir de las culturas castellana, extremeña y andaluza mezcladas con elementos de varias culturas africanas.
 
Desde el principio, indios y africanos se resistieron a la hispanización que implicaba esa dominación.  Muchos esclavos se hicieron cimarrones o se rebelaron abiertamente contra el orden colonial y la nueva cultura dominante.  Los modos de resistencia variaron con los años y con las circunstancias.  Cuando las formas de rebelión abierta fracasaron, los grupos dominados ejercieron su resistencia cultural por medios más sutiles, pero no menos poderosos. Ante la imposición del lenguaje europeo, los grupos dominados opusieron sus propias formas de decir las cosas, y modificaron consecuentemente el habla cotidiana “criollizando” la lengua castellana.
 
A la rígida disciplina laboral de las plantaciones e ingenios azucareros, los esclavos y otros grupos trabajadores opusieron estrategias de “brazos caídos” sabotearon las máquinas, envenenaron a sus amos, se mutilaron a sí mismo o abortaron sus hijos sin renunciar definitivamente a la opción de huir de las plantaciones y hacerse cimarrones, o rebelarse abiertamente y luchar violentamente por su liberación.   
 
El cimarronaje se convirtió en un rasgo dominante de la cultura colonial dominicana.  La despoblación de la isla y su virtual abandono por España dejó amplios espacios para la multiplicación del ganado que era explotado por vaqueros blancos, negros y mulatos, o por bucaneros franceses, cuya vida cotidiana era casi tan cimarrona como el mismo ganado vagabundo.
 
El Estado colonial apenas lograba hacerse sentir en esos espacios del mundo cimarrón.  En realidad, este mundo era la antitesis del Estado colonial pues surgió de la desobediencia civil ante el sistema del monopolio español.
 
El contrabando fue una de las expresiones económicas de la desobediencia civil y de la resistencia a la dominación colonial, y como tal debe ser entendido para que pueda ser explicado como fenómeno cultural.  Durante más de 200 años, las islas españolas en el Caribe fueron portadores de varias sociedades de contrabandistas para quienes el comercio ilegal con extranjeros no era ilegitimo ni inmoral pues era la única garantía de su supervivencia. 
 
Así como para los esclavos la clave de la supervivencia estaba en huir de los ingenios y hacerse cimarrones, para la población “libre” el contrabando significaba la liberación del monopolio comercial que constituía una de las instituciones más odiosas de la dominación colonial.
El contrabando era, pues, una expresión del cimarronaje de gente libre que no estaba dispuesta a ceñirse al dictado de las autoridades y prefería alejarse de las ciudades residiendo durante largos períodos en ranchos y refugios cercanos a las costas que frecuentaban los navíos extranjeros. 
 
Muchos contrabandistas eran hateros y monteros, y de ellos puede decirse que constituían dos grupos importantes de “cimarrones libres” durante la época colonial.  Los hateros y los monteros llevaban una vida de transhumancia que los llevaba a moverse tras sus animales, mansos o salvajes, día y noche alejados del contacto cotidiano de los habitantes de las aldeas y ciudades.
 
De estos “cimarrones libres”, así como de muchos esclavos con vocación para el cimarronaje, surgió eventualmente el grueso del pueblo dominicano.  Muchos se sedentarizaron y se hicieron campesinos en una isla poco poblada que contenía grandes espacios vacíos que favorecían el desarrollo de una conciencia libertaria.
 
Esa conciencia adquirió nuevas formas políticas al concluir la era colonial, y por ello no fue difícil para los dominicanos convertirse en guerrilleros permanentes para defender su independencia de los invasores haitianos durante la Primera República o de los ocupantes españoles durante la anexión.
 
Las guerrillas de los años posteriores a la Guerra de la Restauración se nutrieron de estos “cimarrones libres” que todos los días inventaban formas de resistencia nuevas para oponerse al orden establecido y escapar al control del Estado. 

"Los primeros cimarrones" :
 
A los esclavos fugitivos que huían de sus amos se les conoce como cimarrones.  Su historia comienza en el mismo siglo XVI con los primeros esclavos africanos importados por el gobernador Nicolás de Ovando para ponerlos a trabajar en las minas de oro del Rey Fernando.  Estos esclavos huyeron prontamente de las minas y nunca más nadie volvió a saber de ellos, de la misma manera que ocurrió con otros importados en años posteriores.
 
Siendo tan corta población española de Santo Domingo a mediados del siglo XVI, era muy difícil mantener un control estricto sobre los trabajadores de los ingenios que aprovechaban al menor descuido de sus amos para huir hacia los montes.
 
Los esclavos fugitivos se juntaban con aquellos que hablaban su misma lengua o procedían de tribus cercanas a África.  Una vez huidos, los cimarrones constituían verdaderas comunidades en las que trataban de reconstruir sus modos de vida según sus zonas de origen.
 
La historia de las rebeliones y las cimarronadas africanas en el Caribe es muy larga.  La resistencia a la esclavitud es un hecho permanente en la vida de todas las islas hasta la segunda mitad del siglo XIX.
 
Entre 1515 y 1518, cuando se discutió en la Española acerca de la necesidad de importar negros esclavos para los ingenios azucareros, hubo vecinos que aconsejaron que los esclavos se adquirieran directamente de África y no en España.  
 
La convicción era que los que ya vivían en la Península conocían el castellano y podían comunicarse entre sí para urdir tramas y levantarse contra los españoles. 
 
A pesar de esas precauciones, muchos de los primeros esclavos importados para trabajar en los ingenios azucareros se rebelaron en masa en diciembre de 1522, y huyeron hacia los montes.  Este levantamiento fue prontamente controlado, pero la represión no logró detener los alzamientos individuales en años posteriores. 
 
El número de negros alzados aumentó gradualmente hasta convertirse en un verdadero dolor de cabeza para los dueños de ingenios.  En 1542 el Arcediano de la Catedral, Alvaro de Castro escribió al Consejo de Indias calculando que había de 2,000 a 3,000 negros alzados en toda la isla.  La cifra sorprende por lo alta, pero el viajero italiano Girolamo Benzoni, que pasó varios meses en Santo Domingo en ese mismo año, escribió que entonces debía haber unos 7,000 negros cimarrones en la isla.  
 
Los españoles creían que este número era muy alto, pero a medida que pasaba el tiempo su inseguridad crecía ante la certeza de que toda la isla sucumbiría ante la superioridad numérica de los rebeldes negros.    
 
El temor entre los españoles era tal que muy pocos se atrevían a salir a los campos si no era en partidas de 15 o 20 personas armadas pues los rebeldes negros andaban armados con lanzas.
 
Cuando el nuevo Gobernador Alonso de Cerrato llegó a la Española en 1543, encontró a la población blanca llena de miedo.  En ese año, los españoles calculaban que en el Baoruco había unos 300 hombres y mujeres alzados, y que en los alrededores del antiguo centro minero de la Concepción merodeaba un grupo de 40 a 50 negros cimarrones que seguían a su cabecilla Diego del Campo.
 
En 1544 surgió un grupo alzado en San Juan de la Maguana bajo el liderazgo de un jefe llamado Diego de Guzmán.  Estos cimarrones asaltaron y quemaron la casa de purga de un ingenio y mataron un español.  Ante este hecho, la reacción del gobernador Cerrato y los demás españoles fue bastante rápida. 
 
Las autoridades enviaron varias cuadrillas de hombres armados al Baoruco, donde entablaron combate y mataron a Guzmán con 18 cimarrones más.  El resto de los rebeldes huyó por las montañas siendo perseguidos por tropas españolas de a pie y a caballo con órdenes de no regresar hasta no haber terminado con ellos.
 
En la Concepción, el gobernador Cerrato también lanzó una ofensiva contra los cimarrones.  Tan efectiva resultó esa batida que su jefe Diego del Campo aceptó someterse después de ver a sus seguidores atrapados, ahorcados, asaeteados, quemados o con los pies cercenados por sus captores.  A cambio de su vida, Diego del Campo se ofreció a perseguir a sus antiguos compañeros.
 
En junio de 1546 Cerrato pudo escribir a la Corona diciendo que en veinte años la isla nunca había estado tan controlada.  Dos años más tarde, en 1548, los españoles dieron la batida final contra un jefe cimarrón llamado Lemba, alzado por más de quince años en la región de Higüey, en la parte oriental de la isla.
 
Lemba murió en esta campaña y los sobrevivientes de su palenque lograron escapar hacia el centro de la isla en donde se unieron a un nuevo grupo de 15 a 20 cimarrones que había vuelto a aparecer por los alrededores de la Concepción.
 
Abatidos y perseguidos, los cimarrones dejaron de ser un peligro para los españoles, pero nunca desaparecieron del todo. 

(Tanto el ensayo "La Cultura Cimarrona", como el titulado "Los Primeros Cimarrones" fueron tomado de "La Otra Historia", libro publicado por Frank Moya Pons en la Republica Dominicana,  el 2008(

 

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