La Poesía en el Camino de la Libertad, 1961-1965

Miércoles, 16 de Abril de 2008 00:33
Por : Alejandro Paulino Ramos
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Poetas y escritores se integraron a la lucha por la democracia y contra los remanentes de la dictadura de Rafael L. Trujillo, durante el período 1961-1966, luchando por un espacio de libertad política.


La muerte del dictador Rafael L. Trujillo en 1961, puso fin a una larga era de control y miedo en la sociedad dominicana, permitiendo el inicio de un proceso de democratización sin precedente en la  historia de la Republica Dominicana. La lucha por profundizar ese proceso: destrujillizar la sociedad y aniquilar los remanentes de la dictadura, llevó a la juventud y a sectores importantes de la sociedad a integrarse a los movimientos y partidos políticos que surgieron a raíz del ajusticiamiento del tirano.
Los poetas y los intelectuales de “la Era”, no ignoraron la coyuntura y se integraron a la lucha, aportando sus habilidades y conocimientos artísticos al servicio de la libertad y democracia del pueblo dominicano. La lucha que se iniciaba fue, posiblemente, la principal razón de las pocas publicaciones literarias del período que se inició en 1961 y que concluyó el 24 de abril de 1965 con la Revolución Constitucionalista. En este acontecimiento, el más trascendente en la historia dominicana del siglo XX, los intelectuales asumieron definitivamente el compromiso de hacer germinar, en el calor, olor a pólvora y las lagrimas derramadas por los compañeros caídos, una nueva literatura que buscaba la respuesta, para convertirla en realidad-viviente de lo que había sido el sueño de varias generaciones de poetas y escritores desde antes de la dictadura de Trujillo.
Los versos de Francisco R. Carvajal Martines, por ejemplo, publicados en las Brigadas Dominicanas en enero de 1962, conectan la coyuntura con el sentir de los poetas dominicanos: “La hora es propicia, Patria,/ para lavar tu nombre de tanta ignominia./ Mi voz se unirá a otras voces/ en unánime clamor por tu libertad,/ aquella libertad que se resuelve/ en bienestar para todos,/ libertad para los campesinos con tierra,/ libertad para todos los humildes/ con pan, techo y canciones/ Libertad en fin que signifique/ tu entrada soberana y feliz/ en la parcela de la historia./ Para entonces, y sólo entonces,/ mi voz será inquilina de la paz.” Estos versos, al igual que otros publicados en esa revista, marcaban el compromiso social de los poetas y escritores con el tipo de sociedad que perseguían y por la que iban a luchar, no ya desde la clandestinidad, sino de cara al sol, como en realidad sucedió.

CAMINO DE LIBERTAD: BRIGADAS DOMINICANAS

Existió un vínculo histórico-generacional entre los poetas e intelectuales de “la Era” y los que van a surgir al finalizar la dictadura, conocidos como “Los del Sesenta”. Es más, son los antiguos integrantes de la Generación del 48 y algunos vinculados a los movimientos de vanguardia del período 1930-1948 (que desarrollaron una tímida actividad clandestina en los últimos dos años de la dictadura), los que van a irrumpir con sus versos encendidos y sus cuentos marcados por las denuncias sociales y los males de la tiranía recién decapitada; ellos apadrinaron a un reducido grupo de jóvenes que se habían iniciado como noveles poetas en el período de transición de la dictadura a la libertad. Las revistas que se conocieron en ese corto período de cuatros años (1961-1965), son un reflejo fiel de lo que significó la lucha por impulsar y producir una literatura “independiente” o una matizada por el proceso político que se estaba viviendo. En ese contexto, dos revistas: Brigadas Dominicanas y Testimonio, serán las más importantes y representativas de las dos tendencias referidas anteriormente. Pero en esas revistas y otros medios noticiosos nacionales, como lo era la Revista Ahora (1962), los jóvenes que se habían iniciados después de la muerte de Trujillo, encontraron espacio para publicar sus creaciones artísticas.

Brigadas Dominicanas surgió en diciembre de 1961 a pocos días de que los familiares del tirano ajusticiado abandonaran el país y el gobierno pasara de las manos del doctor Joaquín Balaguer, a la de un Consejo de Estado que tendría como tarea principal la organización del proceso electoral de 1962. Dirigida por la poeta Aída Cartagena Portalatín, las Brigadas aparecieron para “testimoniar”, en principio su total adhesión “al fuerte movimiento de oposición que la vigilante juventud levantó frente al régimen irracional, grave mancha en la civilización occidental que pretendió coartar actividad y pensamiento intelectual nacido libre y por naturaleza.

El “largo oscurantismo a que fue sometido nuestro pueblo por la tiranía, --dice en su editorial esta revista-, felizmente ajusticiada, ha ofrecido a la dirección de estas BRIGADAS, consubstancial con su manera de ser y de pensar, una experiencia que la obliga a situarse en vilo contra cualquier obstáculo o traba que pretenda oponerse a la libre manifestación del espíritu critico del pensamiento.” Brigadas Dominicanas tomó una postura independiente, sin compromiso u orientación determinada, pero antitrujillista radical. Fue una publicación contestataria y llegó, en un comunicado público, a informar a los intelectuales y al público, “que dicha publicación no aparecerá mientras se mantenga en vigor la ley 5799” de 1962, promulgada por Joaquín Balaguer y que establecía en todo el territorio nacional la censura a la prensa.

Entre los poetas y escritores que primero publicaron en las Brigadas Dominicanas se encontraban: Rafael Valera Benítez, quien se “rebeló y manifestó como revolucionario”, Víctor Villegas, (“conoció la cárcel y el oprobio porque dijo presente y lucho contra la tiranía”.), Francisco Ramón Carvajal Martínez, (“luchó contra la opresión”), Pedro Mir (antitrujillista que vivió en el exilio), Grey Coiscou Guzmán, (en las “brigadas clandestinas laboró con ese incansable y valiente afán por la liberación de la tiranía”) Alfredo Lebrón, (escribió obras “que leíamos un grupo de intelectuales durante “La Clandestinidad”), y Juan José Ayuso, que siendo aún muy joven, era el “más maduro y el de más formación de la generación más joven de poetas…., preocupado por lo social y lo biológico”. También publicaron Rodolfo Coiscou Weber, quien “provoco el primer proceso literario dominicano, y…. Lanzado a ignominiosa cárcel por la justicia del Partido”, Virgilio Díaz Grullón, (al que le tocó “codirigir una militante agrupación oposicionista, la primera de ese carácter durante el Trujillismo”) Antonio Lockward (“victima del estado-policía del pasado régimen…. conoció cárcel y torturas”), y Manuel del Cabral, que “abandono la carrera diplomática como un acto de repudio al régimen del trujillato”. Además, Miguel Ángel Alfonseca S., (“Atrapado, torturado y confinado en esa pequeña Isla del Diablo que era la Beata”), Abelardo Vicioso, que logró escapar al exilio y convertirse en militante opositor a la dictadura, y Carmen Natalia quien describió “los tiempos de la desgracia de este pueblo”. De este grupo, sólo Juan José Ayuso, entre los que publicaron en las Brigadas Dominicanas no estaba vinculado a la lucha de los años finales de la dictadura, y que ahora reclamaban un espacio en la sociedad para gritarle que todo no fue colaboración y traición.

La revista Brigadas Dominicanas, en la que también escribieron Miguel A. Alfonseca, J. Goudy Pratt, Ramón Francisco, y Marcio Veloz Maggiolo, publicaba con el mismo objetivo unos cuadernos que Aída Cartagena bautizó como Colección Baluarte, de los cuales salieron unos catorce números, con los poemas de Lupo Hernández Rueda, Marcio Veloz Maggiolo, Aída Cartagena Portalatín, Pedro Mir, Carmen Natalia, Alberto Baeza Flores, Alfredo Lebrón, y Manuel del Cabral, entre otros.

Como podemos ver, las Brigadas Dominicanas salieron desde finales de 1961 hasta junio de 1962, para sacar del olvido y dar a conocer la producción literaria de los que, de una manera u otra, mantuvieron una postura política digna ante la tiranía. Las Brigadas sirvieron de enlace entre los casi-viejos de la poesía controlada y manipulada por el miedo, y las nuevas generaciones de poetas y escritores. Casi muchachos que más tarde van a tener por instrumento antitrujillista no sólo las ideas, sino definitivamente el fusil y la pólvora con la que buscaban combinar el verbo y la acción en la “lucha contra la injusticia”.                                  

Del último número de Brigadas Dominicanas anunciado (No. 8), del que no hemos podido obtener copia, si fue que pudo salir, su directora llegó a anunciar que estaba en prensa: “Contra todos los obstáculos y la muerte en archivo del papel que personalmente entregamos al Secretario de Estado, del ramo que está en el deber de patrocinar todo lo que propenda a levantar el nivel cultural del pueblo, y contra los que devengan lujosas-miserables pagas por su pluma a sueldo, contra esos y muchos más nos levantamos con más fuerza cada día porque sabemos que “no estamos arando en el mar” y que de los molinos de Quijote se hablará siempre”.

Las Brigadas Dominicanas fueron el puente entre la dictadura y la democracia; al darse el salto a la libertad y ya el profesor Bosch electo presidente de todos los dominicanos (diciembre de 1962), dejó de salir y su espacio ocupado meses después, por la revista literaria Testimonio, representativa en cierto modo de un grupo de poetas menos radicales, vinculados muchos de ellos a la Poesía Sorprendida y a otros experimentos de la época dictatorial.
      
CAMINO DE LIBERTAD: REVISTA TESTIMONIO

El proceso de democratización que vivió la Republica Dominicana después de la muerte de Trujillo, se inicio con la salida del gobierno y del país del doctor Joaquín Balaguer en enero de 1962 y con la instauración del gobierno democrático, resultado de las elecciones de diciembre de 1962, encabezado por Juan Bosch desde el 27 de febrero de 1963.

En septiembre de 1963, los grupos cívicos-trujillistas se compactaron para derrocar el  primer experimento democrático del siglo XX, provocando la inmolación de la juventud más consciente en las montañas de las Manaclas en diciembre del mismo año y la Revolución de abril de 1965, acontecimientos definitivos en la lucha por la consolidación de la democracia.

A la revista Testimonio, dirigida por Lupo Hernández Rueda, Luis Alfredo Torres, y Alberto de Peña Lebrón, con Ramón Cifre Navarro como jefe de redacción, le toco llenar, casi sola (las Brigadas Dominicanas no llegaron a las elecciones de 1962), el tiempo de transición entre la dictadura y la libertad. Surgida en febrero de 1964, se registro el 6 de diciembre del año anterior, en los días en que Manolo Tavárez Justo y sus valientes seguidores morían en las montañas.

Esa coyuntura tan dolorosa es la que explica, que al ser Testimonio una revista literaria que intentaba alejarse de los conflictos ideológicos-políticos, no pudo dejar de reflejar el momento que se vivió después del golpe de septiembre. En su editorial numero uno, “La suerte está echada”, sus directores definen el proyecto: “Aunque dirigida por tres poetas de una misma generación, Testimonio no es ni será el órgano de un grupo ni un órgano exclusivo de poesía… Sólo una cosa es necesario para tener cabida en Testimonio: Calidad.  Daremos preferencia a lo Dominicano, sin patrioterías inútiles, sin exterioridades vacías. Preferimos el sentimiento; ideas y emociones nacionales con visión de universidad. Hemos nacido para unir, para construir, no para destruir. Los directores de Testimonio, de edad y formación posterior al Postumismo, La Poesía Sorprendida y a numerosos poetas, escritores y artistas que, sin pertenecer a estos dos grupos, tienen reconocido valimiento en nuestras artes…. Reconocen lo aprendido y heredado de estos movimientos y valores nacional”.

“Salimos a la luz en unos momentos angustiosos e incruentos para la historia de la República. No somos ajenos a la grave encrucijada en que se debaten los destinos nacionales. La patria esta llena de muertes, odios y rencores amargos. Falsos mecías cantan con silbo engañoso. La injusticia social campea por nuestros lares. La desnudez, el hambre y la ignorancia tienen en este suelo su morada. Este es nuestro tiempo y  en él estamos luchando por nuestra superación. Nuestro derrotero es el camino del espíritu. No por eso estaremos lejos de las dolencias de esta tierra y sus hombres,…debemos llegar mas allá de donde han ido los que nos han precedido, y llenar además el hondo vació originado con la desaparición de los Cuadernos Dominicanos de Cultura, La Poesía Sorprendida, entre las Soledades y Brigadas Dominicanas. La suerte está echada.”

En el primer numero de febrero de 1964, Marcio Veloz Maggiolo publicó un dialogo titulado “invasores”, en el que se refiere a los expedicionarios de junio de 1959, y que nos recuerda las lomas de las Manaclas de diciembre de 1963, pues todavía estaba muy fresca la sangre de los catorcistas.

Otros materiales apreciados en el primer número de Testimonio fueron: La novela y el lector, por  Carlos  Esteban Deive, Dos poetas contemporáneos: Ezra Puond y Saint-john Perse, Juan Carlos Jiménez, por Alberto Peña Lebrón, El arte como testimonio, por Manuel Valldeperes, Banderas del sueño, de Manuel Mora Serrano, Héctor Incháustigui Cabral habla, por Luis Alfredo Torres, Aspecto de la poesía de Franklin Mieses Burgos, de Mariano Lebrón Saviñón, Armonía musical, psicología cultural, por Manuel M. Miniño, Libros y comentarios, por Luis Alfredo Torres y Lupo Hernández Rueda, y Abelardo Vicioso (antología poética), de Lupo Hernández Rueda.

Al ser Testimonio una revista con un espacio básicamente distinto a las Generaciones de Poetas del Postumismo, Poesía Sorprendida, y los Independientes del 48, llama la atención la publicación del número ocho de septiembre de 1964, dedicada a diecisiete jóvenes poetas y escritores: Juan José Ayuso, Pedro Caro, Roberto Marte, José Martínez, Manuel Machin-Guiria, Elpidio Guillen Peña, Luis Manuel Amiama, Jacques Viau R., René del Risco, Ernesto Cardenal, Manuel Luna Vásquez, Ramón Vásquez Jiménez, Osvaldo Cepeda y Cepeda, Antonio Lockward, Jorge Lara y Rafael Lara Cintrón. 

Otro número de Testimonio que resulta curioso es el  18, de 1966, en el que apareció como edición especial el libro “Los días irreverentes”, de Luis Alfredo Torres, quien formo parte de la generación del 48 y uno de los directores de Testimonio. Llama la atención, además, el poco espacio dado a las mujeres poetas en Testimonio: de treinta y cinco números salidos en cuatro años, sólo aparecen poemas de Flérida de Nolasco, Grey Coiscou, Janette Miller, y Rosa Luisiana Meléndez Rojas.

En agosto de 1967 Testimonio había entrado en crisis, ya que el papel usado en la impresión bajó en calidad, y la cantidad de páginas se redujo a la mitad, mientras que sus directores Lupo Hernández Rueda, Luis Alfredo Torres y Alberto Peña Lebrón ya habían permitido que Ramón Cifre Navarro pasara de jefe de redacción al equipo de directores. En el número 35 Cifre  aparece como único director, y con Ramón Cifré Lora como “supervisor” de la revista. Por igual no aparece ningún escrito de los antiguos directores, por lo que suponemos una ruptura del equipo de dirección de la publicación más importante de la época pos-trujillista.

El referido número, al parecer el último que circuló en agosto de 1967, deja clara la situación por la que atravesaba la revista, al anunciar que a “partir de esta edición, Testimonio se propone salir con regularidad a fines de cada mes..Tenemos previstos los factores negativos que pueden obstaculizar estos razonables propósitos…. No ha sido Testimonio la única revista de su género que tiene ante que si enfrentarse a estos agudos problemas (…). Confiamos, (…) en que obtendremos otra suerte de cooperación (…). Se lo “suplicaremos”, si necesario fuere, de “rodillas” para que este vocero (…) continúe. A partir de esta edición (…) será una revista exclusiva de poesía y literatura de vanguardia, sin que por ello trate de desconocer o dar la espalda a los valores que en el pasado de nuestro país (…) dieron prestigio a estos géneros de la expresividad artística del hombre”.

Testimonio circuló, tratando de no comprometerse con los conflictos sociales y los políticos, aclarando que no era una publicación  política; al estallar la Revolución de Abril de 1965 silenció para reaparecer cuando ya todo había pasado. Su último número, el 34-37, de junio-agosto de 1967 trajo poemas de Juan E. Padilla, Manuel Luna Vásquez, Guido Félix, Antonio Lockward, Manuel Valldeperes, R. O. Senior y Rosa Luisiana Meléndez Rojas.

Aparte de los aportes de Testimonio, no podemos dejar  de referirnos a las actividades literarias desarrolladas entre 1963 y 1965, como fueron las publicaciones de obras literarias, la constitución de la Sociedad de Autores y Escritores Dramáticos, la Sociedad pro-cultural y la Sociedad Dominicana de Escritores , el homenaje a Domingo Moreno Jimenes de parte del Ayuntamiento de Distrito Nacional, la lectura de poemas de Miguel Alfonseca y Jeannette Miller, patrocinada por la Sociedad Dominicana de Escritores, y en la que participaron como comentaristas los escritores Carlos E. Deive, Lupo Hernández Rueda, Juan Alberto Peña Lebrón, Máximo Avilés Blonda, Franklin Domínguez, Marcio Veloz Maggiolo y Pedro Rene Contín Aybar. El conversatorio sobre la novela de Carlos Esteban Deive en el Instituto Cultural Dominico-Americano, aparición de la publicación literaria UASD, Fundación de la Cámara Dominicana del Libro, la exposición de pintura del Grupo de los Tres, integrado por Cándido Bidó, Elsa Núñez y Leopoldo Pérez, en el Palacio de Bellas Artes, la exposición de pinturas de Gilberto Hernández Ortega, en Bellas Artes, el inicio de los concursos artístico de E. León Jimenes, exposición de pinturas de Guillo Pérez, la designación de dos calles con los nombres de Vigil Díaz y Federico Bermúdez, y charla del declamador Carlos Lebrón Saviñón, sobre Dios, la creación y la expresión del negro.      

 A la revista Testimonio, dirigida  por Lupo Hernández Rueda, Luís Alfredo  Torres, y Alberto Peña  Lebrón, con Ramón Cifre navarro como   jefe de  redacción, le tocó llenar casi sola (las  Brigadas  Dominicanas no llegaron a las elecciones de 1962), el tiempo de transición   transcurrido entre la dictadura y la libertad.

 Al ser  Testimonio  una revista literaria que intentaba alejarse  de los conflictos   ideológicos-políticos,  no pudo dejar de reflejar el momento  que se   vivió después del golpe de septiembre de 1963.