contacto

Historia Dominicana

Viernes
Nov 24
Tamaño del texto
  • Increase font size
  • Default font size
  • Decrease font size
Inicio Historia Contemporánea Persecución Y Muerte De Oliborio Mateo

Persecución Y Muerte De Oliborio Mateo

E-mail Imprimir PDF

"Persecución y muerte de Oliborio Mateo", fue escrito por Roberto Cassá y publicado en el Suplemento Isla Abierta del periódico Hoy, el 9 de octubre de 1993.

"Como es conocido, desde los primeros años de siglo se fue conformando un movimiento de carácter religioso en la zona de San Juan de la Maguana, entonces provincia de Azua. Uno de los ángulos desde los cuales puede interpretarse es como fenómeno colateral al caudillismo, como se ha dado en llamar al fraccionamiento del poder en escalas locales y regionales. La figura central de esta corriente de religiosidad, popular y sincrética, Oliborio Mateo, no sólo aspiraba a ganarse las almas sino, menos –aunque no siempre de manera explícita- a detentar componentes de la autoridad comúnmente admitidos como de incumbencia de aparatos estatales. El sentido social subyacente en el culto, como Lusitania lo ha puesto de relieve, en su libro Palma Sola, se apoyaba en la ausencia de distinción entre lo sagrado y lo profano para legitimar, como cuestión divina, la reivindicación de autonomía ante los poderes externos.

 En tal sentido, fue el movimiento religioso un equivalente del caudillismo, pero cabe observar que representaba con especial intensidad un fenómeno socio-cultural integral: era la forma en que el campesinado podía sentirse liberado de las compulsiones sociales de la ciudad en ascenso, así como de la pretensión excluyente de sus bases culturales, particularmente en la decisiva dimensión religiosa.

 Esto era producto, en primer término, de un estado de conformación cultural, dimanado de circunstancias sociales distintas a las del entorno dominante urbano. Los campesinos no compartían muchos de los aspectos de la cultura urbana.  Y, en la medida en que quisieron ser inculcados con patrones “civilizados”, como parte del proceso de modernización que entonces ya cobraba cuerpo, en ellos se produjo una reacción que expresaba resistencia deliberada a tal propósito. Sin que supusiera una actitud racionalizada en términos similares a los que se producen en la cultura urbana actual, estaban de manera consciente expresando apego a su forma de vida y defendiendo el derecho a que se les permitiera el ejercicio de elementos consustanciales con ellas.

 Todo ello acontecía en el contexto de un sistema estatal en extremo débil, incapacitado para cumplir su cometido de agente de modernización. Esa circunstancia confirió mayores espacios de acción a la protesta campesina, aunque quizás también la despojó de dosis de virulencia potencial. El caudillismo, o la eclosión de espacios autónomos de autoridad, contrariamente a la visión convencional, habrían tenido, por ende, la capacidad de integrar hasta cierto punto la búsqueda defensiva de autonomía del campesinado.

 Pero, como lo ha mostrado Raimundo González en su ponencia en el V Congreso Dominicano de Historia, el forcejeo campesino contra la modernización arranca del período colonial,  en previsión de los proyectos de corte esclavista. Con posterioridad,  se mantuvo latente la oposición de intereses entre campo y ciudad, lográndose un equilibrio relativamente conveniente para la masa mayoritaria campesina, en cuanto se reproducía un espacio de autonomía, gracias al doble antecedente de una esclavitud atenuada y a los avatares políticos de la primera mitad del siglo XIX.

Aún así, en cada escalada de modernización se producían diversos procedimientos “no convencionales” de oposición campesina, resaltados por Pedro San Miguel respecto a la intervención militar de Estados Unidos, también en su ponencia en el V Congreso Dominicano de Historia. Cuando no fue posible mantener el equilibrio en cuestión se produjeron fenómenos como el culto sincrético o la guerrilla campesina  a lo largo de la geografía nacional, cuestión esta última probada por María Filomena González. Ahora bien, incluso en la región suroeste el culto y el gavillerismo coexistieron como fenómenos distintos,¹ aunque no incomunicados. ²

 Cuando se analiza el fenómeno del oliborismo en tanto que variante del caudillismo, cabe hacer la precisión de que se asume una perspectiva relativa a los mecanismos del poder. Esto no contradice la consideración del fenómeno en su especificidad religiosa, por cuanto no se parte de una determinación unívoca. En todo caso, los contenidos social y religioso pueden integrarse en la noción de mesianismo, por cuanto la religiosidad queda sesgada por el alcance de un ideal terreno, perspectiva que hace tan productivo en análisis de Lusitania.

Por lo anterior, en el presente escrito no se pretende efectuar un examen integral del movimiento oliborista, sino que se dedica a mostrar aspectos poco conocidos acerca de su modus operando. Y, desde ese prisma, el eje se construye en torno a los efectos de la persecución de los factores centrales del poder político, la formación de una cultura de la resistencia y el inaplazado debate respecto a instancias de poder en el medio rural.

Se argumenta a partir del supuesto de que, en sus componentes originarios, el oliborismo consustancialmente rechazaba imposiciones culturales externas, propendía a ganar espacios locales de poder en base a la autoridad mística y, paralelamente, no renunciaba a la coexistencia con los factores internos de poder. Ahora bien, en la medida en que el culto planteaba autonomismos inaceptables y dicho componente se afianzaba con una autoridad de extraordinaria capacidad de convocatoria, la definición de un proyecto de estado moderno por parte del gobierno militar de Estados Unidos requería el exterminio del movimiento. De ahí que Oliborio fuera tenazmente perseguido hasta el aniquilamiento de él y de la mayor parte de sus seguidores más activos. Por último, se intenta únicamente introducir el problema de la ambigüedad de la reivindicación de poderes, sobre todo a partir del momento en que el estado moderno ha logrado imponer su preeminencia indiscutible en el terreno político: el oliborismo, en su colofón, marginado a religiosidad popular, queda como medio de manipulación de políticos locales. De hecho, la disposición al compromiso con los poderes centrales estaba ya presente en el propio Oliborio, aunque manteniendo posturas sagradas que resultaron intolerables para la Infantería de Marina de los Estados Unidos.

II

 Oliborio Mateo emergió a la escena del suroeste dominicano precisamente en el momento en que se habían debilitado los tentáculos del poder central a consecuencia de la disolución del proyecto oligárquico-autoritario capitaneado por Ulises Heureaux. De hecho,  algunos de los efímeros gobiernos de los años iniciales del siglo XX visualizaban en Oliborio a un forajido, pero no dispusieron de la fuerza para eliminarlo. Sin demasiadas interferencias, pudo desplegarse, tal cual reguero de pólvora, la nueva doctrina religiosa, sustentada en la condición divina del propio Oliborio, quien a la larga recibiría el calificativo de Dios. Ahora bien, no se tiene aquí que abundar en que había circunstancias locales que estimulaban la propagación veloz del culto. De la misma manera, en los orígenes del movimiento Oliborio no parece haber gozado de preeminencia exclusiva en aspectos prácticos.³ Es el mito de la imaginación popular que lo consagró definitivamente, quizás en no escasa medida como reacción a la hostilidad a que fue sometido. En tal sentido, la consolidación de la figura corre pareja con la expansión del culto.

Oliborio y sus seguidores sortearon con relativa facilidad los intentos agresivos de los gobiernos dominicanos, e, incluso, establecieron pactos con algunos de ellos, que les permitían el ejercicio del culto. Incluso es posible que el Dios hiciera una visita al santuario de Higüey que dejó vastas expectativas en la región oriental.4 Estos antecedentes a la persecución furiosa que caracterizó a los ocupantes norteamericanos no se tratan en detalle en este escrito. No obstante, cabe llamar la atención acerca de la búsqueda de compromisos inestables por Oliborio e, incluso, su acercamiento a políticos tradicionales de la región, argumento que manejarían los marines.

 Desde 1916 la situación varió y los integrantes de la secta confrontaron una situación marcadamente difícil cuando tuvieron que oponerse al designio civilizador de los ocupantes norteamericanos. Y, con medios de operación y objetivos muy distintos a los empleados por los gavilleros de la región oriental, los oliboristas protagonizaron la hazaña de resistir, durante alrededor de seis años, las acometidas de la Infantería de Marina de Estados Unidos y sus auxiliares locales de la Constabulary (Guardia Nacional Dominicana).  La dictadura militar extranjera, por fin actuando como efectivo estado capitalista, ejerció un influjo centralizador del cual habían carecido los gobiernos dominicanos, agudizando el antagonismo, más bien soterrado aunque sempiterno, entre el campesinado y el estado. A cada onda civilizadora respondió el humano de campo con la afirmación de arraigo en su sistema de vida. De culto local,  el oliborismo se tornó fenómeno de todo el suroeste, llegando a tener extensiones importantes incluso en la zona del Cibao.

 Por esa fuerza popular que adquirió la religión Oliborio, los intentos de las fuerzas del orden por eliminarlo fracasaron reiteradamente. La persecución tuvo visos temibles, pero chocaba con la afirmación de una forma de vida, que se reconstituía, en sitios recónditos, por parte de los más activos seguidores del Dios, diligentemente apoyados por los moradores de los campos:

“Yo no creo que se esté sufriendo en la común de San Juan a causa de Livorio como un santo. De la mitad del territorio de la República llega gente hasta él en búsqueda de curación. Debido a la veneración que se le profesa en esta provincia, está fuera de posibilidades obtener información precisa acerca suya”. 

 Es crucial para comprender la naturaleza del movimiento captar que Oliborio simplemente demandaba que se le permitiese ejercer su apostolado prohibido. Al practicarlo, instituyó un sistema de vida social comunal, el cual, por lo visto, incluía una moral. Para los civilizadores se trataba de una manifestación crasa de salvajismo, por lo que, a juicio de uno de ellos, un campamento desmantelado de los oliboristas no podría “ni siquiera ser comparado a una pocilga”.6

 Ahora bien, en principio no fue el ejercicio de ciertos estilos de vida lo que condujo a la proscripción del oliborismo. Es probable que el tema de fondo estribase en la negativa estatal a la pretensión de inmiscuirse en competencias de la autoridad, lo que se manifestó en la negativa de Oliborio por entregar delincuentes comunes. El punto, aunque no esencial, revela un aspecto crucial de la pretensión del personaje a la interrelación de su poder místico y las relaciones terrenales de autoridad. Por lo visto, todo aquel que se acogía a la gracia del culto y de la persona de la divinidad terrenal, quedaba excluido de cualesquiera otras esferas de autoridad. Con esa negativa a la entrega de criminales, reales o supuestos, Oliborio hacía valer su condición divina por cuanto la certeza de la fe trascendía a las intenciones de los propios protegidos.

 A diferencia de los movimientos de resistencia armada que se presentaron durante la intervención militar norteamericana, la secta oliborista en realidad carecía de vocación bélica. Su concepto de poder difería sustancialmente del que encarnaban los jefes de las bandas gavilleras del Este. Oliborio fue obligado a refugiarse en los bosques, algo que no le interesaba, y en todo momento se atuvo a una táctica defensiva:

“La banda se mantiene continuamente en movimiento, tomando gran precaución para protegerse. Nunca muestran hostilidad e, invariablemente, se niegan a combatir como banda, incluso cuando son atacados… Oliverio se podría rendir, si se le asegurara que él y sus seguidores no serían procesados y se les dejara libres. Sería tal vez bueno que se rindiera, pero algunos de sus seguidores están acusados de crímenes, por los cuales son buscados por las cortes civiles. A ellos no se les podría ofrecer inmunidad”. 7

 La táctica defensiva no debía sustentarse en conveniencias bélicas, sino en la ausencia de consideraciones al respecto. De hecho, como se enuncia en la cita anterior, por períodos los oliboristas se negaban a combatir, teniendo una vocación pacífica. El terreno del culto no se hallaba en la rebelión armada, sino en el ejercicio de la fe en la vida cotidiana de la masa. En la cita previa precisamente se aquilata la disposición de Oliborio a la rendición, apreciación básicamente aceptable. Pero, al quedar implicadas garantías de su libertad y de continuación de su prédica, con las interferencias supuestas sobre las relaciones de autoridad, no prevalecieron los marines más o menos partidarios de tal solución.

La condición de fugitivo perenne a que se somete a Oliborio lo lleva a una cultura del refugio con sus seguidores muy allegados. Al mismo tiempo, y a pesar de la tenaz persecución, se buscaba, como cuestión innata a la resistencia del culto, la relación con contingentes numerosos de personas de fuera, atraídas por los aspectos místicos y curativos. Las diversas descripciones dadas por oficiales de la Infantería de Marina insisten en la ubicación de los campamentos de Oliborio en sitios prácticamente inaccesibles. Conviene citar la descripción del capitán Morse de uno de esos emplazamientos, al norte de la aldea de Maguana: “Su campo…situado en la orilla derecha del Arroyo (Fresco)…, construido entre rocas a un lado de una empinada colina donde era necesario agarrarse de las malezas para ir de un nivel al otro. Las chozas estaban hechas de hojas de palma, en forma de tiendas de campaña, a orilla de los riscos”.

 Además del terreno abrupto y la lejanía, estaban protegidos por un sistema de espionaje que prevenía cualquier movimiento de tropas. Quizás ante lo infructuoso de las expediciones de aniquilamiento, los cantones de Oliborio lograban conformarse de forma estable, llevándose en ellos actividades bastante normales de producción agrícola y visitas continuas de fieles que traían donativos. Desde los campamentos se irradiaba un magnetismo que confería sostén al conglomerado fugitivo. Los reportes de los oficiales de la Infantería de Marina dan cuenta del hallazgo de correspondencia con fieles de diversos lugares del país. De la misma manera, entre los apresados y muertos en los asaltos a los campamentos se hallaban personas de diversos puntos del país. En consecuencia, participaban por igual en el sistema de vida los visitantes ocasionales. Ante esta capacidad de atracción de  un flujo amplio de gente, no deja de sorprender la inhabilidad de años de parte de los marines para destruir la secta."

 

Resaltados

 

Un nuevo libro de Alejandro Paulino Ramos: "El Paladión: de la ocupación militar norteamericana hasta la dictadura de Trujillo"

Está circulando desde el juveves 15 de diciembre el libro: "El Paladión": de la ocupaci...

 

Alejandro Paulino Ramos escribe: "Orígenes y trayectoria de la sociedad civil en la República Dominicana, 1916-1961"

 (Este ensayo acerca de los "Orígenes y trayectoria de la sociedad civil en la Repúblic...

 

20 de octubre de 1961: "!Libertad!, !Libertad! El grito de Octubre" y "Los masacrados del octubre de 1961"

 ¡Libertad! , ¡Libertad! El grito de octubre" y  "Los masacrados de Octubre del 1961"...