"Tras la caÃda de la dictadura, y especÃficamente a partir de 1965, la historiografÃa progresista ha registrado avances en cuanto a tareas criticas de denuncia de los presupuestos ideológicos de los historiadores conservadores. Ahora bien, hasta el momento en gran medida se ha atendido a rescribir la historia desde una perspectiva global, contando con el arsenal documental utilizado por los anteriores historiadores. Ciertamente se han introducido nuevas temáticas, como la de la historia económica, y se han construido series de estadÃsticas. No obstante, en lo que respecta a dicha series todavÃa no se ha ido más allá de la recopilación de fuentes oficiales, por lo demás no sometidas a operaciones crÃticas.
Queda por resolver la introducción de planos sustancialmente novedosos en la utilización de la información empÃrica. Es el caso del uso sistemático de la prensa, de las revistas culturales, de los fondos de las secretarÃas de estado y de diversas oficinas que se encuentran en el Archivo General de la Nación y que no han sido tocados; para poner un solo ejemplo, el de la Receptoria General de Aduanas. Los archivos notariales, municipales y provinciales proveen, en conjunto, una valiosÃsima alternativa de avances en nuevos temas y enfoques. Es elemental, para sólo citar otro caso notable, que las informaciones contenidas en los riquÃsimos archivos de Bayaguana, Higuey, Monte Plata y El Seybo, que recogen aspectos de las vidas locales desde el siglo XVII hasta el XX, todavÃa no hayan sido la base de ninguna investigación publicada.
De igual manera, está pendiente la explotación de los legajos no revisados que se encuentran principalmente en archivos de España, Inglaterra, Francia y los Estados Unidos, junto a otros de menores consideraciones en Cuba, Puerto Rico, Venezuela y HaitÃ. Igualmente, los archivos privados—personales, corporativos o de otros géneros—; aunque quizás no muy abundantes, salvo los que se encuentran en bibliotecas y en el AGN, todavÃa constituyen un terreno incógnito.
Las tareas ligadas al acrecentamiento de los niveles de erudición se combinan con las de empleo de nuevas técnicas y métodos. Es decir, parte del material conocido debe ser sometido a procedimientos alternativos de evaluación. Es el caso del empleo de técnicas como el análisis de contenido o del panel, donde los historiadores no se han distinguido. TodavÃa los ejercicios de cuantificación son escasos en la historiografÃa postrujillista.
Por otra parte, respecto a sectores sociales ente los cuales la emisión de fuentes escritas es escasa, para no decir que en no pocas dimensiones inexistente, y que como los campesinos y los obreros interesan vitalmente a los investigadores socialistas, hasta el momento se ha dependido de los escasos textos dedicados a ellos en fuentes convencionales. Parece obvia, aunque los historiadores no lo hayan interiorizado generalizadamente, la importancia estratégica del uso de variantes de fuentes orales; cierto que su validez está delimitada a las décadas recientes, pero no es poca cosa que se puede interrogar directamente a los actores de procesos que, invocados o no, aun son en gran medida desconocidos.
Lo último remite a la necesidad que se les presenta a los investigadores de abrir nuevos horizontes temáticos. No tanto para seguir los giros de la producción en los centros académicos de los paÃses desarrollados, sino como recurso para dar cuenta de los objetivos ligados a la intelección de las claves de la historia del pueblo. La apertura de estas lÃneas la concebimos por medio de transito desde el tratamiento estructural, predomÃnate en los historiadores marxistas dominicanos, al tratamiento social.
Habiéndose indagado bastante, tanto en sÃntesis amplias como particularizadas, lo relativo a la lógica de la relaciones de producción, la dependencia, la estructura de clases, desde el ángulo económico, asà como otros imperantes aspectos, a nuestro juicio procede pasar a conocer en vivo la lógica de los seres humanos, vistos predominantemente como sujetos colectivos, pero en lo necesario como individuales. No se está postulando por la propuesta de una historia social aislada de determinantes estructurales; pero sà por una autonomizada, donde se acuerde a los colectivos sociales su condición de hacedores de la historia.
Dada la carencia de precedentes, el énfasis estructural fue inevitable, y tuvo su margen de conveniencia. Hoy está agotado, no tanto porque las temáticas se hayan trabajado exhaustivamente, sino, más bien, porque metodológicamente es factible y mucho más correcto pasar a la intelección de las prácticas de los colectivos humanos. Sin duda que en una primera instancia habrÃa que conceder prioridad a planos de la polÃtica, aunque no se identifique historia social con historia polÃtica. Por el contrario, lo que está a la orden es integrar lo polÃtico, como nervio cohesionador de prácticas dispares, en dimensiones sociológicas o antropológicas más profundas.
Con el reclamo de la historia social no abogamos por un retorno a la historiografÃa narrativa, cuestionadora de la generalización y que restringe su mirada a lo superficial de la polÃtica: el acontecimiento vinculado al poder, visto éste ultimo como demiurgo exclusivo de la historia. La historia social no sólo requiere una apoyatura estructural, sino también un cuerpo teórico de presupuestos que se va enriqueciendo y modificando a media que coadyuva a la plasmación de sÃntesis. Entre nosotros el objetivo debe ser el logro de mecanismos más sólidos y articulados de conexión entre teorÃas y sÃntesis histórica. En particular, es indispensable repensar aspectos centrales de la concepción materialista de la historia y relacionarlos con avances recientes en sociologÃa y filosofÃa, asà como con consecuencias eventuales de las lÃneas de elaboración de sÃntesis por investigadores de vanguardia.
La implantación de una tradición de historia social plantea revisiones sobre presupuestos antes indiscutibles, como el papel de lo económico, los medios de contribución de los sujetos, la gravitación de la necesidad, etc. Sólo asÃ, en medio de la llamada crisis del marxismo, se harÃa factible recomponer un horizonte de eficacia académica, ligada en este siglo al pensamiento de Marx; pero, más importante, sólo asà se podrÃa rearticular un discurso crÃtico en el cual la historiografÃa sea arma intelectual de los intereses nacionales y populares. La escolástica del stalinismo significó una deformación tanto por sus aberraciones teóricas intrÃnsecas como por su función de filosofÃa conformista de un poder.
Seria improcedente trazar un programa de tareas hacia el futuro que se pueda derivar del balance de la historiográfica contemporánea. En todo caso, nos restringimos a indicar algunas alternativas. Por una parte, puede ser adecuado que se ponga énfasis en sÃntesis centradas en aspectos de micro historia; asà se crearÃan condiciones para recomposiciones de sÃntesis más amplias. En dirección inversa, parece imprescindible que se abandonen los contornos estrictamente nacionales en que hasta ahora se ha operado; en lo fundamental, habrÃa que relacionar—por diversas vÃas—el proceso histórico nacional con el de la zona del Caribe y con el de América Latina en su conjunto.
En otra dimensión, es necesario poner énfasis en el estudio de los sectores subalternos, en tanto que premisa para conclusiones generales como los contenidos de la cultura nacional. Pero, además de las clases, procede abordar sujetos marginados de toda consideración historia hasta hoy, como las mujeres. Esta incorporación implicarÃa traer sobre el tapete nuevos problemas y temáticas. Entre otras dimensiones alternativas se encuentran los estudios regionales, locales, de profesiones, instituciones, empresas, etc., todo lo cual ciertamente puede integrarse bajo la categorÃa de microhistoria. 
En otro sentido, la recusación de la historiografÃa narrativa del poder conduce a validar dimensiones como cotidianidad. Una de las variantes que habrÃa que considerar para el logro de tales objetivos seria la confección de historias de vida, tanto por separado como grupalmente. Por último, la dimensión de la cultura requiere de tratamientos desde ópticas metodológicas contemporáneas, ya que se ha identificado en lo fundamental cultura con producción de los sectores dirigentes.
Hasta el momento, los historiadores dominicanos de todas las tendencias han trabajado en forma aislada y artesanal. Aunque han existido instituciones de investigación, el trabajo no se ha regido por un plan colectivo. Los retos que se plantean a la historiografÃa del futuro remiten a una variación de instancias institucionales, ya que proceden taras como levantamientos sistemáticos de fuentes, formación de textos en base a aportaciones de varios autores, al estilo de colecciones temáticas o de nuevas sÃntesis amplias. Se precisa, pues, de variaciones sustanciales en el comportamiento de los investigadores. Adicionalmente, la investigación requiere mayores apoyos materiales, pero la situación del presente evidencia un desgaste progresivo de los obtenidos en las décadas precedentes".
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(Publicado originalmente en Isa Abierta, Suplemento periódico Hoy, Santo Domingo, Rep. Dominicana, Sábado 23 de junio 1990, pp.8-9)






