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El dualismo decimonónico de Manuel Rodríguez Objío

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El trabajo historiográfico de Manuel Rodríguez Objío tiene la primicia de haber sido escrito desde el calor de la acción cambiante en los procesos de las guerras y revoluciones que definieron la nación dominicana en el siglo XIX. Responde al entendimiento del ciudadano patriota de la gravedad de acontecimientos y tomas de decisiones de los caudillos debido a la premura de hechos contra la nación, el aprovechamiento que hicieron los caudillos  de las debilidades y fortalezas de la masa popular para su provecho particular, y el dualismo bien contra mal de la sociedad en la que vivió y trató de mejorar con sus acciones independentistas, revolucionarias y burocráticas.

Rodríguez Objío entendió claramente que era necesario escribir esa historia y asumió ese propio compromiso en medio de las responsabilidades que tomó, los numerosos viajes que hizo y las acciones bélicas en las que participó. De ahí se desprende la descripción de detalles y presentación de documentos oficiales que hace el autor.

     En su obra Relaciones cita a sus maestros locales, como Félix María Delmonte, y los ilustrados, Montesquieu, y el romántico novelista Víctor Hugo, ambos franceses.

     El autor comprendió cabalmente las ideas de estos maestros y bajo los ideales liberales por ellos planteados, lucha, se sacrifica y muere por su patria en un acto extrañamente romántico.

     Debido a que el autor fue huérfano de padre, vivió en Azua, entonces pobre poblado agrícola y desde la adolescencia tuvo que trabajar como dependiente de tienda en Santo Domingo le resultó fácil entender la masa popular, escribir sobre sus preocupaciones y debilidades y lo que más le convenía a esa masa: su autodeterminación como pueblo y como nación igual que las demás. Desde luego, para escribir se necesita tener educación y estos trabajos no hubiesen sido posible si desde la infancia no hubiese aprendido francés en el hogar con su madre y luego, recibir cierta educación en el colegio Buenaventura en Santo Domingo. Su redacción es fácil de leer para el lector de inicios del siglo XXI, indicador de su facilidad natural para escribir.

     Sus cualidades naturales y debilidades de carácter por no haber tenido padre, figura natural que pone límites en la actitud de un niño, ser en formación, la azarosa vida patriótica y única de entonces, crearon al ser humano conocido: comerciante venido a menos por las circunstancias, poeta, militar patriota e historiador.  

Contenido del ensayo historiográfico 

     Manuel Rodríguez Objío escribió dos obras reconocidas: Relaciones y una biografía de Gregorio Luperón llamada Gregorio Luperón y la historia de la Restauración.

     Decidimos analizar Relaciones, porque, primero, permite ver al ciudadano alfabetizado que vivió las desgracias políticas y sociales de su tiempo y reaccionó con acciones patrióticas para terminar convertido en un ciudadano patriota; segundo, la razón de ser de un ser humano con olfato de historiador en época de graves conflictos de supervivencia nacional y su decisión de escribir sobre esos conflictos presenciados y en los que ejemplarmente actuó; tercero, el dualismo de mediados del siglo XIX, manifestado en las acciones malvadas de los caudillos por controlar el estado para enriquecerse de sus recursos y sus contrarios quijotes, los sacrificados dominicanos con deseos de autonomía democrática y de progreso; cuarto, el surgimiento de una crítica popular sobre los dirigentes del momento y el efecto que esta crítica, “el qué dirán sus conciudadanos bajos”, ejerció en la toma de decisiones de estos caudillos; quinto, las omisiones que hizo el autor, omisiones reflejo directo a veces del concepto liberal en el cual creyó. 

     El ciudadano patriota :  Orfandad y aventuras del joven díscolo 

     Manuel Rodríguez Objío nació en Santo Domingo en 1838, hijo del pequeño comerciante Andrés Rodríguez, y de Bernarda Objío. La muerte de su padre cuando tenía cuatro años le dejó en la orfandad y la pobreza, que le obligó a buscar trabajo de dependiente de comercio. Su madre le enseñó francés en Azua, lugar a donde se mudó la viuda.

     La falta del padre, influenció su sentido de límites y de necesidad de padre o guía. El historiador Rufino Martínez escribió de él que su manera cambiante de proceder, que era un eslabonamiento de inconsecuencias consigo mismo, y a veces con los demás, no le dejaba trillar firmemente el camino conducente a esta alta finalidad (la de una patria gloriosa). A veces parece que el autor explotase de ira frente a uno, como cuando critica  la hipocresía que da asco de los capitaleños y cuando quebró su actividad comercial en Santo Domingo en 1861 y decidió dedicarse a la agricultura en Azua. Pero realmente reflejan la honestidad del autor para describir su época.

     La necesidad paternal es notoria en la forma en que se refiere a Félix María Delmonte y a Francisco del Rosario Sánchez, ambos aparecen en su vida en importantes momentos de su proceso formativo. El niño y adolescente huérfano se caracteriza por cuestionarse muchas cosas de la vida que normalmente se cuestionan en etapas posteriores de la vida y que un niño en condiciones paternales normales no se cuestiona por la seguridad que le da el hogar balanceado.

     Félix María Delmonte aparece en 1854, entonces Rodríguez tenía 17 años de edad, en plena adolescencia, y era estudiante del recién creado colegio Buenaventura. La influencia formadora de Delmonte es tan importante en él, que cita un discurso moralizante en Relaciones que recibió de Delmonte cuando estaba en Buenaventura.

     Sánchez aparece en la vida de Rodríguez en 1860 en el exilio por separado de ambos en la isla San Tomas. Ese momento fue el primer exilio de Rodríguez. El exilio es un período muy duro, porque entraña la separación de los lugares añorados por una persona y de sus familiares y amigos. Por lo tanto, en aquella dura y extraña condición, en la que el exiliado se cuestiona seriamente sus acciones y su propio futuro, encontró a Sánchez. El honrado Padre de la Patria le dio sentido a su patriotismo y norte a la razón de su existencia y afanes. 
 
     Más tarde, por su biografía de Luperón, demuestra una forma de admirar a un padre que nunca tuvo, punto en el que coincidimos con José L. Alemar6. Aunque era un año mayor que Luperón, su sacrificado esfuerzo por narrar sus hechos quizás tenga ese reflejo natural escondido. Este padre Luperón, era el padre de un espacio mayor y de otros hermanos: su patria.

     Nuestros juicios sicológicos referentes al autor pueden estar equivocados, pero sólo buscan despertar un área profesional historiográfica de autores todavía sin desarrollar en nuestro país.

     Asistió a escuelas públicas en las que -él mismo cuenta en su obra- no aprendió nada. Su holgazanería y actos juveniles hicieron de él un joven conocido que no tuvo más remedio que salir a aventurar negocios a Nueva York, donde fracasó en negocios de poca monta.

     La vida de ese joven desorientado fue salvada por su corta participación como estudiante en el colegio Buenaventura de Santo Domingo y por un amigo familiar en Santiago en marzo de 1855, Manuel Delmonte, entonces Ministro de Hacienda, quien le introdujo en la política—según él mismo también cuenta. 
 
La génesis del patriotismo de Rodríguez Objío

     Durante un juego de cartas con amigos mozalbetes en 1855 en Azua cuando tenía 16 años de edad un saco de pólvora explotó muy cerca de él. Sus amigos murieron y él salvó la vida milagrosamente. Esta salvación le llevó a pensar que él estaba vivo por alguna razón importante.

     La génesis del patriotismo de Rodríguez Objío es estructurada por sus vivencias personales en el gobierno de Santana y en su participación en la oficina personal de este presidente durante tres meses. Entre sus amigos estaban los trinitarios, quienes pasan desapercibidos como grupo cotidiano en su vida en Relaciones. Sin embargo, esta presencia de los trinitarios es tan regular, que se casa con la hermana de uno de ellos. Manuel Rodríguez casó con la hermana de Juan Nepomuceno Ravelo: María del Rosario Ravelo con quien tuvo tres hijos.

     Luego, su experiencia de miseria y pausa en el exilio con Sánchez es la gran orientación de madurez que marcó el rumbo patriótico de su vida y del futuro historiador. Rodríguez compartió con Sánchez en San Tomas en diciembre de 1860, porque tomó parte contra el gobierno de Santana y debió exiliarse. 
 
      El ciudadano patriota

     Rodríguez Objío no se alejó de los problemas del país, sino que se metió por propia voluntad en el vórtice donde estaban los líderes de acción política y militar principales. Reconoció con dolor que: “Mi patria se convirtió en un vasto osario” y por eso siempre, a pesar de las depresiones propias de tan larga y agotadora lucha, se mantuvo firme por el bien de la patria, como muchos otros desconocidos más entonces.

     El ciudadano Manuel dice de él mismo con tranquilidad y orgullo: “He servido con lealtad y constancia al principio dominicano”. Ensalza sus cualidades de hombre de bien y se coloca entre los grandes hombres de su época al decir “el porvenir es de los hombres que piensan como yo”. Por eso no dudó criticar al vende patria Buenaventura Báez, aunque él no fue presidente, como sí fueron Báez y Santana, ni gran  negociador ni director de masas, se coloca por encima de esas bajezas. El fue como muchos dominicanos de aspiraciones naturales que deseaba llevar una vida tranquila, pero que las circunstancias de su época lo obligaron a hacerse patriota.
 
     La razón de ser del historiador Manuel Rodríguez Objío

     Rodríguez escribe sobre: hechos políticos nacionales y acciones militares de la Primera República, la Anexión española y el intento de Báez de torcer el país a un estado anexado de una gran potencia, la guerra civil contra el gobierno que gestionó esa nueva anexión a favor de Estados Unidos y la lucha del dominicano común por volver a dirigir su destino nacional.

     La obra cubre desde 1843, cuando ya el movimiento trinitario por la separación de Haití estaba cerca de lanzar abiertamente el grito de Viva la República Dominicana, hasta 1870, cuando en exilio en isla Turcos alojado en casa de su admirado amigo y compañero de armas, Gregorio Luperón termina de escribir ambos libros. Un año después, 1871, murió fusilado en Santo Domingo después de haber sido atrapado en lucha armada contra el gobierno de Báez y en conocimiento de peticiones de clemencia contra la sentencia de su fusilamiento. Sus últimos escritos los realizó en prisión antes de su fusilamiento.

     La travesía de experiencias vividas por Objío le dio madurez suficiente para comprender tempranamente en su vida la gravedad de los acontecimientos de su propia época; por eso comenzó a escribir sobre hechos históricos antes de cumplir los 21 años de edad, lo que demuestra inteligencia precoz y educación sobresaliente para su época por formación hogareña, aunque suspendió en seis ocasiones esos escritos y finalmente los terminó después a los 32 años de edad en 1870. Además, tuvo los mejores contactos de información y puntos de vista para escribir esas verdades del momento “a sus conciudadanos”, en una visión de testigo y actor de las vicisitudes de las desgracias políticas y militares de los dominicanos. 

     A lo largo de la narración se nota el interés del autor de escribir al dominicano, su “conciudadano”, por quien los patriotas han hecho tantos sacrificios. Critica tanto las acciones políticas y militares de los caudillos como la bajeza moral que les caracterizó. Relaciones tiene buenas descripciones de los personajes más importantes de aquella época: Santana, Báez, Jiménez, Ulises Francisco Espaillat, José María Cabral, Gaspar Polanco, Pepillo Salcedo, Francisco del Rosario Sánchez. Estas descripciones, imprescindibles para entender la historia dominicana del momento, están claramente basadas en sus percepciones y las del pueblo en momentos cercanos a los mismos hechos narrados. Por lo tanto, su valor historiográfico es incalculable.

     El demostró con narraciones propias y documentos oficiales a los cuales tuvo acceso privilegiado, fuese porque era parte del gobierno, fuese porque sus compañeros de lucha se los facilitaron, como le dio Luperón, o porque él mismo los redactó. Contrapuso los documentos en forma de causa-efecto, como el texto del Tratado de Anexión a Estado Unidos contra el documento en reacción que escribió Luperón. ¿Por qué usó documentos oficiales?

 El los introdujo en Relaciones porque claramente entendió que eran necesarios para permitir al lector dominicano comprender la relación causa-efecto de los hechos políticos y militares que como una marea que choca en la playa resulta confusa frente al simple observador. Si él no los hubiese introducido, el lector no hubiese podido entender cuando comienza un hecho, cómo los otros líderes entendían ese hecho, qué reacciones tomaron y eventualmente -con las explicaciones y narraciones del autor- por qué sucedieron. Esos documentos pusieron límites cronológicos y fácticos a los hechos. Rodríguez Objío, al introducir los documentos y dar explicaciones secuénciales entre ellos dejó escrita una importante obra historiográfica. Esta introducción de documentos en una obra histórica fue realizada por primera vez por Rodríguez Objío en la historiografía dominicana.

     Rodríguez deseó también aumentar el peso de sus pruebas con arengas morales, propias de su carácter de hacer el bien a los demás y la época liberal y romántica de mediados del siglo XIX que le tocó vivir.

     Si él no hubiese escrito sobre esos “mil sucesos enlazados en la cadena de nuestra propia vida” hubiese sido muy difícil entender aquellos graves hechos políticos decimonónicos. Comprendió la realidad de entonces de sus “conciudadanos” y por ello se embarcó en narrar los hechos nacionales y patrióticos, desenmascarar oportunistas y, en su visión liberal y romántica, instruir al pueblo sencillo para que “la igualdad social y política (que) es el fin más bello de la democracia” fuese alcanzada en ella. No fue educador, pero sí reconoció que Relaciones podía aportar educación al pueblo sobre su propia historia y prolongarse él mismo en ella también.

     Como prueba de su inagotable energía él se describe en momentos urgentes de decisiones patrióticas restauradoras como: “Objío en fin era la redacción viviente que recogía las ideas de todos después de discutirlas con ellos, les daba forma y las presentaba a la firma, ocupándose al mismo tiempo en fomentar por si solo el periodismo” porque “es preciso que la posteridad se penetre bien de los hechos15”.

     El libro Relaciones, llamado por él sus memorias, lamentablemente no fue publicado por él ni por su familia una vez muerto, sino en 1952 por Ramón Lugo Lovatón como parte de la política estatal de fomentar el estudio de la historia dominicana, y también antes por José Luís Alemar en 1939. Su estilo literario corresponde al Romanticismo, rimbombante muchas veces, moralizante otras tantas veces, fácil de comprender cerca de 170 años después de haber sido escrito. Su concepto historiográfico tiene influencias de la Ilustración francesa de final del siglo XVIII y responde al liberalismo francés de mediados del siglo XIX. El primer concepto buscó aleccionar con ideas morales y separadas de la iglesia. El último se basó en la historia política de los países, su independencia nacional y la felicidad del pueblo16. 

     El dualismo de mediados del siglo XIX

     La unificación de la isla por Haití había probado ser funesta según la visión de los dominados de la parte este de la Isla Santo Domingo. La creación de un estado independiente en el cual comerciantes, cultivadores, hateros, libertos y la iglesia pudiesen participar directamente en la toma de decisiones a favor de sus intereses fue la motivación práctica del apoyo a la separación de Haití. Además, existía un fuerte y decisivo trasfondo de razones de diferencias culturales entre ambos pueblos, resentidos por los habitantes del este.

     Haití no quiso dejar la autonomía a su antigua colonia del este de la isla, a pesar de haber ocurrido sin derramamiento de sangre y con posibilidades de restaurar una relación comercial mutuamente beneficiosa. El grupo negro de poder de Haití vio la independencia dominicana no solo como una posible cabeza de playa de potencia extranjera para atacar Haití, sino como una gran pérdida económica para la estabilidad de sus intereses políticos, como zona territorial para repartir tierras a sus militares; intereses económicos, como generador de riquezas por la agricultura y por la producción de carnes dada en los extensos hatos del este. Visto así, la guerra por intentar reocupar el territorio perdido era inevitable desde el punto de vista del grupo negro dirigente en Haití. 

     No existió homogeneidad en los grupos dominicanos en el fin último una vez se alcanzase la separación efectiva. Por ello, los grupos conservadores buscaron salidas pro protectorados de la parte este. La idea de la pura y simple independencia sostenida por los trinitarios cayó abatida primero por la poca capacidad militar de sus abogadores, quienes debieron buscar apoyo en los conservadores, porque tenían gran capacidad de maniobra física y económica para su época.

 La riqueza de los conservadores estaba basada en el hato ganadero, reminiscencia económica de la colonia y sus miembros tenían pensamiento atrasado, poco moderno y estaban concentrados en el este del país y alrededores norte de la ciudad de Santo Domingo. La ambición de estos salvaguardias conservadores de la nación fue a la vez el exilio de los puros independentistas y la pérdida del rumbo democrático noble. Los independentistas liderados por Duarte eran los creadores y filósofos del ideal independentista. Ellos eran capitalinos, hijos de comerciantes e instruidos para la época. El pueblo no los veía como hombres capaces de acción militar, sino como hombres ajenos a su clase, pensamiento e intereses directos. El pueblo entonces era mayormente rural y con profundas tradiciones regionales. “La felicidad de esos pueblos en esos instantes no estaba en la humildad ni en el desinterés, sino en un hombre que los salvara, como decía Mella, de una posible intervención extranjera y de una ruinosa hacienda pública. En fin, lo que querían era el Caudillo de la Independencia”. Los trinitarios llamaron a Santana, hatero del este, a defender la patria recién nacida y “la fortuna sonrió a Santana18” desde el inicio de la guerra, porque le ganó a los haitianos.

     Objío también comentó: “Los hombres de doctrina son objeto de burla y de desprecio”, porque eran vistos como idealistas. Así, no les quedó espacio de maniobra a los independentistas como grupo.  Los trinitarios debieron salir al exilio por órdenes de Santana en 1844. Al regresar del exilio en 1848, muchos trinitarios debieron apegarse a grupos pro protectorados, porque entendieron que no había otra forma posible de supervivencia para la nación o para ellos personalmente.  

     Sin embargo, la guerra de independencia contra la dominación haitiana escondía inicialmente para la masa dominicana la realidad de la pugna de intereses entre grupos económicos y regionales. Más adelante, pronto esa masa verá esa pugna, la facilidad de su propia participación aún sea bajo la forma de ejercito casi privado de caudillos y el poder que tenía de sacar ventaja al tomar partidos. El caos armado nació y se extendió. Los intentos reales y nobles de cambios fueron abortados por el hábito de los caudillos de guerrear, hilo conector de la trama de Relaciones.

     El grupo conservador pro España ganó las luchas internas, se alzó con la tan importante victoria militar frente a Haití, y logró negociar la Anexión de Santo Domingo. Los dominicanos comunes, cansados de guerras internas e internacionales, desarmados por el mismo gobierno y sorprendidos por la Anexión, dieron un receloso y atento compás de espera a sus vidas para ver qué pasaba bajo la administración de España. España abusó de su poder y el dominicano común se lanzó a la guerra a restaurar su independencia.

     Muchos de los restauradores guerrearon contra España con clara intención, escondida públicamente, de buscar una anexión, protectorado o venta de territorio nacional que beneficiase directamente a su grupo, como efectivamente sucedió después de la salida de España del país..

     Sin embargo, contrario a estos grupos pro protectorados todavía existían grupos dominicanos patriotas que creían y se sacrificaban por la patria independiente. Entre estos se encontraba Manuel Rodríguez Objío, quien “ignoraba el arte del disimulo” y entendió que si esa masa o pueblo era liberada de los caudillos el país progresaría como las grandes naciones del mundo occidental habían hecho”, idea importante del liberalismo del siglo XIX. La zona del Cibao, productora de tabaco principalmente, fue la luchadora principal contra la Anexión. En ella se encontraron los liberales, con quienes se identificó Objío. La economía productora de tabaco movía muchos sectores de apoyo al proceso generador del ingreso por la venta del producto, desde el cultivador, el recuero de mulas y las casas de comercio exportador. El poder real de esa economía y pensamiento liberal residía en Santiago.

     Al inicio de Relaciones Objío escribió: “Hacen cinco mil ochocientos años que la causa del bien lucha con las falanges del demonio”. Este sencillo pensamiento es la quinta esencia de la lucha de los patriotas- actores del bien- contra los caudillos y oportunistas-actores del mal. La masa fue usada porque “este pueblo que siempre obedece al sentimiento confunde a cada paso la gratitud con la adoración”, y sigue “árbitro de los destinos de su patria Santana pudo jugar con ellos”. Santana “sin ilustración superior26” y Báez después son los máximos representantes contra quienes luchan los liberales. Objío trabajó tres meses como agregado de la secretaría privada de Santana, y nació en Objío una aversión profunda contra Santana, el primer presidente de la República.

     El nivel de crítica primigenio manifestado por esta masa, como comentarios sin apoyo real, en aplicaciones propias no fue posible en la colonia, porque en aquél período la masa jugaba solo el papel de esclavo, pobres libertos y comerciantes de baja monta. Las obras precedentes y memoriales coloniales muestran un conglomerado poco urbano y muy rural dirigido a distancia desde la nunca conocida España y por unos pocos representantes locales españoles. El gran elemento siempre presente en la obra de Rodríguez es una masa manipulada por los caudillos por su bajo nivel educativo y de participación social activa por sus propios intereses. Unos pocos, entre ellos los patriotas de la independencia pura entendieron la influencia que las ideas del liberalismo- el amor patriótico- podían ejercer en ellos si se les enseñaba de alguna manera. Por esto es que Rodríguez escribió Folletos como forma de concienciar el patriotismo en el pueblo.

     Fruto de la tranquilidad relativa del manto de la Anexión antes del 16 de agosto de 1863, Objío se dedicó al comercio en Azua y a la vida hogareña, donde esperó algún grito de inicio de restauración de la República y escribió un Folleto sobre las democracias en Sur América para aleccionar al pueblo. El Folleto está incluido en Relaciones y muestra la conciencia de aspiración democrática en ejercicio de los dominicanos alfabetizados comunes, quienes a pesar de las acciones de los malos, sí ejercieron y rompieron la democracia en ciernes, generalmente por la fuerza de las armas, para poner a sus líderes.

     Vale indicar que la posibilidad de viajes marítimos, antes peligrosos en vida y bienes en tiempos coloniales, ahora aportaba beneficios de comunicación con las demás nuevas repúblicas, y que, a pesar de que muchos viajes sucedieron bajo la fuerza del exilio, permitieron actividades comerciales para los ciudadanos de la República y el intercambio de noticias que necesariamente sirvieron de comparación con las realidades locales. Rodríguez Objío no fue la excepción como patriota que viajó cerca y aprendió de realidades parecidas.

     El pensamiento de Rodríguez Objío se formó a mediados del siglo XIX mientras la nación peleaba por su supervivencia contra Haití y poco después también contra España. Venezuela fue la referencia latinoamericana más cercana del autor. En este país tenía un primo, el general Bruzual, gracias a quien también se mantuvo informado de los sucesos que ocurrían allí. Los países latinoamericanos ya habían luchado y obtenido sus independencias, pero estaban generalmente envueltos en conflictos internos de guerras federalistas o regionales, guerras entre caudillos dictadores. Rodríguez Objío fue un personaje involucrado en las polémicas patrióticas de su época. Esa experiencia de vida en Venezuela fue enriquecida por los encargos directos que recibió de Duarte en Venezuela, quien lo ascendió de rango militar en varias ocasiones, le delegó funciones políticas y le acompañó en las reuniones que sostuvieron con el presidente y Vice Presidente de Venezuela, Juan Falcón y Antonio Guzmán Blanco. Además, hizo el viaje de regreso al país con Duarte en 1864 y estuvo cerca de las frustraciones que sintió Duarte del gobierno restaurador. 

     Una victima del pensamiento liberal del siglo XIX fue la iglesia. La iglesia dominicana comenzó a perder poder desde inicios del siglo XIX. La razón hay que buscarla más atrás cuando en Francia durante la Revolución Francesa la iglesia fue asociada como parte del viejo régimen. El estado la atacó para quitarle sus poderes sociales y económicos. La constitución de Toussaint de 1801 no le reconoció sus derechos y privilegios. Los ataques empeoraron durante los gobiernos franceses de Leclerc y Ferrand, y después también mientras estuvo vigente la Constitución de Cádiz (1812-1814), y en 1820-1821 cuando el Acta Constitutiva de Núñez de Cáceres. Luego, las constituciones haitianas de 1816 y 1843 que se aplicaron en la parte este también por la ocupación de haitiana de 1822-1844, mantuvieron esa línea anticlerical. Los liberales y conservadores dominicanos tampoco le devolvieron sus bienes a la iglesia una vez fueron poder y ratificaron sus actos en la constitución de 1844 en el articulo 94 que estableció entre las atribuciones del Congreso “decretar las extinciones de censos perpetuos, mayorazgos, vinculaciones y capellanías a fin de que para siempre desaparezca todo feudo”. Todas estas medidas fueron en perjuicio económico para la iglesia.

     Estas ideas anticlericales fueron comunes en los hombres de poder de la sociedad dominicana de entonces, por eso las reflejan en decretos y constituciones. En otras palabras, aunque la religión católica fue declarada la principal del país por los trinitarios, muchos pensadores y hombres de diferentes niveles económicos de mediados del siglo XIX, se identificaron muy bien con estos fundamentos del liberalismo. Este mismo fundamento liberal decimonónico fue general en Latinoamérica. En relación a esta posición frente a la iglesia, Rodríguez Objío fue liberal.

     El autor de Relaciones continuó la defensa de la patria después de la Anexión y cayó preso en acción militar en Los Pinos en levantamiento armado contra el intento de Anexión a Estado Unidos que trató el gobierno de Buenaventura Báez. Fue traído a juicio a  Santo Domingo en 1871, donde murió fusilado.

     Resulta extraña la muerte de Objío, por que sucedió por etapas. Luego de ser apresado en Los Pinos fue llevado a Santiago y luego a Santo Domingo. Sus custodios le dieron en varias ocasiones la oportunidad de escapar y Rodríguez Objío no escapó, parecía que se había entregado a la muerte, cual poeta y patriota del Romanticismo como manera de coronar su muerte, una muerte por la patria, y bajo el clamor popular de perdón para que no lo fusilasen. Diferentes personas de cierta importancia clamaron su perdón de muerte y murió en la capital, en el centro de la política de su nación, con el baluarte del Conde a su vista, el mismo lugar donde se reunieron los patriotas para izar la bandera dominicana por primera vez el 27 de febrero de 1844 y defender la ciudad desde su muralla oeste. Murió como verdadero romántico decimonónico. 

     Las omisiones de Rodríguez Objío

     Hay algunos puntos que Rodríguez Objío da por sentado y pasan desapercibidos al lector, pero estos demuestran la ausencia de problemas por ellos; otros no los menciona por alguna razón no descubierta por nosotros. Unos puntos no son mencionados por él porque son fruto del respeto paternal a algún personaje y prefiere “voltear la cara y mirar para otro lado” para no ofenderlo o mostrar desilusión públicamente. Las últimas omisiones son consecuencia directa de la influencia de sus lecturas y las aplicaciones de filosofía en boga entonces.

         Los habitantes de la parte este de la isla y no algún grupo pequeño de personas, reconocieron a partir de algún momento durante la ocupación haitiana algunas características propias que los diferenciaban “del otro”: el haitiano. Una de ellas fue el color de la piel. Cuando comenta que Sánchez fue recogido en Irlanda dice que “su piel es mestiza como todos los hijos de este hemisferio”, es decir, el líder nacional y “gran ciudadano Sánchez32” es uno más como la mayoría de los habitantes y el color de piel no es un factor divisional entre esos habitantes. Aquí, hizo una clara alusión entre líneas a los numerosos problemas étnicos que sabía existían entonces y antes en Haití, pero en su patria este detalle no es un problema. Además, Sánchez es “ciudadano”, no criollo de colonia ni liberto.    

     En el año 2005 Luís Álvarez-López publicó su libro Dieciséis conclusiones fundamentales sobre la anexión y la guerra de la restauración (1861-1865) en cuya obra menciona el peso que tuvieron los secuestros de bienes como factor que contribuyó al alzamiento popular restaurador. Sin embargo, Rodríguez Objío no hace referencia a ese hecho que afectó a tantas familias que apoyaron la restauración. Realmente resulta extraña su omisión puesto que él desde joven trabajó en el comercio y entre andanzas patrióticas se dedicó también al comercio. Es muy común y más en una sociedad comercial tan pequeña entonces, que él, seguramente a sabiendas de las acciones comerciales del gobierno local español, no hizo referencia a esas acciones comerciales ni a sus consecuencias en el comercio dominicano.

Un caso parecido es la quiebra en Santo Domingo en 1861 de dos de sus clientes comerciales, que le quiebran por efecto y este hecho determina a su vez que debió mudarse a Azua, esperar el llamado a la guerra restauradora contra España y dedicarse a la agricultura. El ni siquiera menciona -por razones que desconocemos, quizás porque entonces esa no era la manera de pensar de un relator-historiador y pensaba solo en la parte política al escribir historia- “que las autoridades españolas pretendieron alterar cualitativamente la producción agrícola mercantil existente y la producción nacional de autoconsumo por un modelo agrícola comercial de exportación”.

     De la misma manera, encontramos extraño la omisión de las cañoneras de potencias extranjeras que amenazaban la independencia dominicana, como las de Estados Unidos cuando presionaba la población durante el intento de Anexión dominicana a ese país. Rodríguez Objío estuvo bien informado de hechos políticos como él mismo lo demuestra en Relaciones, pero extrañamente no hace mención a esa agresión militar marítima. 

     La tercera omisión de comentario que hace Rodríguez Objío está relacionada a su querido profesor en el colegio Buenaventura, Félix María Delmonte, quien como ministro del gobierno de Báez, firmó el decreto sobre el sufragio para unir la República a Estados Unidos. Delmonte es su querido profesor ejemplar, quien abogó y sembró en el joven Manuel de 15 años de edad el amor por la autonomía de los pueblos y el bien común. Sin embargo, años después, este mismo querido profesor está en el bando de los destructores de la patria y él en el bando contrario del bien, y el ahora historiador no comenta sobre el cambio de postura política de su profesor, como cuando emitió juicios sobre otros actores muy importantes. Seguramente Rodríguez Objío prefirió no reconocer en el mismo folio de documentos que serían sus memorias y la historia de hechos patrióticos de los dominicanos que esperaba hacer públicos la desilusión sobre su mentor intelectual y moral.  

     La última omisión es la de la iglesia. Las omisiones de Rodríguez Objío sobre la iglesia y sus sacerdotes, como el padre Gaspar Hernández obedecen a un claro anticlericalismo en él fruto de las enseñanzas afrancesadas que recibió directamente en el hogar por su madre, quien se preocupó por que su hijo entendiese francés. Sobre esta base, luego los profesores anticlericales del colegio Buenaventura: Félix María Delmonte, Alejandro Angulo Guridi, lograron de alguna manera que Rodríguez Objío no mencionase al otro renombrado profesor del mismo colegio: el padre Gaspar Hernández, quien además fue diputado de Santiago en la cámara legislativa en 1952.

En otras palabras, aunque en 1842 Rodríguez Objío tenía apenas tres años, el padre Gaspar Hernández-según testimonio de Rosa Duarte- enseñó a los trinitarios filosofía en un bohío detrás de la iglesia San Carlos, luego una clase diaria en la sacristía de la iglesia Regina Angelorum en 1842. En éste último lugar se reunía con los jóvenes cuatro horas cada mañana, y de ahí proviene la categoría de “prohombre de la separación” o “inspirado apóstol de las ideas redentoras de nuestro pueblo” que la historiografía del siglo XX le puso al sacerdote, aunque realmente este sacerdote fue pro España. Este sacerdote ya tenía serios antecedentes políticos antes de emigrar a Santo Domingo. Rosa continúa su relato diciendo que parecía más “una junta revolucionaria que clase de estudios filosóficos”.

Entre estos trinitarios estaban Duarte, Francisco Sánchez, Pedro Alejandrino Pina. Objío menciona muy bien sus afectos y admiración a todos ellos en Relaciones. La mención a los trinitarios la hace refiriéndose a sus años de lucha patriótica en exilio. ¿Cómo es posible que no se refiriese al tan destacado sacerdote Hernández y a otros sacerdotes más, aunque menos desconocidos, que lucharon también como él por la patria o en contra de ella por convicción conservadora de supervivencia nacional convencida de los posibles beneficios de una anexión a España? Además, los trinitarios y la familia de los padres de Rodríguez Objío eran buenos conocidos, porque la casa paterna de Rodríguez Objío estaba en la esquina suroeste de la intersección Conde – entonces importante vía comercial y de circulación intramuros- y la actual José Reyes, lugar de la clase media alta urbana de la capital.

El padre Gaspar Hernández también debió exiliarse por tercera vez cuando la revolución de julio de 1857 contra Báez de las fuerzas santanistas. La estadía en Dominicana a partir de 1857 del padre Hernández comenzó cuando regresó del exilio desde Cuba en el mismo vapor en que vino el cuñado de Rodríguez, el trinitario Juan Nepomuceno Ravelo y otros expulsados por Santana y conocidos de él. Así como Rodríguez no mencionó a sacerdotes destacados así tampoco mencionó ningún tipo de  acciones realizadas por la iglesia, como su resistencia al gobierno de Boyer o su participación en las luchas internas militares y legislativas en ebullición durante las Primera y Segunda República hasta su muerte en 1871.

     El mismo Rodríguez nos da la respuesta indirectamente en Relaciones, porque menciona a los autores que influenciaron en él a través de sus lecturas: Montesquieu, la baronesa de Staël y Chateaubriand y Víctor Hugo. Estos autores franceses eran abanderados de la filosofía anticlerical de la Ilustración, el Liberalismo y el Romanticismo. Y la intención de Rodríguez al citarlos fue enseñar al dominicano lo que él creía eran las mejores influencias para cambiarles la mentalidad y hacer progresar la nación. La iglesia y sus acciones no eran tema relevante para Rodríguez Objío. En otras palabras, se podía ser sacrificado patriota y no creer en curas. 

Influencia de Rodríguez Objío en la historiografía

     Relaciones pudo haber sido usada por las autoridades dominicanas como material de enseñanza como hizo al difundir Historia de Santo Domingo de Delmonte y Tejada. Sin embargo, debido a que fue publicada en 1939 y 1952 su existencia fue desconocida. Por tanto, como generalmente sucede  con valiosos autores, si sus obras no son conocidas por sus coetáneos, es muy difícil que ellas sean revividas y que influencien en toda su dimensión. Por la misma razón del año tan posterior a su publicación, Rodríguez Objío fue mencionado más como el poeta y patriota fusilado en la historiografía y no como el historiador y redactor de valía que también fue.

     A pesar de esto, la obra permite conocer la lucha de la libertad del pueblo dominicano frente a invasiones externas, caudillos de turno, potencias extranjeras, de tal manera que es referencia obligada para conocer las vicisitudes históricas, el sacrificio personal por la patria y documentos oficiales que además usa el autor como sustento a sus argumentos.
 
Conclusión

     En el presente ensayo hemos tratado de obtener la visión del dominicano común, ya definido cultural y étnicamente, frente a problemas cruciales de supervivencia de ataques militares internacionales y frente a sus conciudadanos por ambiciones de poder. Ese dominicano común alfabetizado conocía aspiraciones democráticas y ejerció sus derechos a la autodeterminación.

     Como la mayoría de los hombres de entonces, ese ejercicio democrático del hombre común no pasó de la lucha de armas, trabajos administrativos que apoyaban esa causa y no pudo ejercerlo en planes educativos, de construcción de obras viales y sanitarias.

     Sus explicaciones y narraciones marcan un dualismo entre ambiciones veladas y dañinas a la patria y los patriotas sacrificados en exilio, afanes, bienes y sangre. El dualismo expresado por el autor en su obra responde a sus convicciones liberales comunes a mediados del siglo XIX en Santo Domingo y Latinoamérica.

     Su historiografía refleja al hombre preocupado por compartir con sus compatriotas la verdad de esos hechos transcendentales, y ganarse también la gloria de la historia. Usó numerosos documentos oficiales muy importantes a los que tuvo acceso como burócrata restaurador. Estos documentos aportan junto a sus narraciones como observador y participante privilegiado un claro entendimiento del complejo y difícil proceso libertario dominicano de mediados del siglo XIX. 
 
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