José del Castillo Pichardo: Hostos en Santo Domingo

Domingo, 04 de Octubre de 2009 18:16
Por :José del Castillo Pichardo
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Un rápido balance de las principales contribuciones de Eugenio María
de Hostos a la sociedad dominicana -en su múltiple calidad de pedagogo
innovador, de político liberal que militó al lado de las causas más
avanzadas de su época, de sociólogo que auscultó con agudo sentido
observador los problemas de nuestra organización socioeconómica para
aportar soluciones prácticas-, nos remite a la actualidad de su
pensamiento. Su influencia a finales del siglo XIX y los inicios del
XX fue palpable en la enseñanza normalista y universitaria, en las
asignaturas Moral Social, Sociología y Derecho Constitucional, cuyas
lecciones sirviera en la Escuela Normal que fundara en 1880, así como
en la cátedra en el Instituto Profesional, nuestra universidad de
entonces. Se halla en métodos de enseñanza apoyados en el razonamiento
reflexivo del conocimiento ejercitado entre profesor y alumno, en vez
del tradicional "embotellamiento" de textos y su recitación mecánica.
En la prensa y la tribuna pública, beneficiarias de su eficaz prosa
modernista y una oratoria electrizante.

 

Su estancia de 13 años en la República Dominicana se divide en tres
períodos: 1875-76; 1879-88; y 1900-03. Aquí le sorprendió la muerte el
11 de agosto de 1903 a los 64 años, rodeado de reconocimiento y cariño
cívico, designado Director General de Enseñanza, función que ejercía
junto a la dirección de la Escuela Normal. "Dejó publicados diez y
ocho volúmenes e inédito un enorme material de escritos literarios y
científicos. Sólo dos de sus grandes obras doctrinales publicó en
vida: la Moral social y el Derecho constitucional. El Tratado de
Sociología inicia la serie póstuma que se completará con otros
trabajos monumentales: la Psicología, la Moral individual, la Ciencia
y la Historia de la Pedagogía, el Derecho penal, y tantos más", nos
dice Pedro Henríquez Ureña. Buena parte de esa vigorosa producción
intelectual la realizó Hostos en la casona que le sirvió de albergue
durante diez años en San Carlos, en la cual se escenificaban obras
teatrales, sita en las hoy 30 de marzo con Benigno del Castillo. La
cual pasó a manos de sus amigos y colaboradores, mis abuelos paternos
Luis Temístocles del Castillo y Dolores Rodríguez Objío, educadora
esta última, quienes se la rentaron durante su estancia en Chile y
luego la adquirieron. Destruida por el ciclón de San Zenón, la vieja
casona hostosiana dio paso a una sólida construcción de concreto
armado que hoy se conserva.

La sociedad que Hostos encontró

A su arribo a la República Dominicana, en 1875, por la ciudad
noratlántica de Puerto Plata, Hostos encontró una sociedad que apenas
iniciaba su tránsito hacia la modernización capitalista, motorizada
por la instalación de los primeros ingenios movidos a vapor, gracias a
la iniciativa de empresarios cubanos, norteamericanos, franceses,
puertorriqueños y dominicanos, con su correlato de inmigración laboral
proveniente de las Antillas Menores y también de Puerto Rico, como
luego lo sería masivamente de Haití, ya en el siglo XX, a mediados de
la década del diez. Sus principales zonas de desarrollo en el siglo
XIX serían Santo Domingo, Puerto Plata, San Pedro de Macorís y Azua, a
las cuales se sumarían en el siglo XX La Romana y Barahona.

En la región central del país, en el Cibao, el cultivo del tabaco se
hallaba en franca expansión, dando origen a una microsociedad más
igualitaria y liberal, integrada por productores pequeños y mediados,
una amplia red de comerciantes y almacenistas, recueros o
transportistas y jornaleros aplicados a la limpieza, clasificación y
empaque de la aromática hoja, así como a la manufactura del saldo que
no se destinaba a la exportación hacia Europa, especialmente a
Alemania. Estudiado magistralmente dicho complejo socioeconómico del
tabaco por Pedro Francisco Bonó ("Apuntes sobre las clases
trabajadoras dominicanas"), en esta región se había escenificado con
mayor vigor la Guerra Restauradora, llamada a liquidar la Anexión a
España (1861-65).

En las llanuras del Este se aposentaba otra configuración social,
basada en la crianza libre de ganado en extensos hatos indivisos,
origen de una estructura patriarcal profundamente conservadora,
católica y jerárquicamente segmentada. De allí salieron los hateros
lanceros capitaneados por los hermanos Pedro y Ramón Santana, tan
funcionales a las lides guerreras por la independencia frente a Haití.

En el Suroeste -cuna del caudillo ilustrado Buenaventura Báez- se
practicaban los cortes de árboles maderables para su exportación a
Europa, especialmente a Inglaterra, como la apreciada caoba para la
ebanistería de muebles, puertas y enchapados de suntuosos palacetes;
el guayacán empleado por sus propiedades de dureza resinosa en la
industria náutica para tornear el eje de las aspas de los barcos; y
los palos tintóreos utilizados por las factorías textiles (campeche y
dividivi) para teñir los telares. También se producía raspadura y
azúcar mascabada en rústicos trapiches y se mantenía una agricultura
de subsistencia.

El país carecía de medios de transporte modernos que enlazaran
internamente sus regiones, razón del afianzamiento de economías y
sociedades regionales que operaban como si se tratase de tres países
distintos. Sólo el tráfico de cabotaje -realizado por goletas y
algunos vapores de líneas extranjeras- permitía una rápida
comunicación. El resto descansaba en trabajosas jornadas a lomo de
mula, por accidentados caminos, vadeando ríos y remontando
cordilleras, en experiencias que motivaron a más de un visitante
extranjero a escribir su relato de aventuras.

La población mostraba el más bajo índice de densidad en las Antillas,
lo cual clamaba por una urgente política de inmigración. Integrada en
comunidades que exhibían, algunas, hasta un 80% de analfabetismo.
Regimentada por un sistema educativo arcaico, sustentado en la
memorización y en un curriculum tradicional con escasa vinculación
práctica con el medio, que empleaba con frecuencia los castigos
corporales como recurso pedagógico.

Ya avizorando -desde el mirador de Nueva York- los que serían motivos
de sus desvelos ciudadanos en tierra dominicana, Hostos escribió en la
prensa de esa urbe un artículo ("El horizonte de Santo Domingo"), en
el cual planteaba:

"Si se aumenta por inmigración la población de un país, si por medio
de ferrocarriles se aumentan la producción, el tráfico, la
comunicación; si por medio de obras de piedra o de ladrillo o de
hierro se aumentan las facilidades del comercio; si por medio de un
establecimiento de crédito se multiplica la actividad comercial y la
industrial; si por medio de una caja de ahorros se multiplica
insensiblemente el capital del pobre; si por medio de comunicaciones
telegráficas y marítimas se aumentan las relaciones directas entre
países remotos o vecinos; si cultivando la caña, café, tabaco,
cereales, legumbres, flores, se aumenta el valor de las tierras
rústicas o urbanas; si explotando minas se aumenta la riqueza social;
si creando o trasplantando industrias se aumenta la prosperidad
colectiva; en suma, si cultivando todas las formas del trabajo, y
fomentándolas por todos los medios materiales se producen bienes
físicos y orgánicos, que se cuentan, se valúan, se computan y se pesan
¿son bienes exclusivamente materiales los que se consiguen? En
general, el trabajo es razón determinante de tres bienes morales: la
moralidad, la libertad y el orden."

En su prolífica función de hombre público, Hostos abogaría por
proyectos específicos, encaminados a plasmar en realizaciones estas
ideas. Así, sobre el tema de la inmigración escribiría varios
artículos ("Inmigración y Colonización", "Centro de Inmigración y
Colonias Agrícolas"), describiéndolo como uno de los dos problemas
esenciales de la sociedad dominicana, para más tarde afirmar que era
el "problema de los problemas y el medio de los medios, por que es el
único que puede resolverlos todos". Aspiraba a la inmigración de
"familias organizadas", que fueran "agentes de trabajo",
específicamente agricultores, que sirvieran de "ejemplo económico,
doméstico, cívico, de la población circundante". En este orden alentó
un proyecto de inmigración de familias canarias, que sirviera de
alternativa al modelo de colonato azucarero, al cual criticaba.

Sobre la industria azucarera, cuya expansión saludaba como vehículo de
progreso, abrigaba algunas reservas, consecuencia de su conocimiento
de las realidades cubana y puertorriqueña. Le perturbaba la idea de la
dislocación que el desarrollo capitalista ocasiona, al penetrar las
estructuras de sociedades tradicionales, casi autárquicas. Advertía
contra el latifundio azucarero, la proletarización excesiva y la
dependencia del colono frente al industrial. Proponía la creación de
un banco agrícola, capaz de proveer recursos a los productores.

Entendía "la fabricación de azúcar como uno, y sólo uno, y no el mejor
y el más pequeño, de los medios de producción de riqueza en nuestras
tierras; nada más. Antes que ella, o junto a ella, la industria
agrícola tiene en las Antillas un más vasto campo de producción, y
probablemente más adecuado a nuestro estado social".

En el ferrocarril vió Hostos una herramienta de civilización
formidable y dedicó varios artículos a ponderar las ventajas de
proyectos que siguió muy de cerca. Como el que enlazaría a la
comunidad agrícola de La Vega con el puerto marítimo de Sánchez,
primer ramal de la red ferroviaria que uniría a las principales
poblaciones del Cibao a través de "caminos de hierro". Lo mismo
consignó en cuanto al telégrafo, el teléfono, las líneas de vapores y
otros medios de comunicación civilizadores.

Pero su mayor influencia fue en las aulas. El impacto en la generación
que recibió directamente su savia académica fue definitivo. El
historiador Américo Lugo así lo testimonia: "Soy un discípulo de
Hostos; él fue quien me formó espiritualmente después de mi padre. El
me ha enseñado que sólo y únicamente en la virtud estriban el honor,
la integridad y la nobleza. El contribuyó a constituir mi carácter. Mi
conducta se inspira en él. Su enseñanza y su ejemplo son mis guías;
los sigo cuanto puedo, aunque sé cuán inalcanzable es la pureza de mi
modelo. Me arredran aquellas temibles palabras con que el Dr.
Francisco Henríquez y Carvajal, para quien Hostos era un coloso,
termina su perfil sobre éste: 'Seguídle, si podéis'."


(Lectura: Conversando con el tiempo, columna de José del Castillo Pichardo. Tomado con autorización de su autor,  del periódico dominicano Diario Libre, 15 de agosto 2009)