LA COMISIÓN MILITAR Y LA VOZ DEL HIJO DEL VECINO

Domingo, 27 de Febrero de 2011 08:33
Por :José Abreu Cardet
Imprimir

Uno de los instrumentos legales con que contaba el Estado español para llevar a cabo la represión contra quienes se oponían a su dominio en Santo Domingo era la Comisión Militar Ejecutiva y Permanente. Creada en España durante los primeros años del siglo XIX, la establecieron poco después en Cuba y luego en dominicana cuando este país retorno en 1861 al seno del imperio español. Pese a su triste papel en la historia cubana y dominicana hay que reconocer su eficacia.

Si bien en el caso cubano tenia una estructura central en la Capitanía General con un presidente, vocales, fiscales, secretarios e incluso un asesor civil.  En la práctica esta institución no necesitaba de fiscales o jueces profesionales para funcionar fuera del marco de la capital cubana o dominicana. Apenas ocurría un acontecimiento que afectara en alguna medida la seguridad del imperio en cualquier región, se constituía. Se escogía a oficiales del ejército para fiscales, jueces y defensores. Eran nombrados por las máximas autoridades militares de cada región. El hecho de que sus integrantes fueran oficiales incrementaba su poder. No podemos olvidar el relevante papel que tenía el Ejército en el imperio español. Acrecentado en este caso por el estado bélico que se desarrollaba en dominicana desde 1863. Los interrogatorios y todos los documentos que generaban un proceso y se le consideraban  de interés se incluían en un expediente.

Hoy, tanto en Cuba como en dominicana, se conserva una valiosa colección de estos procesos. En el caso cubano, se extienden desde su formación en la isla (década del veinte) hasta que dejo de funcionar (enero de 1869); mientras en dominicana funcionó durante la anexión. En Cuba al finalizar el dominio español los documentos quedaron en la isla y hoy se conservan en el Archivo Nacional donde forman un fondo. En dominicana, al concluir la dominación española en 1865, fueron evacuados junto con las tropas y acabaron en la península. Allí, el historiador Cesar Herrera los copio y hoy integran parte del fondo que lleva el nombre del destacado intelectual.

¿Qué significa esa colección de documentos?

En el caso dominicano, para el estudio del periodo de la anexión y la guerra de Restauración, pueden ser de gran utilidad para la reconstrucción del enfrentamiento a España. Por ejemplo, uno de los detenidos en Santiago de los Caballeros dio detalles sobre quienes encabezaron el alzamiento de febrero de 1863. Varios de ellos ejecutados por los españoles. Estamos ante los héroes de aquella jornada, recordados hoy con gran respeto por el pueblo dominicano. Estas sumarias también nos ofrecen la posibilidad de conocer la voz del hijo del vecino, de la gran cantidad de hombres y mujeres anónimos que no dejaron cartas, diarios, proclamas ni otros documentos.

El acusado o el testigo eran sometidos muchas veces a un largo interrogatorio. En no pocas ocasiones se iban dibujando, en la indagatoria, las figuras del hombre y la mujer humildes, del pueblo.
Este fue el caso del sastre Justiniano Bonilla, vecino de Santiago de los Caballeros, que resultó herido y prisionero en los acontecimientos de esa ciudad en febrero de 1863. Seguramente mentía al decir que se encontraba de  “casualidad”. en la plaza de la ciudad donde resulto herido de un disparo. Según el no se sumo a la sublevación. Independientemente de este singular criterio en sus palabras podemos pulsar el estado de exaltación que dominaba a gran parte de la población. Según él, pasaron “por delante de su casa una porción de gente armada”.  Pese a esta situación tiene la “ingenuidad” de ir a visitar a sus hermanos y al regreso llega “inocentemente” a la plaza cuando se iniciaba un enfrentamiento entre revolucionarios y autoridades en el que resulta herido. No se dirige al hospital ni busca ayuda médica para curar su herida sino que escapa a una sabana vecina, pasa el rio “y entró en un bohío donde una tal Matilde Liscuñana lo curo de su herida”.   Esta rustica casa pertenecía “a un tal Francisco”. 

Este individuo, quien trata de convencer a las autoridades de que su herida fue casual, y se encontraba en un enfrentamiento entre ambos bandos, también por “casualidad”, nos ha mostrado a Matilde Liscuñana y al tal Francisco, símbolos, en este caso, del apoyo de la población a los restauradores.
Un asunto que siempre pone en guardia al investigador cuando se revisa estas sumarias, es la certeza de que la mayoría de los acusados mienten o por lo menos callan parte de la verdad. Aunque las mentiras argumentadas por estas personas para salvar sus vidas como el caso de Bonillo pueden ser de utilidad. La mentira tiene un trasfondo de verdad. El que miente usa argumentos que son creíbles en su época y pueden entrar en la lógica de jueces y fiscales. Este tipo de fuentes son muy útiles para el estudio de la sociedad.

 Es posible que nunca sepamos que fue de Matilde Liscuñana y de Francisco. Quizás fuera de la mención en la sumaria sus figuras entraron en el anonimato de la historia. Mientras ojeábamos estos viejos libros teníamos la sensación que Matilde y Francisco parecen esperar en algún olvidado rincón del pasado por el historiador que quiera conocer esa otra historia de la guerra de Restauración: la del hombre y la mujer sin rostro. Aunque podemos afirmar que gestos como esos de curar al rebelde  mordido por la metralla colonial fueron la base de la resistencia y la victoria dominicana.