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"Historiografía de la República Dominicana"

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I. PRIMERAS MANIFESTACIONES

Durante el período colonial y gran parte del siglo XIX, la producción historiográfica de lo que vendría a ser la República Dominicana estuvo condicionada por la inexistencia o insuficiencia estructuración del conglomerado nacional. A lo sumo,  el sentido de identidad diferenciada avanzó desde el surgimiento de la vecina colonia francesa de Saint Domingue –en la segunda mitad del siglo XVII-, por oposición a sus habitantes y a su metrópoli. Pero este fenómeno, aunque importante, no se sitúa en la eclosión de la nación, ya que, paralelamente, la población seguía encontrándose fragmentada en sectores étnico-sociales implantados por regulaciones institucionales que estatuían la identificación de los blancos con cualquier esquema de colectividad.

No obstante, con el tiempo, fueron avanzando tendencias que negaban los paradigmas normativos de la dominación, causadas por la inexistencia de un sistema de plantación y por la consiguiente facilidad de manumisiones. Así, fue surgiendo un colectivo humano caracterizado con una prolongada ocupación del territorio. Los procesos en que se desenvolvió la estructuración del conglomerado demográfico facilitaron que la idea de la hispanidad fuese interiorizada por las clases subalternas. Ahora bien, detrás de tal tipo de identidad colectiva yacía una conciencia creciente de diferencia respecto a lo español, que no adoptada una faceta de contraposición en la medida en que España se percibía distante y el autorreconocimiento, por oposición, operaba respecto a otras metrópolis y, en especial, a la colonia vecina. En los autores se puede rastrear el proceso formativo del pueblo. No obstante, como asunción fue tardía, ya que, en su conjunto, la producción historiográfica previa a la segunda mitad del siglo XVIII se mantuvo ajena de cualquier sentimiento de identidad diferenciada.

Antonio Sánchez Valverde (1729-1790)

La primera síntesis de calidad, delimitada en el terreno de la colonia española de Santo Domingo, fue la hecha por el sacerdote Antonio Sánchez Valverde. Si bien abandonó el estilo impersonal de los memoriales y otros documentos oficiales, se guió por el designio de sustentar una propuesta de reformulación de los patrones de reproducción de la economía esclavista. Su propósito estribaba en que la colonia española de Santo Domingo pudiese superar la pobreza y lograr un grado de evolución similar al de la contraparte francesa. No obstante ser mulato, abogó por una suerte de revolución esclavista que desterrara las municiones y el trato patriarcal, amparado en las perspectivas que deparaban las reformas de los Borbones  españoles.

Utilizó la historia, ante todo, como medio de inquirir las causas de la mediocridad económica de la colonia española, a partir de lo cual plasmó un panorama de las relaciones sociales. La confesa adopción de principios racionalistas explica que el sacerdote procediera a describir las realidades como recurso para explicarlas. A fin de sustentar su proyecto, procedió a dividir la exposición en los aspectos naturales y humanos, los primeros para poner en evidencia las riquezas potenciales. Muchas de sus páginas son antológicas, como las dedicadas a seguir la jornada de un típico hatero. En gran medida se basó en el interrogatorio de personas de diversas condiciones y orígenes, como monteros que le informaron sobre lugares remotos. Respecto a los dos primeros siglos coloniales se limitó a reiterar generalidades, por lo que sus exposiciones cobran originalidad y fuerza desde que entra a los procesos del siglo XVIII.

En teoría, sus disquisiciones quedan enunciadas en función del interés de la monarquía. Sin embargo, poseía un grado intelectualizado de identificación con el terruño. Inmerso en un momento ambiguo de lealtad nacional, perseguía el fortalecimiento de la reducida élite de esclavistas. Reconocía en el conjunto del imperio la entidad de la nación, pero el concepto de patria lo delimitaba al espacio insular. Ahora bien, mientras trataba de conjugar amor a la patria y lealtad a la nación, su atención se centró únicamente en la primera. Esta indefinición resulta bastante explicable en la medida en que todavía no le era inteligible un conglomerado nacional integrado. Como buen proesclavista, excluía a la masa esclava de la pertenencia a la colectividad, pero, no obstante, la originalidad de su obra radica en la defensa del colectivo humano de América. En efecto, para validar el optimismo ilustrado, entró en polémica con autores no, españoles dedicados a estudiar la historia americana –sobre todo con el abate francés G. Raynal-  quienes imputaban a la población de América un proceso degenerativo de la raza humana. Su alegato intelectual decisivo se puede resumir en la defensa hispanista de América contra la pretensión de superioridad de los anglosajones.

Resquebrajamiento del orden colonial y el conservadurismo

A consecuencia de la depresión económica y demográfica que siguió al Tratado de Basilea de 1795 –mediante el cual España cedió a Francia la soberanía sobre la parte oriental de la isla-, durante décadas, en el país no se volvió a emprender la elaboración de síntesis generales. La mayor parte de la clase esclavista emigró a territorios españoles próximos, de manera que se produjo un vacío social dirigente, lo que, junto con la influencia sostenida del estado haitiano durante las primeras décadas del siglo XIX, aceleró la decadencia de las estructuras económicas coloniales. Casi todos los escritos que siguieron fueron crónicas accidentales de acontecimientos o bien relacionadas de viajes o informes administrativos, en todo lo que descollaron autores franceses e ingleses.

Los escasos núcleos de intelectuales que permanecieron en el país durante largo tiempo no pudieron exponer sus percepciones a causa del continuo descalabro en que se desenvolvía la vida política. No obstante, fueron consistentes en mantener una visión conservadora que se apegaba a los valores provenientes del período colonial. Esta cosmovisión vino a expresarse de manera significativa cuando recayeron en ellos las funciones principales de poder, una vez proclamada la independencia de Haití en 1844.

Retomaron la ideología colonial a propósito de la oposición con Haití, logrando cierta acción hegemónica en cuanto a la pertinencia del anexionismo, identificado con el retorno a la colonia y la subordinación confusa de las ansias de autodeterminación respecto al repudio a la pretensión de los gobernantes haitianos por anular la independencia dominicana.

Antonio Delmonte y Tejada (1783-1861)

En esas condiciones de desmantelamiento de las instituciones coloniales y de migración de la porción mayoritaria de la antigua clase esclavista, no es casual que el avance del fenómeno nacional sólo pudiese ser objeto de una elaboración de vastos alcances por uno de los tantos emigrados. Antonio Delmonte y Tejada, quien había pertenecido a una de las familias más prestantes de Santiago.

Establecido en Cuba, siguió los acontecimientos en el país natal, pero se benefició del florecimiento de la cultura criolla cubana, por lo que resalta su sólida formación, expresada en la densidad filosófica de su consideración de la historia. Aunque rechazó los sistemas filosóficos de la historia de la ilustración, se propuso determinar lo que

calificaba de verdad a partir de un cuadro global equivalente al concepto de civilización de Voltaire. Así, la obra historiográfica vendría a ser un monumento de la gloria de un pueblo. Le interesaban los progresos políticos y morales de la comunidad, los cuales deberían ser recogidos por los historiadores. Por otra parte, creía en la neutralidad de los hechos, por lo que consideraba necesario presentarlos en su integridad a fin de que resultaran elocuentes en sí mismos.

Delmonte, ciertamente, se atuvo, en la medida en que le fue posible, a la tarea que se había propuesto. Por la carencia de materiales, tuvo que restringirse a reproducir la información contenida en los cronistas españoles, dedicando a los momentos iniciales de la conquista una desbalanceada atención; no pudo, por consiguiente, llenar sus expectativas de ponderar extensamente lo que calificaba como hechos morales, sino que se restringió sobre todo a una exposición política convencional. Estas limitaciones sólo se superan en el abordaje de las últimas décadas del siglo XVIII, en el tercer tomo de la obra, gracias al contacto vivencial y a la recolección de documentos reproducidos en el cuarto tomo.

En este historiador se infiere un sentido nacional por la delimitación de su obra al medio dominicano, aunque todavía con incongruencias, pues parte del supuesto de que la naturaleza de lo nacional está determinada por lo hispánico. Su patria no es otra que la de su clase y, por ello, sus reflexiones están embargadas de dramatismo, que sintetiza en el hecho de que en el momento de redacción de su texto (hacia la mitad de siglo), el país se hallaba envuelto en una “guerra de razas” con los haitianos, sin respaldo externo.

II. LA HISTORIOGRAFÍA LIBERAL

Con los avances del proceso formativo de la nación, expresados en la consolidación del estado dominicano, se entró en otra fase. La intención pragmática pasó a estar condicionada por la búsqueda de medios para afianzar la autonomía nacional y la libertad de los dominicanos, por lo que toda elaboración se concebía para contribuir a la expansión del ideal patriótico. El sistema político deseable pasó a ser, en consecuencia, el rasero de los juicios.

El marco ideológico en que se desenvolvieron en lo adelante los intelectuales fue el típico del liberalismo. A pesar de que se habían producido brotes de ideología liberal antes de la anexión a España de 1861, ya se vio que el grueso de la intelectualidad se mantuvo adscrito a  la cosmovisión conservadora que fundamentaba la razón de ser del colectivo en su pasado colonial. La guerra contra la dominación española, conocida como de Restauración, sirvió de referente para que la generalidad de los intelectuales se identificaran con las posturas liberales, no obstante su disociación respecto a la masa del pueblo.

Lo anterior explica la atención prestada al conocimiento histórico, aun cuando, salvo escasas excepciones, el prototipo de intelectual liberal no fuera un historiador profesional, sino, más bien, un ensayista que identificaba en la realidad local el punto de partida de sus propuestas. Al igual que antes, dependía de su conexión con el estado, siendo con el estado, siendo paradigmática su condición de jurista y funcionario. Por ello, la reflexión historiográfica siguió teniendo por horizonte casi exclusivo la materia del poder.

Todavía en las décadas de los años 60 y 70 la posición de la intelectualidad liberal era precaria. Buenaventura Báez, caudillo de los conservadores anexionistas, mantuvo un extraordinario liderazgo sobre la masa campesina hasta mediados de los años 70. Fue con el auge económico registrado después de 1875, plenamente visible desde el inicio de la década siguiente, que la generación emergente de intelectuales logró incidencia en el estado; ello se debió a que los perfiles del sistema político pasaron a ajustarse, así fuera formalmente, a los preceptos del liberalismo, produciéndose una articulación entre el incipiente desarrollo capitalista con instituciones políticas y patrones ideológicos. Esta relación es la que explica, justamente, la precariedad y el fracaso final del liberalismo, pues dependía, como opción de largo plazo, de un sólido desarrollo capitalista en condiciones de autodeterminación nacional. Con extraordinaria facilidad el liberalismo degeneró, en la figura de Ulises Heureaux,  en una nueva variante de despotismo. Al mismo tiempo, aprovechando las debilidades del capitalismo local, se fue tornando creciente la influencia de Estados Unidos. Desde 1905 el país fue reducido a una variante de protectorado, y entre 1916 y 1924 incluso se vio sumido en la sujeción colonial. La gravitación del imperialismo vino a ser el motor decisivo del capitalismo local, en asociación con moldes despóticos del estado, lo que pulverizó las expectativas de los intelectuales.

Por definición, el liberalismo implica una actitud optimista; pero entre los intelectuales dominicanos la indefinición de una perspectiva certera de realización nacional se tradujo en una tensión angustiante. A pesar de ello, no cejaron en la búsqueda de formas que hicieran factible vencer las adversidades. En gran medida, tal dilema explica la atención hacia la historia.

José Gabriel García (1834-1910)

La magnitud de la obra de este intelectual le ha hecho merecedor del calificativo de “padre de la historia dominicana”. García fue un típico funcionario de los primeros gobiernos liberales, que optó luego por abandonar la política activa a fin de dedicarse a la investigación histórica. Desde joven comenzó a reunir fuentes documentales dispersas, en una época en que no existían archivos organizados; el solo hecho de que formara un amplio archivo constituyó una tarea relevante que carecía de precedentes. Paralelamente, utilizando su posición y prestigio, se dedicó a inquirir sobre los hechos del pasado, obteniendo testimonios directos de actores protagónicos.

En García se concretó una calidad de síntesis que no tenía parangón desde las crónicas del siglo XVI. Logró un grado de conocimiento que sistematizaba etapas prolongadas. Sus focos de atención fueron absolutamente distintos a los de Delmonte, evidenciándose entre ellos situaciones existenciales y enmarcamientos ideológicos dispares. A García le resultaba bastante indiferente el pasado colonial, aun cuando cumpliera con el requisito de repasarlo de manera más bien somera. Precisamente, la fuerza de su obra radica en que se centró en su época y en la inmediatamente previa, no sólo porque le resultaba factible hacerlo desde el ángulo empírico, sino porque era en ellas donde se manifestaban las inquietudes patrióticas.

Esta concentración temporal es asimismo explicable por la asimilación de lo histórico a lo político. Hasta el estallido de la Revolución Haitiana no existieron en la colonia española tendencias en torno a opciones de poder. Al centrarse en la autodeterminación nacional, se entiende que sus principales escritos cobraran intensidad a partir de los acontecimientos ulteriores a 1789.

En la dilucidación de los hechos, proyectó su ideario nacionalista y democrático, por lo que procedió a juzgar las actuaciones de grupos e individuos en función de su adscripción al proyecto de la autodeterminación, condenado a los anexionistas y prestando atención a figuras, a su juicio, ejemplares en la lucha patriótica. Ahora bien, al armar una síntesis estrictamente política gravitante alrededor del poder estatal, no pudo acceder a la historia profunda del pueblo. Esto no tiene nada de raro, por lo demás, ya que era típico entre los intelectuales liberales la atribución exclusiva de protagonismo a las capas instruidas de la población. Su noción de pueblo no pasaba de una abstracción carente de concreción en la determinación de procesos. Y, al restringirse al ámbito de su medio social, le resultó imposible dar cuenta adecuada de hechos, particularmente cuando las acciones de sectores populares gravitaban sobre la centralidad del poder y no encajaban con su variante de nacionalismo del abismo, en algún momento de la obra llega a formular una condena general al pueblo dominicano, considerándolo incapacitado para identificarse con los dedicados a la consecución de su felicidad.

La incidencia de Eugenio María de Hostos (1839-1903)

Este sabio puertorriqueño se instaló en República Dominicana en 1879, aprovechando el ascenso al poder de sus amigos liberales comandados por Gregorio Luperón, e inmediatamente se le confió la dirección de la Escuela Normal. Desde el magisterio y la prensa, pasaría a gravitar sobre la intelectualidad, tornándose por antonomasia en “el Maestro”. Con la introducción del positivismo en los medios cultos confirió base teórica al liberalismo. La reforma educativa que promovió desterró la escolástica católica y tuvo efectos creativos en la vida cultural haciendo del espíritu científico la guía filosófica de la intelectualidad. Sus lecciones, recopiladas por sus alumnos dominicanos, renovaron procedimientos y temáticas del quehacer historiográfico.

A pesar de inspirarse en el organicismo de Spencer, lo superó al indicar que la historia ha tenido como sujeto al ser humano, implicando un sentido de historicidad. Además, si bien reconocía una coacción universal, vinculada a la naturaleza humana, la dotada de trascendencia con la idea del bien. Advertía una relación entre sociedad e individuo, aspecto de una teleología que debía conferir sentido a la intervención subjetiva y moralizante. Para él el ser humano tiene capacidad de incidencia en la marcha de los procesos, no obstante la coacción universal, estableciendo conexiones entre política y conocimiento de la historia.

En relación a esas ideas, sometió a cuestionamiento a la modalidad común de conocimiento histórico. La consideró restringida a la legalización de poderes perniciosos por medio de la exaltación de los déspotas, en nombre del progreso. Contrariamente, predicó que el estudio de la historia debe perseguir el conocimiento de los gérmenes en que se sustenta la moral, siendo su basamento la colectividad del pueblo, identificada como sujeto de la historia y del proceso de humanización. Así, cuestionaba el procedimiento narrativo, a fin de postular la intelección de leyes: la realidad social constituye un complejo orgánico que responde a leyes generales, que pueden ser racionalmente objeto de conocimiento.

Enunció, a ese respecto, un sistema de componentes sistemáticos atemporales, como sociabilidad, progreso y civilización, para subrayar la lucha del hombre; en consecuencia, caracterizó el proceso histórico como un escenario espantoso, plagado de confusiones, en pos del afianzamiento del bien. Esto último se acompaña por lo que califica de racionalización, categoría que utilizaba para definir su compleja posición respecto al capitalismo: lo aceptaba como necesidad, al tiempo que condenaba sus manifestaciones por no haberse acompañado de una contrapartida de moralización consciente.

Desde tal criterio general, concibió la misión del intelectual en función de la lucha contra las lacras provenientes del pasado. En el espacio antillano, esa misión consistiría en la superación de las formas de dependencia personal y el logro de la autodeterminación a través de un estado unificado de las tres islas hispánicas; respecto al capitalismo, avanzaba una propuesta alternativa que, al beneficiarse de las peculiaridades del proceso histórico americano, desechara los males del pauperismo visibles en Europa. La factibilidad de esta propuesta dependería de la moralización resultante del esfuerzo educativo y se articularía con ella.

Asignaba tareas prominentes a la historiografía en dicho programa. Aunque no rechazable la labor erudita del historiador, a Hostos no se le planteó ejercerla. Prefirió un género de ensayo histórico para afirmar criterios razonados. así, elaboró criterios novedosos sobre la historia dominicana, que resultaban de sus convicciones anticoloniales. Postuló una relación inversa entre el desarrollo de la nación y la gravitación española, destacando el papel activo del pueblo. De ahí que definiera la guerra de la Restauración de 1863 contra España como la verdadera acta de independencia dominicana. Enarbolando una visión científica, al tiempo que nacional y popular, reivindicó los efectos democráticos del influjo haitiano en la primera mitad de siglo. Esa postura del Maestro sólo en parte fue seguida por sus alumnos, en la medida en que identificaban a la madre patria con el arcaísmo que debía desterrarse; localizaban los principios del progreso en los países anglosajones, criterio con arraigados precedentes.

La historia sociológica: Pedro Francisco Bonó (1824-1906)

Desde fines de los años 50, este solitario pensador fue un político liberal orientado por la constitución de un estado federativo, como base de un ordenamiento democrático. Se preocupó por conjugar liberalismo y democracia social, posición que lo condujo a la ruptura con el liberalismo cuando, en los años 80, percibió que socialmente nada lo separaba del conservadurismo y que el desarrollo capitalista iba en perjuicio de las masas trabajadoras y colidía con la realización nacional.

Frente al capitalismo, propuso un sistema basado en la piedad cristiana y en la pequeña propiedad rústica. Con el ánimo de fundamentar su propuesta utópica, incursionó en los estudios históricos. Pero, al abordar los problemas centrales por medio de razonamientos sociológicos. Además de estudios histórico-sociológicos, redactó ensayos destinados a discutir problemas de actualidad. En sus preocupaciones temáticas se puede percibir el matiz diferenciador respecto a los liberales. En primer término, le preocupaba el pueblo,  visto desde las raíces, motivo por el cual no redactó textos articulados a la centralidad del poder estatal, sino a la vida de la masa humilde. Concibió la intelección del colectivo como pueblo a partir de sus raíces productivas.

Con mayor agudeza que Hostos procedió a revalorizar aspectos del proceso nacional que no podían ser advertidos por el sentido común o la práctica historiográfica narrativa. Se valió de una suerte de síntesis de historia económica, consustanciada con aspectos sociales y jurídicos.  No elaboró una síntesis de historia social, sino que se circunscribió a conceptualizaciones.

Partiendo de una condena de las instituciones coloniales ubicó en algunas de sus manifestaciones los orígenes de la estructuración original del colectivo nacional. Por ello, vio en la variante de propiedad colectiva de “terrenos comuneros” el germen del campesinado libre. En la misma tónica, encontró en la mediocridad del hato ganadero un resultado paradójico, en tanto que germen de integraciones culturales, mezclas y nivelaciones sociales. Para sustentar su propuesta democrática rastreó los orígenes de la agricultura de tabaco, puesto que veía en ella un componente de democracia social y recurso alternativo al capitalismo, concluyendo con que mientras el tabaco era “demócrata”, el cacao era “oligarca”. Lo que para los liberales constituía una rémora de atraso, en Bonó adquiría dimensión de originalidad bienhechora, que le permitía esbozar medios para evitar la extensión del proceso de proletarización.

Los discípulos de Hostos

Después de 1880,  la mayoría de los intelectuales se ubicaron, de una u otra forma, detrás de la sombra del Maestro, redactando algunos de ellos estudios históricos. Normalmente, los hostosianos tampoco hicieron historia con detalles narrativos, sino que se apegaron al estilo del Maestro de encontrar causas determinantes como medio conducente a la elaboración de propuestas; pero, al no disponer de la formación multilateral de aquél, acentuaron el carácter atemporal de las leyes históricas. Se acercaron al colectivo nacional percibiéndolo como sumatoria de componentes invariantes, de los cuales era imperativo despojarse a fin de ingresar en la senda del progreso. El modelo de civilización por el que propugnaban respondía al implantado en los países industrializados; y, al considerarlo extraño a los componentes dominicanos, razonaron que éstos estaban perneados de inferioridad. Tales lineamientos se observan se los más agudos exponentes de este género de ideas, como José Ramón López y Américo Lugo. Retornaron problemáticas teóricas para debatir los problemas, establecieron símiles entre el hombre y su entorno. Ponderaron las dificultades del liberalismo, y, aunque quedaron penetrados de dramatismo, nunca renunciaron a una final recomposición optimista.

López ganó fama de sociólogo riguroso gracias a sus dotes de razonar, como se evidencia en dos de sus obras principales. En la primera consideró que la causa sustantiva del atraso nacional radicaba en la secular deficiencia alimenticia de la masa campesina. Percibía un estado degenerado, pero no lo imputaba a la composición racial, sino a una causa histórica de larga duración, por lo que la calificación de pesimista que se le ha aplicado resulta incorrecta. Para la solución de los problemas elaboró una abundante producción ensayística, concediendo despliegue a temas como el fomento de la agricultura, el cooperativismo, el movimiento obrero y el socialismo. El capitalismo sólo lo veía como agente de progreso en la medida en que no se contrapusiese a la dignificación del colectivo. De ahí que alertara contra los excesos del industrialismo, concluyendo con que el aspecto fundamental del proceso civilizador debía ser espiritual.

El desarrollo de estas inquietudes se condensó en su segundo libro, en el cual el interés se desplazó a la búsqueda de medios para la superación del estado crónico de contiendas civiles. Partiendo de una conexión metodológica entre la vida psíquica y la personalidad del estado como resumen de la comunidad nacional, recorrió la evolución de esta última, advirtiendo deficiencias en las formas de gobierno y en el sistema educativo que, a su vez, expresaban la propensión individualista de la población dominicana como el origen sempiterno  de los males. Percibía el conglomerado compuesto exclusivamente de entes aislados, carentes de experiencias colectivas. Concluyó estas disquisiciones con la sugerencia de un gobierno de notables, convencido de que la corriente entre redentorista únicamente se haría realizable si venía “desde arriba”.

En la misma época que López, Américo Lugo formulaba la propuesta de un gobierno de la minoría ilustrada como corolario de su revisión conceptual de la historia nacional en su tesis de doctorado. Plasmaba en ese escrito perspectivas positivistas que lo llevaron a inhabilitar al pueblo como sujeto activo por su composición racial, dada la mezcla de tres pretendidas razas inferiores. La percepción de Lugo sobre la realidad nacional no podía ser más desgarrada y contrastaba con el supuesto liberal de efecto automático a partir de la implantación del régimen político adecuado. El mentís lo llevó  a descreer del valor moral del pueblo, al cual le resultaba extraño el ideal de civilización. Este sólo podría ser inoculado por medio de un esfuerzo educativo de la élite que lo llevara a tomar conciencia de identidad y al ejercicio de una política pública, fundamento del surgimiento de la nación.

Este objetivo puede hacer inteligible el giro que efectuó en ocasión de la intervención militar norteamericana de 1916. Declaró, de inmediato, que se incorporaba a la lucha “en favor de España”. Lo hispánico pasaba a ser el cemento cohesionante de la nación, su sustancia final, y, en lo inmediato, medio de contraposición cultural y moral respecto al imperialismo. No es casual que fuera la figura más activa de la Unión Nacional Dominicana –agrupación que dirigió la lucha contra el ocupante-, y que luego presidiera el Partido Nacionalista. Se comprende, así, que el hispanismo de Lugo, lejos de ser conservador como lo pretendiera tendenciosamente. Manuel A. Peña Batlle, externara un contenido nacional-popular y democrático. Rompía con el dogma  cientificista de la noción de progreso, aunque sin desechar el liberalismo. Le interesaba fundamentar un ethos nacional, forjado en base a la excepcional integración resultante de la zapata cultural hispana.

Esta síntesis sumaria la debió elaborar como resultado de sus investigaciones en el Archivo General de Indias. Lugo fue el primer dominicano que se familiarizó con las fuentes de la historia colonial, concentrándose en el siglo XVI. Mucho tiempo después, elaboró un tratado dedicado al período 1556-1608. Aunque reiterara formulaciones de principios y buscara establecer líneas en torno a aparatos institucionales, en este texto –principal desde el punto de vista historiográfico- no superó una forma convencional de narrativa centrada en hechos políticos, vistos a través de una cronología bastante elemental.

Otras manifestaciones

A pesar del influjo conceptual del positivismo, también se siguió redactando historia narrativa, aunque sin aportes empíricos significativos. Igualmente, por esos años comenzó la edición de fuentes provenientes de España; las primeras se sacaron de los manuscritos de Lugo, editándose en revistas como La Cuna de América. En la segunda mitad de los años 20 Máximo Coiscou visitó el Archivo General de Indias (AGI), dando lugar a cinco tomos de documentos. En las revistas de los círculos culturales proliferan estudios históricos breves, de autores como Emiliano Tejera, Apolinar Tejera, Lugo, los hermanos Henríquez Carvajal, fray Cipriano de Utrera y Enrique Apolinar Henríquez. Otra novedad fue la elaboración de libros de texto para escolares; el más influyente de todos terminó siendo el de Bernardo Pichardo, sin conexión alguna con las preocupaciones de los positivistas, pues avalaba milagros y mitos conservadores.

En los años finales del período se iniciaron estudios propiamente académicos de extranjeros, perneados por el avance arrollador de Estados Unidos, a través del mecanismo del control aduanero. El texto de mayor nivel fue el redactado por Melvin Knight, dentro de una colección dedicada a las intervenciones militares y penetraciones económicas de Estados Unidos en América Latina; desentraña los procedimientos de sojuzgamiento, rastreando la deuda externa, el protectorado aduanero, las medidas de los marines en el gobierno desde 1916 y el latifundio azucarero.

Otro norteamericano que emprendió una ambiciosa síntesis fue Sumner Welles, abordando el proceso político desde la proclamación de la independencia de 1844 hasta la ocupación militar; en este último episodio le tocó ser representante de su gobierno para la negociación de las condiciones de la desocupación. Welles se benefició de su condición de alto funcionario de Washington para tener acceso a la documentación del Departamento de Estado; tuvo acceso, además, a porciones de las correspondencias de diplomáticos de España, Francia e Inglaterra durante la segunda mitad del siglo XIX. Desde ese ángulo, su obra vino a ser la de mayor cobertura erudita entre todas las síntesis generales que se hubieran realizado hasta entonces. No obstante, carece de aparato crítico, lo que toma muy discutibles muchas de sus aseveraciones sobre hechos. Más problemáticas resultan sus conclusiones: debajo de un pretendido amor al pueblo dominicano, trasluce su cosmovisión racista y etnocéntrica. En todo caso, crítica los intentos colonialistas como medio de cuestionar la anterior impronta europea, ajustándose a las perspectivas de procedimientos modernizados de la dominación del estado que representaba.

III. LA ETAPA TRUJILLISTA

El régimen tiránico presidido por Rafael L. Trujillo, resultante de los precedentes institucionales dejados por la intervención militar norteamericana y la coyuntura económica depresiva posterior a octubre de 1929, ejerció una incidencia tan aplastante en todos los aspectos de la vida social que le corresponde una etapa del desarrollo de la historiografía. Durante sus 31 años de duración el capitalismo conocería su máxima expansión en la historia dominicana, aupado en la utilización directa del poder estatal para la acumulación de capitales personificada en el mismo gobernante. De ahí se derivó un requerimiento de control exhaustivo sobre todos los aspectos de la vida social, instrumentándose la producción cultural como recurso legitimador del poder.

dominicana. El típico intelectual se seguía integrando al estado como jurista en el desempeño de funciones públicas, e, igualmente, en cuanto historiador (no importa que fuese en condición de aficionado), pasaba a participar con su producción literaria en los términos del colectivo burocrático. Pocos fueron los que escaparon del constreñimiento y pudieron seguir produciendo textos con independencia del aparato estatal.

En sus líneas básicas, la filosofía trujillista de la historia dominicana partió de la contraposición entre un pasado desgraciado, plagado de tribulaciones, y un presente caracterizado por la plenitud de la realización nacional. En el pasado, las esencias nacionales se habrían mantenido en estado potencial no realizado, mientras que el surgimiento de la nación se convierte en acto gracias a las transformaciones operadas por Trujillo. En sí, el determinante despótico de dicha teoría se advierte en la máxima de que el pueblo se ha transformado en nación a través del surgimiento del estado; sobre la base de artificios retóricos, se aseguró que el estado dominicano no existía antes de 1930 por carecer del atributo de la soberanía.

Todo el proceso histórico fue dibujado a través de una teleología llamada a terminar en la reivindicación del colectivo gracias al advenimiento de Trujillo. El tirano venía a ser instrumento de la voluntad divina, habiendo sido elegido el pueblo dominicano para designios trascendentes en la afirmación del catolicismo y el combate al comunismo, teoría calificada de disolvente de la esencia nacional. Ese papel estaría dado por la atribución ontológica hispánica al colectivo. Su supervivencia estaría en función del éxito de enfrentar el peligro de la nación haitiana, representativa de lo salvaje y lo africano, cuyos dirigentes sempiternamente se habrían propuesto aniquilar la nación dominicana. La contraposición envolvía un juicio destructivo sobre la humanidad de los negros, al tiempo que se afirmaba el carácter “blanco y mestizo” de los dominicanos. La dramática disputa entre los dos pueblos de la isla no habría terminado y, en ese sentido, la misión decisiva de Trujillo consistía en desterrar los peligros de anulación del pueblo por la africanización proveniente del occidente de la isla. La superación del caos, de acuerdo a esta mitología, no fue sino un acto jerárquico del tirano impuesto al pueblo, despojado de protagonismo en aras de su destino.

Aparatos institucionales y temáticas del despotismo

Vista la trascendencia que se atribuía a estos postulados, así como la omnipresencia estatal en la vida social, se hace comprensible que se destinasen amplios recursos para las actividades historiográficas. La atención al pasado se reforzó como clave de conformación de la cultura nacional. Una de las más efectivas imposturas del tirano fue su mecenazgo de las actividades culturales, atención concebida, entre otros motivos, para el dominio despótico del pasado histórico, distorsionándolo. Las interpretaciones diferentes a la enarbolada por el estado fueron desechados o marginadas. Distintas instancias estatales fueron creadas a fin de que cumpliesen dicho cometido.

Un primer aspecto que llama la atención en las prácticas estatales fue la proliferación de biografías de Trujillo, apologéticas y vulgares por fuerza. También se emprendieron, con patrocinio estatal, síntesis generales del proceso histórico nacional, en las cuales el eje se colocaba en el período trujillista o en la propia figura del tirano.

No bastaba, empero, con producir las versiones convenientes, sino que se planteaban instancias de control de la verdad histórica. Tal papel le correspondió a la Academia Dominicana de la Historia, desde cierto momento facultaba por ley para que su veredicto en materiales controversiales no pudiera ser contradicho, mediando sanciones penales en caso de que así se hiciera. En algunos puntos sensibles, el régimen intervino para imponer un punto de vista. Fue el caso respecto a la reivindicación de Pedro Santana, jefe conservador y anexionista, execrado por los intelectuales liberales. Trujillo lo enalteció como modelo de militar duro y combatiente hispanista contra los haitianos. Duarte y los otros próceres liberales, si bien no pudieron ser condenados, perdieron categoría no sólo ante Santana, sino sobre todo ante Trujillo. Conscientes de los problemas que esto conllevaba, algunas de los académicos intentaron conciliar a próceres con traidores, en nombre de una visión trujillista desapasionada.  La Academia se tornó en el cenáculo de los historiadores del poder, fue dotada de recursos para ediciones, como la revista Clío, y para sostener una presencia dominante en la vida cultural.

A fines de los años 30, el régimen se propuso regularizar la conservación de la documentación antigua mediante la creación del Archivo General de la Nación. Junto a la Academia, el Archivo publicó una prestigiosa revista, especializada en la edición de fuentes. De igual manera, ambas instituciones editaron numerosos tomos de recopilaciones documentales, tanto coloniales como sobre el siglo XIX, especialmente hasta la guerra de la Restauración. Un punto destacado de la edición de fuentes fue la denominada Colección Trujillo, con motivo del Centenario de la Independencia Nacional

de 1844, donde se incluyeron volúmenes destinados a la correspondencia entre gobernadores de las dos colonias de la isla, a la historia financiera o a la historia de los cuerpos legislativos en el período posterior a la independencia. El colofón de tal tipo de esfuerzos vino a ser la Colección del  Aniversario de la Era de Trujillo, aunque en vez de fuentes en ella se incluyeron estudios dispares sobre la economía, la cultura, la política y las ejecutorias sectoriales del régimen.

En relación a las necesidades legitimadoras del régimen, éste impulsó estudios de cierto valor. Posiblemente, el tema más importante a ese respecto fue la historia de la cuestión financiera, dado que la presentación del tirano como nacionalista guardaba una importancia estratégica, lo que vendría a demostrarse al haber eliminado el protectorado financiero en 1940 y haber vuelto a emitir moneda nacional en 1947.

Dado que en función del rescate de la esencia hispánica se puso acento sobre el período colonial, el régimen envió misiones a los archivos españoles, sobresaliendo las de César Herrera y Marino Incháustegui.  Las fructíferas investigaciones de Fray Cipriano de Utrera también ofrecieron insumos para tales tareas, principalmente en recopilaciones de Emilio Rodríguez Demorizi.

Manuel Arturo Peña Batlle (1902-1954)

Este intelectual inicialmente fue un liberal nacionalista, pero, cuando se integró tardíamente al régimen, pretendió recónditamente quedar como heredero del tirano en el mando del estado, por lo que desplegó una agresiva virulencia en la exposición de su validación doctrinaria.

Gracias a su sólida formación jurídica y política, terminó como la representación por excelencia del intelectual del orden. Por esa razón su abundante producción historiográfica se encuentra penetrada de temáticas jurídicas. Mediante ellas, sobre todo, trataba de validar la necesidad y conveniencia del régimen de Trujillo. Fue él quien le dio los contornos finales a la filosofía despótica de la historia dominicana; y, aunque por lógica retomó temáticas y consignas elaboradas por los aparatos burocráticos, las extendió y enriqueció introduciendo matices personales que dieron por resultado que se desdibujaran las líneas divisorias entre la producción burocrática colectiva y su aporte individual.

Emprendió estudios históricos sobre temáticas variadas. No obstante, desde el momento en que se situó como vedette intelectual del estado, centró sus tareas alrededor de la contraposición nacional con el pueblo haitiano. Definió con agudeza la naturaleza del drama nacional, al ser mutilado el “tronco prístino” hispánico en la isla por los enemigos de España desde el siglo XVII. Este antagonismo es ubicado dentro de un trascendental debate universal de defensa del catolicismo. La atención que concedió a los orígenes de la vecina colonia quedó plasmada en otros textos, localizando sus antecedentes en las despoblaciones de los territorios occidentales a inicios del siglo XVII y en el subsecuente establecimiento en ellos de los bucaneros y piratas.

En sus investigaciones, Peña Batlle se cuidó de mantener el rigor intelectual y de aportar argumentos bien elaborados en aspectos históricos y jurídicos. De suerte que no se trató de una producción vulgar, como la de la gran mayoría de intelectuales trujillistas. En gran medida, su obra puede leerse con independencia relativa respecto a requerimientos puntuales del régimen, constituyendo más bien una validación genérica del despotismo y del racismo. De ahí que muchos de sus argumentos tuviesen un carácter en apariencia nacionalista y hasta modernizante, como el relacionado a la guerrilla del cacique Enriquillo: postuló la rendición del guerrero en base a un supuesto “tratado de paz” con el emperador Carlos I, con el subrepticio propósito, explicitado en otros textos, de indicar que, en realidad, Santo Domingo no fue una posesión colonial, ya que sus pobladores entraron a formar parte del imperio por un acto soberano y voluntario.

Su sentido reaccionario se manifestó en la diatriba contra Hostos. Procedió a condenar al Maestro como exponente de la, a su juicio, nefasta incidencia franco-haitiana, es decir revolucionaria, liberal y anti-española; la filosofía positivista era ponderada como la principal concreción de esa tradición en el medio dominicano, debiendo ser erradicada por resultar incompatible con su esencia “social”, hispánica y católica. En sus términos, positivismo equivalía a materialismo y por antonomasia a comunismo. Percibía que todavía gran parte del aparato educativo provenía de la prédica hostosiona, lo que requería alteraciones radicales a fin de hacer los cánones

educativos compatibles con la naturaleza del régimen. Con el furioso ataque contra Hostos, Peña Batlle pretendía descalificar toda expresión cultural democrática; esto era algo ajustado a la lógica del poder, el cual, aunque se presentaba como apegado a la tradición occidental, tenía que admitir facetas autoritarias como resultantes de las originalidades del medio.

Fray Cipriano de Utrera (1886-1958)

No todos los historiadores de los treinta y un años de Trujillo fueron instrumentos del poder. De diversas maneras, unos pocos escaparon a sus constreñimientos, mediante una marginación de la vida pública o el tratamiento de temáticas que no interfiriesen con los requisitos del estado. El más destacado de ellos fue el sacerdote de origen español Manuel Arjona Cañete, quien adoptó el nombre de fray Cipriano de Utrera, doctísimo especialista en la historia colonial dominicana, quien exhibió un dominio incomparable en las técnicas de la erudición.

Comenzó su vasta labor poco antes de la llegada de Trujillo al poder. Trató variadas temáticas de la historia colonial, como historia de la iglesia, de las universidades, la cuestión monetaria, las actividades militares (en relación a las sublevaciones de indios y negros, así como a los ataques piratas), etc. En todas ellas evidencia disponer de informaciones colosales, en base a permanencias prolongadas en los archivos españoles, constituyendo sus resultados hitos de la historiografía dominicana.

Utrera no editó fuentes en volúmenes por separado, sino que utilizó un procedimiento reiterado en sus obras más extensas: glosaba por adelantado los contenidos de los documentos, luego los sometía a operaciones de crítica histórica y en acápites aparte o en otra tipografía reproducía total o parcialmente los documentos. De tal manera, no se salía de lo que contenían los documentos, no interesándose normalmente alcanzar conclusiones generales.

Desde luego, este criterio no pasaba de ser un supuesto ideológico, ya que, en verdad, proyectaba sobre la historia sus convicciones políticas y morales, aun cuando las quisiese validar con lo indicado en los documentos. Utrera era un convencido conservador, y juzgaba desde tal óptica. Normalmente, no procedió a realizar apologías, sino más bien a criticar de acuerdo con sus intransigentes raseros morales. Esto lo llevaba a cabo mediante el procedimiento de la comprensión, introduciéndose en lo que trataba gracias a su exhaustiva familiarización con las fuentes.

Otros historiadores

Algunos escaparon a las compulsiones del régimen, aunque una parte de ellos ocuparan posiciones públicas más bien de menor jerarquía. En dado caso, alabaron a Trujillo como aspecto marginal en sus escritos, mientras otros poquísimos pudieron negarse a hacerlo de plano.

Los hermanos García Lluberes se distinguieron como los más remisos a toda colaboración con el régimen, ni siquiera ingresando a la Academia de la Historia. Pudieron emprender investigaciones sobre aspectos de crítica histórica, fundamentalmente relacionados a las luchas nacionales de mediados del siglo XIX, utilizando el acervo dejado por su padre, José Gabriel García. En especial, Alcides destacó la oposición radical de proyectos entre los liberales y conservadores decimonónicos, con lo que indirectamente entraba en conflicto con los preceptos del poder por postular una recuperación de principios progresistas. Más aún, exaltó la figura de Juan Pablo Duarte, destacando que algunos líderes liberales, como Francisco Sánchez, no guardaron fidelidad consistente a sus principios. Procedió, además, a criticar versiones aceptadas sobre la historia, a su juicio resultantes de la versión parcializada de Gregorio Luperón. Para él,  el verdadero adalid de la contienda fue el general Gaspar Polanco, opinión que muchos años después ha sido repetida sin que se consigne a García Lluberes.

Vetillo Alfau fue otro importante historiador, especializado hasta cierto punto en los mediados del siglo XIX, distinguiéndose por la amplitud de su erudición. Gran parte de su producción consistió en anotaciones de textos y en artículos entregados a la prensa diaria y a las revistas Clío y Boletín del Archivo General de la Nación, todavía pendientes de ser recopilados.

Un historiador notable fue Rufino Martínez, aunque toda la vida se mantuvo en posición marginada. Se especializó en biografías de personajes señeros de la segunda mitad del siglo XIX. Realizó penetrantes incursiones en la psicología individual, al tiempo que perseguía definir atributos del colectivo nacional o de porciones del mismo. Hasta hoy es el máximo representante de la biografía en la historiografía dominicana y de una variante relativamente poco elaborada de psicohistoria. Considerada válidas, en particular, las explicaciones de procesos a partir de características psicológicas. Se nutrió del conocimiento directo de los entornos de los biografiados, dando muestra de especial erudición. Durante largos años se dedicó, en secreto, a confeccionar una apasionada biografía de Trujillo, mientras éste vivía. En la última parte de su vida reunió, en un útil diccionario, multitud de semblanzas de personajes fallecidos.

En el período trujillista dos historiadores retomaron la idea de una síntesis global de la historia nacional. El primero fue Gustavo Mejía Ricart, quien lo hizo al margen de los aparatos oficiales. Su voluminosa obra, en realidad, no aportó nada nuevo, ya que su mayor mérito consistió en una amplia reproducción, en notas, de documentos ya conocidos. De todas maneras, se evidenciaba el esfuerzo por una amplia síntesis, que quedó inconclusa en la segunda década del siglo XIX. El otro fue Ramón Marrero Aristy, alto funcionario del régimen, especializado en cuestiones laborales y dotadas de una formación sociológica En su amplia síntesis, empero, junto a atisbos de interpretación social y penetrantes juicios generales, presenta una narración convencional de hechos políticos, sin fundamentación erudita, que le resta originalidad.

Historiografía del exilio

Los únicos enfoques razonables, relativos a tiempos recientes, que se pudieron editar durante los 31 años de dictadura, fueron los realizados por intelectuales que tomaron el rumbo del exilio. En la medida en que, por urgencias políticas, se dedicaron a examinar la situación vigente, se fundamentaron en informaciones orales, la prensa diaria y las informaciones estadísticas oficiales. En realidad no les interesaba hacer una historia diacrónica del período, sino desentrañar sus claves interpretativas. Para los intelectuales en el exilio era decisivo descubrir las razones del surgimiento del régimen y su prolongada fortaleza.

Posiblemente, a consecuencia de criterios generales sobre el funcionamiento de la sociedad, la mayoría de los autores tendió a percibir el ordenamiento de la sociedad, la mayoría de los autores tendió a percibir el ordenamiento dictatorial como una proyección de la personalidad del tirano. Aun aquellos que se orientaron fugazmente por la teoría marxista, creyeron encontrar en la psicología de Trujillo el demiurgo del período. Paralelamente, la generalidad de autores persiguieron definir los rasgos originales de la dominación, describiendo los mecanismos de control represivo y de acumulación de riquezas que practicaba el tirano.

Como es natural, dichos análisis estaban matizados por percepciones apasionadas, por lo cual no tomaban distancias para sopesar aspectos de la lógica del sistema político imperante. Esta restricción fue superada, en 1959, en el brillante estudio del joven José R. Cordero Michel, quien aplicó determinaciones del materialismo histórico. Contrariamente a otras opiniones, admitió la modernización capitalista como característica decisiva de la era de Trujillo.

Además de  la evaluación del contenido económico de la dictadura, a otros autores marxistas les interesó discutir los términos de sus relaciones con los Estados Unidos. Normalmente, se puso el énfasis en la dependencia del régimen respecto a las conveniencias de Washington, cuestión que también revalorizó Cordero Michel al evaluar la determinación de la dictadura en obtener espacios crecientes de autonomía.

IV. TENDENCIAS RECIENTES

El ajusticiamiento de Trujillo, en 1961, dio lugar a variaciones sustanciales en el sistema político. Aunque el estado dominicano ha seguido regido por normas autoritarias, se han ido abriendo espacios democráticos. Los sectores políticos y sociales han tenido los medios para exponer sus propuestas acerca de ordenamientos deseables. Inicialmente, se confrontaron la opción de un esquema oligárquico y la de una democracia socialmente progresista. En el ámbito de los intelectuales, el debate se centró en torno al dilema entre capitalismo o socialismo. El protagonismo a favor de esta última opción correspondió a la generación juvenil urbana, impregnada del paradigma cubano.

La culminación de estas disyuntivas fue la revolución de abril de 1965, en que los sectores democráticos y de izquierda derrocaron el grupo que detentaba el poder a consecuencia de un golpe de estado. De una asonada de cuarteles, el movimiento giró rápidamente a una insurrección popular. Este hecho provocó que Estados Unidos interviniera comunista, e impusiera un estable orden contrarrevolucionario que propició el desarrollo capitalista en base a parámetros modernizantes. Cumplido el  designio de estabilización, el sistema político, entró, en la segunda mitad de los años 70, en una fase de democratización restringida. Los términos de los debates conocieron variaciones en razón de la ampliación del bloque gobernante gracias a la promoción de la clase media y movilidades de cortes políticas.

En los referidos contextos, la producción historiográfica quedó marcada por las urgencias de responder a los retos sobre cuestiones de desarrollo. Los trujillistas fueron sustituidos por jóvenes, que desecharon los paradigmas hasta entonces prevalecientes como medio de acceder a conclusiones opuestas. En amplia medida, la producción historiográfica post-trujillista ha estado condicionada por las premisas del materialismo histórico y es lo que le confiere especificidad. La historia nacional ha sido terreno privilegiado para la fundamentación de la crítica política y cultural y la enunciación de proyectos alternativos. Para que tales preocupaciones pudieran plasmarse en el terreno académico, constituyó una premisa que la Universidad Autónoma de Santo Domingo atravesara una renovación democrática tras el desalojo de los profesores de procedencia trujillista, quienes habían tramado la exclusión por definición de marxistas. El impacto de las nuevas normas de hacer historia se puede apreciar a través la expansión del número de universitarios.

Surgimiento de la historiografía marxista

La historiografía marxista surgió como parte del impacto causado por la revolución de abril de 1965. Tenía escasísimos precedentes, como el ya indicado de José Ramón Cordero Michel. En sus fundamentos, los historiadores adscritos a ese paradigma se propusieron revisar las propuestas dejadas por los autores tradicionales.

El énfasis metodológico para el tal fin estribó en el reclamo de una práctica científica, en contraste con las carencias de métodos adecuados y las prácticas de mixtificación. Ahora bien, al margen de los avances indiscutibles logrados en terrenos metodológicos y de desmitificación político-cultural, no se registró aporte a la erudición. En este punto se localiza la mayor debilidad de las empresas de historia social, que superan la descripción, sea de índole narrativa o institucional. De hecho, durante la primera fase la historiografía marxista se atuvo básicamente a los materiales documentales editados por documentalistas tradicionales e incluso a las informaciones contenidas en síntesis del estilo.

Durante los primeros años, los marxistas dedicaron especial atención a los problemas relacionados con la constitución del conglomerado nacional. De ahí que se centraran en el período colonial, aunque publicaran ocasionalmente escritos referentes al siglo XIX. El período colonial, ciertamente, permitía abordar el problema de la constitución étnico-nacional del pueblo. En particular, se rechazó que la nación dominicana no fuese sino la continuidad de lo hispánico; las explicaciones alternativas quedaron matizadas por el realce del aporte africano y la determinación de los mecanismos originales del fenómeno nacional. Desde el exilio, el poeta Pedro Mir había incursionado en la síntesis del período colonial por medio del estudio de tres movimientos sociales tempranos. Se observa en dicho autor la existencia de la variante soviética de marxismo, sentido literario y tentativas de análisis originales basadas en la intuición sobre las peculiaridades de la historia local. A fines de los años 60, redactó un estudio sobre la vinculación del contrabando y la piratería en la isla y en el Caribe con la génesis del capitalismo. Su obra más acabada ha sido una suerte de síntesis general de la historia del pueblo dominicano. Procede en ella aclarar problemas de periodización, desarrollando la tesis de que el parteaguas neurálgico de la historia nacional fue la despoblación de las zonas occidentales en 1605 y 1606. Sometió a crítica las versiones de autores tradicionales, no importa que se adscribieran al liberalismo, como José G. García, así como de los documentos publicados por Rodríguez Demorizi; esto se insertó en la evaluación de las luchas nacionales y sociales de inicios del siglo XIX, concluyendo con el impacto de la revolución haitiana en la emergencia de un sujeto popular anti-colonial.

El tratamiento de estos procesos ya había sido iniciado por Emilio Cordero Michel. En un estudio dirigido a revaluar la influencia de la revolución haitiana explora las nuevas fuerzas clasistas y el despertar de la conciencia nacional entre ellas. Enuncia, al respecto, la tesis de que los sectores mercantiles urbanos y agrarios, que aparecieron a consecuencia de la decadencia de las relaciones económicas coloniales, fueron los portadores de la conciencia nacional. Arremete, por ello, contra el mito de las consecuencias de las emigraciones de “la flor de las familias”, entre fines del siglo XVIII e inicios del XIX.

Cordero Michel, por otra parte, redactó notas de clases, participando, así, de una preocupación didáctica bastante extendida en el período. Otros textos de ese género en los destellos de la historiografía marxista fueron los de Hugo Tolentino y Francisco Alberto Henríquez. Henríquez polemizó contra Cordero Michel y otros autores al cuestionar la valoración acordada a la revolución haitiana. Más adelante, con orientaciones diversas, se confeccionaron otros textos para la educación secundaria y universitaria.  La atención al componente africano en la población dominicana fue también parte de los escritos de Franklin Franco, quien vio en las luchas de los sectores subalternos la génesis del conglomerado nacional. Ya antes, había redactado un estudio sobre la revolución de 1965 y, posteriormente, incursionaría en tópicos sobre las ideas, con el objetivo de impugnar las matrices del trujillismo, junto a interpretaciones recientes sobre el mismo. En torno a la historia de las ideas, desde antes, Francisco A. Avelino había realizado una excelente síntesis –la mejor hasta hoy-, en la que combinó determinaciones socio-históricas y las visiones de intelectuales connotados acerca de la nación y la política.

Hugo Tolentino incursionó en los fundamentos sociales e ideológicos de la cuestión racial. Estudió los mecanismos de integración de los tres conglomerados demográficos, aunque con énfasis en las manifestaciones culturales. Para él, es en torno a las realidades inéditas del medio colonial inicial que brotaron las justificaciones doctrinales del racismo. Otro foco de atención de Tolentino ha sido la evaluación de personajes del siglo XIX, insertándose en viejas polémicas. Tras un cuestionamiento de Pedro Santana, el conservador primer presidente del país, redactó una biografía del liberal Gregorio Luperón, con el propósito de presentarlo como paradigma vigente de ideas y acción.

Juan Isidro Jimenes Grullón (1904-1983) y Juan Bosch (1909-)

Ambos intelectuales habían sido dirigentes del exilio antitrujillistas. Sus propuestas interpretativas sobre la historia dominicana cobraron nuevos matices después que se radicalizaron a partir de la revolución de abril de 1965, retomando el marxismo. Se constituyeron en pilares de alternativas que traspasaban los linderos académicos. Entre ambos se dio una suerte de compás divergente, ya que constantemente se enfrentaron alrededor de disquisiciones teóricas y políticas. Mientras las propuestas de Bosch conducían a reafirmar un capitalismo progresista, los estudios históricos de Jimenes Grullón lo llevaron a validar el socialismo.

Jimenes Grullón concluyó su extensa producción con una síntesis del proceso político posterior a la proclamación de la independencia nacional. En esta obra monumental sistematizó sus teorías sobre la historia dominicana. Se planteó conectar metodológicamente las lógicas de los modos de producción y las actuaciones de los agentes. Ubicó dos grandes modos de producción en los períodos bajo estudio: el colonial y el capitalista, cada uno de los cuales asumía variantes y podía interrelacionarse con el otro. En la determinación de agentes se guió por el peso de dichas relaciones de producción, identificando como clases fundamentales al proletariado y la burguesía. Cierto que más allá de ese nivel reductivo, en el análisis particular de procesos y situaciones, enriqueció tal perspectiva. Aunque no hizo trabajo de archivo, revisó de manera exhaustiva la bibliografía y parte de la prensa.

La teoría de Bosch sobre la historia dominicana comenzó a cobrar perfiles con la elaboración de una síntesis general a fines de los años , que, a pesar del mérito que tuvo en su época, se basaba en la consulta de una bibliografía en extremo sucinta. En esa obra no se plantea formular presupuestos sobre la lógica de reproducción de las estructuras, sino que se aboca a definir los agentes sociales. En el período colonial encuentra que, pasado un fugaz dominio de la aristocracia esclavista, la posición decisiva la ocuparon los hateros. Estos habrían sido combatidos por la pequeña burguesía, clase surgida en el siglo XIX. Hasta la guerra de la Restauración la clave de la historia nacional habría estado en la confrontación entre hateros y pequeño-burgueses. Desde mediados de siglo, la pequeña burguesía, a su vez, entró en un proceso de fragmentación en capas, identificado en las décadas siguientes la centralidad de la política en las pugnas entre baja y alta pequeña burguesía.

De acuerdo a esa versión, desde la segunda mitad del siglo XIX, no habría existido la lucha de clases, sino de estratos de una misma clase, aproximándose a las concepciones funcionalistas. A pesar de proclamar su teoría como basada en el marxismo, Bosch ha negado la existencia de una burguesía y un proletariado hasta los tiempos actuales, aunque haya introducido modificaciones, explicables por circunstancias en el sistema de partidos políticos. En Composición social redujo la clase dominante posterior a Trujillo a una “oligarquía”, concepto que, en propiedad, no designa a una clase sino a un tipo de grupo de poder. Esta asimilación forma parte de una visión en que la realidad histórica es tendencialmente reducida a la política. Por ella, la masa trabajadora siguió conceptualizada dentro de la pequeña burguesía, sólo que mediante afinamientos que añadían estratificaciones. Al margen de dificultades empíricas, la propuesta boschiana está sustentada en un psicologismo que aparece desde sus primeros textos. Define los agentes no por su ubicación histórico-económica, como es propio de la teoría materialista, sino por sus ideas. Tal perspectiva está enlazada, además, con una vocación empirista que coloca la confianza, más que en la consulta de las fuentes, en una intuición resultante de la vivencia de situaciones y de la sensibilidad literaria. Esto da lugar a sesgos bruscos y oscilantes: en algunos de sus escritos llega a reconocer que existen burgueses y trabajadores desde el punto de vista económico, pero los inhabilita desde el punto de vista social. Pretendidamente, los trabajadores serían, sin excepción, ideológicamente, pequeños burgueses; y, en el mismo tenor, los pequeños burgueses serían burgueses.

En los medios económicamente dirigentes el gran problema que registra es la supuesta inexistencia de una “clase gobernante”. De tal manera, los protagonistas únicos de la historia nacional habrían seguido siendo los estratos de la pequeña burguesía; pero, además, es en torno a ellos que está el horizonte de lo visible, por la interiorización indiscutida de la ideología burguesa. En definitiva, las síntesis interpretativas de Bosch sobre la historia nacional y sus corolarios políticos han estado dirigidos a rebatir a los marxistas.

Ulteriores líneas de la producción marxista

Desde mediados de los años  apareció una temática novedosa entre los investigadores marxistas: el conocimiento de los procesos sociales y económicos de períodos recientes, básicamente desde las décadas finales del siglo XIX. El giro estuvo determinado por la preocupación de justificar una estrategia socialista, en torno a la definición de los modos de producción y al estudio de los aparatos económicos característicos de cada uno de ellos. Algunos de los autores, como Luis Gómez, concluyeron, contra la tesis de Bosch, que, en la medida en que el capitalismo era el modo de producción dominante, el programa socialista hallaba vigencia.

La problemática de los modos de producción quedó vinculada a la dependencia externa, en tanto que las clases sociales se definieron por las determinaciones de las relaciones de producción. Si bien se realizaron análisis socio-políticos, predominó al abordaje “estructural”; es decir, se identificaban agentes, e incluso se les podía someter a problematizaciones, pero casi siempre en forma teórica general. A diferencia de lo que emprendía Jimenes Grullón, la nueva generación marxista –con alguna excepción sobresaliente- no incursionó en los procesos políticos en forma detallada. El sesgo dominante de la investigación se dio alrededor de variables económicas, siendo los textos síntesis generales o particulares, en períodos más o menos largos, de historia económica.

Luis Gómez, por ejemplo, en la obra citada, se preocupó por conectar estructuras globales y coyunturas en base a series largas de variables estadísticas. Es estudios más particulares, la industria azucarera atrajo gran parte de los esfuerzos. Al respecto, a mediados de la década. Franc Báez y Wilfredo Lozano redactaron sus tesis que giraban sobre el azúcar. Para Báez, las coyunturas sucesivas que atravesó la plantación constituyen una suerte de quintaesencia de la historia global. Así pues, además de estudiar el desenvolvimiento del aparato azucarero, lo conecta con la generalidad de procesos económicos y políticos. Lozano centra su estudio en el período de la intervención militar norteamericana, por lo que, además de los aspectos económicos centrales, incursiona en problemas sociales y políticos del referido período, como el sentido de la acción de los gobernantes militares del imperio.

Otros aparatos económicos han sido sometidos a investigación, como lo hace Walter Cordero respecto al café, o, junto a José del Castillo, en una caracterización de la estructura económica a inicios del presente siglo.

Retomando preocupaciones previas, el autor de este artículo redactó un estudio sobre la dictadura de Trujillo, donde se acentúan los impactos internos de la economía exportadora. Abordó el tratamiento del estado y de la ideología estatal, sin la inclusión de una narración socio-política. Desde antes había procedido a discutir especificaciones del surgimiento del capitalismo, planteando la existencia de un modo de producción mercantil precapitalista, dominante en el siglo XIX. Las características de dicho sistema habrían incidido sobre los ulteriores desarrollos del capitalismo, al haberse prolongado una articulación entre los dos modos de producción. De estos planos estructurales se ha desplazado en los últimos años a los movimientos sociales.

Dentro de la preocupación por la historia vista desde el presente, algunos autores se han dedicado a trabajar períodos y problemas todavía más cercanos, como el régimen de Joaquín Balaguer, entre 1966 y 1978.  Más allá de la recuperación de los procesos económico-sociales, se buscó definir las características del esquema de dominación, preocupación extendida en círculos políticos.

Otros autores han seguido dedicados a períodos alejados. Es el caso de Rubén Silié, quien realizó un estudio sobre la economía en el siglo XVIII, articulando las propuestas del materialismo histórico y de la escuela de los Annales. Esto le facilitó incursionar en problemas poco trabajados, como la cuestión monetaria y las inmigraciones, aunque quedara centrado en la dilucidación del carácter de la esclavitud, habida cuenta de la importancia estratégica que asigna a dicha relación social. Silié busca comprender la lógica de la sociedad en conexión con lo que califica de esclavitud feudal, expresión de la ausencia de la plantación y entroque con facetas del proceso global, como la producción ganadera y el mestizaje.

Una dirección más empírica ha adoptado Jaime Domínguez en sus estudios sobre el siglo XIX. En varios textos ha ido cumpliendo el cometido de revisar los procesos económicos y políticos posteriores a la independencia nacional. Domínguez  tiene el mérito de haberse dedicado a recuperar abundantes fuentes primarias. Esta labor le permitió profundizar en múltiples facetas de los períodos tratados y validar la narración sociopolítica, fundamentada por descripciones de instituciones económicas. Aunque opera de acuerdo al paradigma marxista, no pone el acento en determinaciones teóricas, sino en la intelección de las originalidades de los ordenamientos económicos y políticos.

Otras manifestaciones

Con posterioridad al desarrollo de la historiografía marxista, han hecho aparición autores que, en general, se han trazado el lineamiento de retomar preocupaciones metodológicas corrientes en el mundo occidental, aunque al margen de un paradigma teórico preciso. En su mayoría, pues, estos investigadores han desechado la  narrativa político-diplomático característica de las corrientes tradicionales, y se han abocado a la confección de síntesis en aspectos económicos y demográficos; algunos de ellos han procedido al análisis mientras otros se han restringido a planos fundamentalmente descriptivos.

El autor más conocido dentro de dicho espectro es Frank Moya Pons,  quien se especializó en el período colonial. Recopiló las fuentes editadas y lo contenido en tratados. Con el paso del tiempo, ha incursionado en aspectos sobre principios generales de la historia dominicana. Entre otras temáticas abordadas, ha cuestionado la pertinencia del análisis marxista, concluyendo con la propuesta de una modernización capitalista inserta en una dinámica de “norteamericanización”.

Ha sido común en una parte de los autores aludidos la preocupación por la aplicación de instrumentales técnicos y metodológicos. Entre otros, Roberto Marte ha descollado en ejercicios cuantitativos. Con estas técnicas y el uso del método comparativo emprendió un ambicioso tratado sobre Cuba y República Dominicana XIX.

En contraste con el énfasis en problemas económicos y demográficos, en los años más recientes algunos investigadores se han orientado hacia la recuperación de la historia política. Entre ellos se ha destacado Bernardo Vega, quien se ha especializado en el período de Trujillo y, con más dedicación, a las relaciones con Estados Unidos. Ha recatado facetas desconocidas de la historia política gracias a las investigaciones que ha emprendido en archivos norteamericanos y en el Palacio Nacional de Santo Domingo. Comenzó con la edición de documentos y ha ido estableciendo un patrón de síntesis, que ha tenido sus resultados más exitosos en el examen de las relaciones con Haití y la deuda externa.

Un último terreno a señalar es el de la cultura, en el que se destacan Ciriaco Landolfi y Fernando Pérez Memén. El primero realiza una vasta y fecunda síntesis desde la prisma de la producción cultural, en que destaca la originalidad del proceso local y recusa el aserto hispanista. El segundo se ha centrado en la historia de la iglesia.

Ecos, Año I, No. 1,  (1993)

 

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