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Dic 21
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Revolución de Abril 1965: Solidaridad en medio de la guerra

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A finales de 1978, cuando la zona centroamericana se convulsionaba por las tensiones políticas, el antiguo avión en que viajaba, impulsado por dos grandes hélices se deslizaba sobre las nubes que se estrellaban contra las montañas de Nicaragua, en las que el Frente Sandinista tenía sus bases guerrilleras. De repente, la nave se estremeció anunciando que el peligro estaba al acecho y varias monjas que viajaban en la pequeña aeronave comenzaron a rezar en voz alta. Nadie sabía qué pasaba y casi todos teníamos en las manos el frágil sándwiches de salmón que nos habían entregados hacía algunos minutos. En ese preciso instante comenzaba la historia real a que quiero hacer referencia y que recordé cuando leía el relato del soldado Joseph Casanova de la 82va. División  Aerotransportada de los Estados Unidos, quien estuvo en República Dominicana en 1965 y salvo de la muerte a varios combatientes constitucionalistas, a los que ahora desea conocer para cerrar ese bello y humanitario episodio de su vida.

Lo que me pasó aquella noche, está relacionado con lo que aconteció en Santo Domingo, durante la guerra civil de 1965 y mientras recuerdo todos los detalles, pienso que la forma en que Casanova salvo a los cuatro rebeldes dominicanos, también sucedió de forma contraria cuando dominicanos salvaron soldados de la fuerza de ocupación, y los recuerdos me llevan al avión en que me trasladaba a Costa Rica y que parecía ya no llegaría a su fin. Para mí, todo apuntaba a una tragedia, pero sin saber lo que estaba pasando el incidente me sumergía en la historia de la guerra civil dominicana.

Yo no fui combatiente. En Abril de 1965 había cumplido los 13 años de edad, pero viví intensamente aquella epopeya por la libertad.  Todavía recuerdo los helicópteros norteamericanos transportando sin cesar los vehículos blindados y los pertrechos de guerra, aquel 28 de abril de 1965. Llegaron las tropas de ocupación, impusieron el “corredor” que dividió a los combatientes revolucionarios y formaron la Fuerza Interamericana de Paz (FIP). Soldados de varios países latinoamericanos, entre ellos de Brasil, Nicaragua, Hondura y Costa Rica participaron en el conflicto cívico-militar, y aquel día de diciembre, trece años después yo me dirigía hacia Costa Rica, sin saber lo que me esperaba.

De Costa Rica, nación centroamericana amante de la paz, llegaron a la República Dominicana, como parte de la FIP, catorce soldados “Ticos”. Y aquel día de diciembre, más de una década después, me di cuenta de que la casualidad también tiene su espacio en la construcción de la historia y a veces se impone con rabia sobre el futuro de los hombres. La nave aterrizó en un ambiente de emergencia en el Aeropuerto Internacional, próximo a la capital de aquel país y en medio de un torrencial aguacero y de las medidas de las autoridades para controlar a los llegados, de repente me encontré con la situación de que estaba gravemente enfermo, pero vivo, aunque todavía asustado por los problemas que afectaron la nave en que me transportaba. La  ingesta del sándwiches de salmón me había intoxicado. Allí se inició el final de lo que un 15 de junio de 1965 comenzó en Santo Domingo en medio de las explosiones, los disparos y el vuelo rasante de los helicópteros y los aviones de la Fuerza Interamericana de Paz.

Ya convulsionado con el malestar de la intoxicación hice todos los trasmites migratorios y salí del edificio para buscar un taxis que me llevara a un hotel de la capital costarricense, pero no tuve tiempo de cumplir con ese propósito, sólo llegué a preguntarle a un señor que estaba cerca de la puerta de salida del edificio del aeropuerto, sí él era taxista, pues todo me comenzó a dar vuelta, sentía nausea y estaba claro que la situación se iba a empeorar. Mi quite la chaqueta en cuyos bolsillos se encontraban una importante cantidad de dinero y mi pasaporte.  Me despojé con prisa de la corbata y las acoteje sobre mi pequeña maleta y sin importar los riesgos me fui a recostar contra una pared del aeropuerto a vomitar sin límites. Sentía que me estaba muriendo y que ya nada me importaba, ni los documentos, ni los papeles y menos el equipaje. Estaba solo y enfermo en un país en el que no conocía absolutamente a nadie.

El taxista se acercó a mi cuando ya habían pasado unos cinco minutos que parecían todo el tiempo del mundo, mientras yo seguía convulsionando, con dolor de cabeza y evidentemente a punto de perder el conocimiento. Un poco tímido pero muy interesado me preguntó si me sentía bien y me dijo, como para que estuviera tranquilo, que iba a colocar mi equipaje en el baúl de su taxis, que si podía hacerlo. Con gesto de aprobación pero sin estar seguro de lo que hacía le dije que sí, que lo entrara y seguí estremecido por el malestar.

Regresó al lugar donde yo estaba, cerca de un anexo que se le construía al edificio del aeropuerto y me preguntó si yo era dominicano, a lo que contesté sin verle el rostro que sí, que yo era dominicano. Entonces me dijo, que tratara de calmarme, que no me preocupara, que cuando terminara mi problema él me llevaría a un hotel, que tomara todo el tiempo que fuera necesario para salir de mi situación, pues parecía que ya me estaba mejorando, pero de repente me comenzó un desesperante hipo; entonces escuché cuando susurró con preocupación: “Tendré que llevarlo al hospital”.

De todo modo, sentí que me aliviaba y fui tambaleándome hasta el señor que no dejaba de observarme discretamente, como a la espera de tener que actuar y prestarme su ayuda. Me llevó hasta su taxis y comenzó a correr por la vía que llevaba hacia la capital de Costa Rica. Sabiéndome enfermo, no habló mucho pero me preguntó a qué hotel íbamos;  le dije que a uno que no fuera muy costoso pero decente y limpio. Me dijo que conocía uno donde yo iba a estar seguro y en el que conocía a los empleados. Me preguntó además, si quería que me comprara algo que me aliviara. Le dije que si, que una “soda amarga”, lo que él entendió perfectamente, fue a un colmado y regresó con la soda.

Llegamos al Hotel Alameda, creo que en la 8va. Avenida, tomó mi pasaporte y se dirigió a la recepción, haciendo todos los trasmite para mi alojamiento, luego se quedó un buen rato hablando conmigo sobre la ciudad, sus peligros, sitios para visitar, comprar y conocer. Cuando dijo que se iba a seguir trabajando, me dijo que no le pagara, que luego el regresaría y hablaríamos de eso, lo que me pareció muy extraño.

Al otro día temprano, ya el taxista estaba en el hotel preguntando como me habían tratado, si estaba a gusto o quería irme a otro hotel. Le dije que no, que estaba bien allí. Recuerdo que sentado en el lobby del hotel se encontraba un funcionario muy importante del Estado dominicano, lo que me alegró sobremanera. Cuando el taxista decidió irse, tampoco quiso recibir el pago del servicio de la noche anterior y volvió a decirme que regresaría, que luego hablamos del pago, y el funcionario, aunque nunca habíamos hablado ni nos conocíamos, curioso me identificó como dominicano y de la universidad de Santo Domingo.

Por la mañana del día siguiente me llamó por teléfono y dijo que pasaría a buscarme para enseñarme los sitios de interés, pero que además quería hablar conmigo algunas cosas. Me invitó a una cerveza, y hablamos con soltura, pues ya me había restablecido del todo y sentía confianza de hablar con aquel señor que no llegaba todavía a los sesenta años de edad.

Sentado en una pequeña cafetería al aire libre, definitivamente se presentó:  “Yo soy—y   me dijo un nombre que desgraciadamente no recuerdo—uno  de los 14 soldados de Costa Rica que fuimos enviados a la República Dominicana durante la guerra civil de 1965 cumpliendo con una resolución de la Organización de Estados Americanos”.

“Desde que lo yo vi en el aeropuerto sabía que usted era dominicano y más cuando escuche su acento. Pero déjeme decirle porqué esa noche lo esperé y ahora estoy con usted, sintiéndome como un amigo y emocionado de la alegría”

Y siguió contándome sobre sus vivencias en Santo Domingo en medio de las batallas, las explosiones y el miedo. “Los días 15 y 16 de junio de 1965 yo fui de los que combatí contra los rebeldes y logramos avanzar muy adentro en la línea enemiga de los revolucionarios, pero esos rebeldes eran valientes y nos hicieron retroceder hasta los límites que dividían la zona constitucionalista de la parte de la ciudad que estaba controlada por la FIP. En la retirada yo no pude seguir avanzando y quedé solo y sin protección en la zona enemiga, además era buscado puerta por puerta por los rebeldes que detectaron mi presencia cuando los demás soldados norteamericanos se retiraron bajo el fuego enemigo.”

“Me sentí extraviado y acorralado, llegando a pensar que ese día perdería la vida. Me adentré por un callejón entre dos casas, creo que estaba en la zona de San Carlos, y escuche que una señora me llamaba suavemente. Ssssseñor venga por aquí, corra!!”. Era una señora dominicana que sabía del peligro que estaba corriendo en ese momento. Se escuchaban los disparos que no cesaban y yo sentía en la calle como los rebeldes corrían atacando a los soldados de la FIP. Aquello para mi fue terrible, pero allí estaba aquella señora dominicana ofreciéndome solidariamente la salvación y no perdí tiempo, entre por una puerta que llevaba hasta una segunda planta y allí permanecí por más de quince días protegido y sin ser descubierto por los rebeldes.

“Me alimentaron sin pedirme nada y no me delataron a los rebeldes, eso yo nunca lo voy a olvidar. Un día cuando ya la OEA negociaba con los rebeldes, pero a mi se me daba como una baja de la fuerza de ocupación, me vistieron con la mejor ropa que apareció en la casa y como mi perfil parecía dominicano, me llevaron hasta uno de los puestos de control que dividía las dos zonas y pude cruzar al lado que estaba dominado por las fuerzas de ocupación y los soldados del CEFA. Ese día, para mi, regresé definitivamente a la vida.”

Aprovechando que sorbió un trago de cerveza y que buscaba en el bolsillo de su camisa una cajetilla de cigarrillos, comencé a preguntarle sobre la familia que lo había salvado en Santo Domingo y creo que me dijo que era de apellido Brugal, pero no estoy seguro pues ya han pasado treinta años de aquel encuentro en San José de Costa Rica. En ese momento estaba agradecido de que aquella señora le salvara la vida al “Tico’ que acompañaba y que se había mostrado tan solidario conmigo cuando tuve necesidad.

Se mantuvo todo el tiempo que estuve en Costa Rica, buscándome y acompañándome a todos los lugares. El día de mi partida para Santo Domingo fue al hotel, pagó totalmente la cuenta del hotel, recogió mi equipaje y me llevó al aeropuerto internacional donde pagó de sus bolsillos los impuestos de salida. Recuerdo que parado frente al mostrador donde se pagaban los impuestos me dio el siguiente mensaje para la familia que lo salvo en aquellos días de la revolución de abril de 1965:  “Dígale que yo no he vuelto a saber de ellos desde aquel día que salí de la zona constitucionalista, que intente encontrarlos pero desde aquí se me hizo imposible saber su  paradero. Dígale que lo que ellos hicieron por mi, ahora yo lo estaba hacienda por usted,  que los recuerdos agradecido, pero como no conozco donde están para pagarle aquel favor, yo se lo estoy pagando a usted y aún así seguiré agradecido. Qué tenga buen viaje”, y me dio un fuerte abraso lleno de emoción. No voy a mentirle, pero de mis ojos brotaron las lágrimas y sentí que me estaba despidiendo de un hermano.

Llegué a Santo Domingo, hice mis averiguaciones sobre la familia referida por el tico, pero nadie supo decirme nada de ella. Algunos me comentaron que los que vivieron en esa zona y eran más o menos pudientes, habían emigrados hacia otras zonas de la ciudad capital. Por eso, treinta años después y motivado por la noticia del soldado de la 82ava. Compañía aerotransportada de los Estados Unidos, Joseph Casanova, ahora estoy cumpliendo con el encargo de aquel señor que me trató como amigo cuando lo necesité. El soldado Casanova salvo cuatro dominicanos que en medio de la guerra parecían contrarios. La señora dominicana salvo a un soldado de la FIP, sin importarle que también fuera contrario a los intereses de los dominicanos y este costarricense me salvo, quien sabe de qué calamidades. Si alguien está terminado de leer este escrito y tiene conocimiento o referencias de lo que estoy contando, por favor escríbame a Esta dirección electrónica esta protegida contra spam bots. Necesita activar JavaScript para visualizarla , para entregarle personalmente el mensaje enviado por aquel buen hombre que posiblemente ya haya fallecido.

 

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