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Roberto Cassá y "La Fiesta del Chivo" de Mario Vargas Llosa

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"LA APROXIMACIÓN DE MARIO VARGAS LLOSA A LA DICTADURA DE TRUJILLO"

(El presente ensayo escrito por el Dr. Roberto Cassá, se publicó originalmente en la revista Vetas,
Año 10; No. 65. mayo de 2003)

Nota de Vetas: Roberto Cassá ofrece en este artículo un análisis tan ponderado como evidentemente necesario. Autor no dado al vocinglerío nacionalista, hace aquí sin embargo la denuncia que corresponde al intelectual comprometido con la dignidad de su país, presentado por Mario Vargas Llosa como totalmente corroído. Con regocijo entregamos a los lectores de Vetas este valioso artículo sobre la comercial novela La fiesta del Chivo.
"La fiesta del Chivo, novela de Mario Vargas Llosa acerca del régimen de Rafael Leonidas Trujillo, dictador de República Dominicana entre 1930 y 1961, estaba llamada a generar controversias entre los escritores e intelectuales dominicanos. Su enfoque tenía que ser distinto al de cualesquiera otros analistas, por cuanto las apreciaciones de los dominicanos, casi inevitablemente, se refieren ante todo a las implicaciones históricas y políticas de la obra y casi nada a los aspectos literarios.  Por tal razón, la novela fue recibida con actitudes marcadamente dispares, entre quienes la condenaron de plano y quienes la exaltaron como monumento a la verdad histórica.

Aunque con escasa elaboración formal, antiguos servidores de Trujillo y políticos alineados en la derecha neo-trujillistas juzgaron la obra de manera muy desfavorable, considerando que ofrece informaciones falsas y desnaturaliza el sentido de la época.  Este tipo de juicios fue resumido por Ramón Font Bernard, quien la calificó como “alcantarilla de inmundicias”, por cuanto, a su juicio, Vargas Llosa se dedicó a destruir reputaciones. En sentido inverso, los no menos apasionados anti-trujillistas a menudo salieron en defensa de la obra, al considerarla un alegato contra la prolongada dictadura, que hace justicia a aquella época y en especial a los detestados cortesanos del régimen, como es uno de los argumentos esbozados por el historiador literario Pedro Conde.  Este advierte que su desacuerdo político con las posturas normales de Vargas Llosa no le impide apreciar el carácter de denuncia del “Chivo”.

Más allá de esta polarización, algunos historiadores formularon objeciones puntuales en cuanto a la fidelidad a hechos narrados con los nombres de los participantes.  Se debe advertir que estas objeciones, relativas a detalles de las acciones, se produjeron al margen de orientaciones políticas, ya que tanto trujillistas como antitrujillistas manifestaron ofensas o inconformidades con aspectos del relato, sobre todo cuando atañían a sus personas u otras relacionadas, aun fuese de manera indirecta.

En estas controversias se resumen las reacciones básicas que provocaron en la sociedad dominicana las páginas de La fiesta del Chivo. En términos generales, los alegatos están circunscritos a una perspectiva episódica de la denuncia del novelista sobre la dictadura de Trujillo, lo que explica el apasionamiento y las referencias a hechos. Los involucrados en estos juicios no siempre se preguntaron si, al margen de detalles, la obra lograba develar los mecanismos de funcionamiento de un orden autoritario extremo, como el de Trujillo, cuyas manifestaciones provocaron tanta fascinación en el novelista.

Para responder a esa pregunta se debe partir de la estructura de la obra. La fiesta del Chivo consta de tres secuencias de relatos: el de una dominicana residente en Estados Unidos, Urania Cabral, que retorna al país para terminar de afrontar su vieja relación dramática con la dictadura; la narración personal de Trujillo durante el último día de su vida; y el de los conspiradores que tuvieron éxito en liquidarlo en la noche del 30 de mayo. Mediante los planos superpuestos de los tres relatos, con sus correspondientes personajes y enfoques, Vargas Llosa pretende recrear una época, la cual resulta caracterizada alrededor de una serie de tesis, que va poniendo en boca de los personajes, especialmente de Urania Cabral.

Estos tres bloques no contienen homogeneidad, lo cual introduce problemas a la hora de caracterizar el género con que opera el novelista. Las remembranzas de Urania Cabral se adscriben plenamente a la ficción, propia del género novelesco convencional, ya que, pese a referirse a personajes concretos, como el mismo Trujillo en primer lugar, patentemente se construyen alrededor de hechos y personas inexistentes, o bien de otras cuyas identidades y acciones están procesadas por el novelista. En los otros dos bloques, en cambio, con escasas excepciones, entre las cuales cabe destacar parcialmente a los cortesanos de Trujillo, Vargas Llosa se refiere a personas existentes, identificadas con sus nombres y en referencia a acciones que llevaron a cabo. De tal manera, mientras la narración alrededor de Urania Cabral se adscribe a las convenciones de la novela realista, y hasta cierto punto a la novela histórica, las relativas a un plano distinto, identificado con el relato histórico novelado.

Vargas Llosa ha aclarado que él no ha pretendido historiar la época de Trujillo y que acude deliberadamente a las “mentiras conscientes”, argumento que le ha valido aprobación de algunos de los críticos literarios, tanto dominicanos como de otros países. Sin embargo, la estructura de los dos bloques históricos ofrece escaso margen de justificación a tal argumento, ya que no opera a través de la ficción, sino que, de manera continua, se refiere a circunstancias existentes en la realidad, al grado de que la novela puede incluso asimilarse a una especie de crónica, especialmente de las últimas horas de vida de Trujillo o de quienes le dieron muerte, como aparente recurso literario para retratar situaciones de opresión y degradación.

Estos planos literarios heterogéneos explican en gran parte los problemas que han sido objeto de consideración en la crítica dominicana. Esta no ha estado descaminada en lo relativo a centrar su atención en la narrativa de los detalles, por cuanto ese es el énfasis que le ha concedido el autor a la consideración de la época. Sin embargo, tal crítica generalmente se ha quedado en los detalles para evaluar la obra, con independencia de que lo hiciese de manera adversa o favorable. Para unos Trujillo habría sido el monstruo descrito, lo que vale aprobación; para otros la narrativa no acierta en describir al personaje, con independencia de que algún trujillista, como Font Bernard,  no negara que, efectivamente, Trujillo fue un perverso.

Una óptica distinta puede concluir que la obra contiene datos que retratan realidades ignominiosas acaecidas durante la dictadura, al tiempo que está plagada de inexactitudes y falsedades, susceptibles de ser catalogadas como tales a causa de la estructura narrativa aludida. Ahora bien, la reducción de la crítica a la presencia de descripciones ajustadas a los hechos y otras tergiversadoras impide considerar su capacidad de llenar un cometido alrededor de la recreación novelada de una época.

Se supone que con este libro el autor pretendió retratar el ambiente de la época, para caracterizar la dictadura como un sistema diabólico. En este plano, quien conoce algo de lo acontecido durante los 31 años de Trujillo capta que Vargas Llosa no aporta prácticamente ninguna información novedosa y ni siquiera elementos originales para su interpretación. Es lo que explica la observación de Frauke Gewccke de que la novela fue recibida en el público dominicano con curiosidad más no con interés.  La desconexión con el medio se delata con facilidad por medio del lenguaje. Vargas Llosa, en reiteradas entrevistas, ha expresado que realizó ingentes investigaciones para aprehender lo acontecido. Sin embargo, en el lenguaje coloquial no queda reflejada esta supuesta investigación, lo que encierra una carencia clave en relatos de novela histórica o historia novelada. Por una parte, pone en boca de los protagonistas, a menudo en forma recurrente, palabras y expresiones no usadas en el país, lo que tiene por contrapartida la ausencia de un vocabulario que retrate las  maneras de expresión y pensamiento entonces vigentes. En el repertorio de términos soeces, que parece dar la tónica de la búsqueda de un vocabulario vivo, la novela yerra, ya que la mayoría de ellos eran sencillamente desconocidos. El mismo título constituye un sinsentido, ya que Trujillo nunca fue llamado en vida El Chivo, término que pone Vargas Llosa en boca de algunos de los protagonistas. Parece que el escritor ni siquiera se enteró que el terminó Chivo se introdujo a través de un merengue —que él cita— para celebrar el magnicidio del 30 de mayo, en el que se alude a que, supuestamente, el tirano gimió — como un chivo— antes de que le dieran el tiro de gracia. Si hubiese tenido la mínima penetración a cómo se hablaba, sencillamente  habría puesto en boca de los protagonistas el término de Chapita —mencionado en otros contextos—, cuyo uso era tan elocuente que generaba furor en el tirano, por lo que resultaba en extremo peligroso.

Igual importancia tiene la ausencia de la recuperación del lenguaje del poder, cuestión clave dentro de los mecanismos de reproducción de la dictadura. Vargas Llosa se limita a referir justificaciones históricas que se esbozaban de manera corriente, pero lo hace de forma descontextualizada, por lo que no logra retrotraer la eficacia del discurso burocrático al que tanta atención prestaba el Trujillo presentado como un ser puramente primario.

Este desconocimiento, dentro de una historia novelada, evidencia que, en lo que tiene de concordancia con hechos, Vargas Llosa es tributario de unos pocos textos, lo que le ha valido acusaciones de plagio. La más señalada ha sido la del periodista neozelandés Bernard Diederich, antiguo corresponsal del New York Times, quien fue uno de los primeros extranjeros en cubrir la muerte de Trujillo y, años después, escribió un libro, cuyo título en inglés es The Death of  the Goat.  Diederich ha referido que el término Chivo en el título ofrece una pista suficiente de plagio. Con independencia de que Vargas Llosa transcribiera informaciones sin hacer referencia a la fuente, como es eventualmente válido en una obra de ficción, resulta fácilmente demostrable que su crónica de la acción de los conspiradores el día 30 de mayo está tomada, casi íntegramente, de ese autor. En cualquier caso, no cabe duda, como el mismo Vargas Llosa lo ha aceptado, que ha contraído una deuda con Diederich, pero a tal grado que no contiene nada nuevo, lo que no sería el caso si hubiese realizado la investigación histórica que ha reclamado. Más bien, lo que introduce es un plano controversial dentro de una crónica minuciosa, pues superpone afirmaciones y datos que se han revelado falsos, en aras de demostrar su tesis de que, para fines prácticos, los conjurados obraban movidos por el resentimiento personal. Es el caso, para sólo situar uno, de la versión de que el teniente Amado García Guerrero se vio forzado a asesinar a René Gil, hermano de la que había sido su novia, como evidencia de lealtad a Trujillo. El detalle puede parecer intrascendente, como tantos otros errores que pueden achacarse a Vargas Llosa, pero tiene importancia puesto que permite cuestionar el simplismo con que maneja la participación de García Guerrero.

A partir de estas carencias puede detectarse que el conocimiento alcanzado acerca de la época es a todas luces insuficiente, para no decir que de plano yerra en el objetivo. De la lectura de la novela se desprende que el autor se centró en la figura del dictador y en los trajines conspirativos que llevaron a su eliminación. No es objetable que a partir de ahí se pueda elaborar una obra literaria, pero en ningún caso caracterizar una época y un sistema, como de hecho constituye la pretensión de La fiesta del Chivo. Lo que se revela en las más de quinientas páginas es una pobre consideración del ambiente reinante y el desconocimiento de múltiples planos del proceso de la dictadura.

Desde ese sólo punto de vista, la novela constituye un acto fallido, si parte de las pretensiones literarias e históricas implícitamente enunciadas. No se trata de pedirle que hiciera una nueva historia sobre el período, similar o superior a las existentes, sino que, por medio de las libertades de ficción, pudiese replantear productivamente los mecanismos de funcionamiento de un sistema autoritario extremo. El novelista tuvo, ciertamente, motivos para sentirse intrigado por la perfección extrema de la opresión durante el reinado de Trujillo, a un grado casi único en el mundo moderno. Pero se queda en la consideración anecdótica de la figura de Trujillo, explícitamente afirmada como la génesis de la época, tesis por lo demás no nueva, puesto que ha estado presente en aproximaciones historiográficas acerca de la dictadura.  En verdad la personalidad de Trujillo ejerció un influjo avasallador sobre la vida dominicana, pero de su figura individualmente considerada no puede desprenderse una interpretación literaria consistente de la época, partiendo de que se está ante un género realista, básicamente de novela histórica.

La consideración de la época a través del tirano resulta doblemente fallida por cuanto ni siquiera se aproxima a lo que fueron sus rasgos sicológicos, suficientemente puestos de relieve en relatos, memorias e interpretaciones historiográficas que, de seguro, en su inmensa mayoría Vargas Llosa no revisó. Es cierto que él no tenía por qué haberse familiarizado con toda la literatura, pero sí con un mínimo que le permitiese afirmar una visión viva y una interpretación novedosa del personaje. Salomón Sanz, funcionario del régimen e interlocutor frecuente de Trujillo durante sus últimos tiempos, entre otros trujillistas o ex trujillistas que se han referido al texto, seguramente tenía sobrada razón cuando alegó que el Trujillo de Vargas Llosa no tiene nada que ver con el que él conoció en vida.

Esta falla en dar cuenta del personaje podría ser excusada en una novela con una estructura diferente a la ya señalada en La fiesta del Chivo. Más Vargas Llosa se refiere a un Trujillo de carne y hueso, vinculado a hechos consignados por la historiografía o por relatos aceptados. Este equívoco proviene de la consideración anecdótica a través de los rasgos del dictador. Puesto que el sistema es monstruoso, su demiurgo lo tiene que ser en mayor medida. No se trata, por supuesto, de exculpar a Trujillo, quien era capaz de cometer las atrocidades que Vargas Llosa le endilga y muchas otras peores. Mucho de lo que tiene el libro de denuncia sobre la personalidad psicótica puede ser en principio aceptado —aunque no contiene novedad alguna—, siempre y cuando se haga la salvedad de que ese aspecto arropa la personalidad de Trujillo de manera abusiva en la obra y, por ende, impide considerar la complejidad del personaje.

Para el autor, Trujillo no era sino el criminal nato imbuido de una sed de humillación  y crimen, lo que lo lleva a desarrollar una visión efectista,  puesto que no persigue un propósito reflexivo. El libro se conforma en una perspectiva tremendista, por cuanto la exageración, llevada al punto de lo grotesco, constituye su nota distintiva. De nuevo hay que insistir en que, en una obra con otra estructura narrativa, tal procedimiento hubiese sido válido, pero nunca en la historia novelada. Quien conozca un  mínimo la figura de Trujillo sabe que muchas de las reflexiones que le endilga Vargas Llosa resultan absolutamente ajenas a su personalidad. En la realidad de sus ejecutorias, el primitivo delirante trataba de integrar el crimen sistemático con la búsqueda de una función civilizadora, de donde se desprendía la búsqueda de una imagen de estadista respetable, radicalmente opuesta a la del audaz tíguere dominicano. El reconocimiento de la complejidad del sujeto no equivale a humanizarlo y menos a enaltecerlo, como pretende Conde en su evaluación favorable de  La fiesta del Chivo.

Falla, pues, el procedimiento de mostrar una época, que es llevada exclusivamente al punto de lo grotesco, carencia que se extiende al conjunto de la narración por medio de su principal protagonista. No cabe duda de que aquella dictadura constituyó un orden espantoso por su crueldad y la ausencia completa de libertades. Pero su caracterización a través de la nota ridícula no da cuenta de ella, con independencia de que Trujillo, ciertamente, contuviese planos grotescos en su personalidad y en su accionar. Contrariamente a lo expuesto por Vargas Llosa, la vida cotidiana de entonces no se percibió a través de lo ridículo, sino del pavor que deparaba la represión, sumada a la sensación de aplastamiento por efecto de las realizaciones materiales que pretendían hacer el orden inconmovible. Quedan por ello ausentes planos explicativos de cómo ese dominio tan extremo pudo ponerse en marcha y mantenerse indefinidamente.

Precisamente en lo anterior es que yacen algunas de las tesis más controversiales de la novela, ya que en ella el estado generalizado de humillación no es únicamente producto de la exteriorización de la sustancia del dictador, sino de la propia comunidad. La dictadura, a ojos de Vargas Llosa, no es sino hechura y responsabilidad del propio pueblo dominicano. De ahí que asevere un estado innato de perversión moral en la generalidad de los dominicanos, que no tiene más justificación que la fantasía de una mente decadente que encuentra en un tal Don Rigoberto su fórmula de expansión.

El relato alcanza lo inicuo cuando de hecho asevera que prácticamente todos los dominicanos fueron trujillistas y que, peor aun, lo fueron simplemente por sentirse partícipes de un estado generalizado de ignominia. Es cierto, claro está, que la dictadura conllevaba ignominia y, puntualmente vistas, muchas de las observaciones de Vargas Llosa no tienen nada que objetar. Pero resulta incalificable que, salvo excepciones de lugar, dominadas por un pretendido orden de anormalidad psíquica generalizada, las personas se regodearan en ese estado y lo ponderaran como atributo consustancial de sus identidades. En este punto, la novela yerra, puesto que no tomó en consideración el carácter de víctimas incluso de los propios cortesanos, que resultan vistos en bloque y de manera simplista como seres abyectos, gozosos de las humillaciones que recibían del tirano. Asimismo, falsifica y denigra cuando no reconoce motivaciones políticas y morales en la resistencia a la dictadura.

Un conocimiento mejor de los mecanismos de funcionamiento de la dictadura hubiera conllevado un tratamiento menos burdo de la relación de los burócratas con Trujillo. Si bien es indiscutible, como lo pone de relieve Vargas Llosa, que muchos de ellos ocupaban posiciones con una perspectiva ventajista, con el fin de gozar de la gracia del tirano, no menos cierto es que se vieron obligados a servir, fuera por compulsión directa o por el cúmulo de las circunstancias presentes en aquella sociedad. Al mismo tiempo, muchos experimentaban un malestar que formaba parte de sus identidades, en el que se articulaban miedo y sentimientos de culpabilidad. En ese carácter dual de la ubicación de gran parte de los burócratas radica una de las paradojas de un sistema de opresión extrema como el de Trujillo, que Vargas Llosa fue incapaz de develar. Tal vez pudo haber intuido el tema, pero no tenía por qué interesarle, ya que no resultaba concordante con la intención de caricaturizar. En tal sentido, resultan fallidos los prototipos literarios de los cortesanos que construye a través de Agustín Cabral y otros, en que toma rasgos de sujetos que obviamente le fueron descritos por informantes. Ninguno se ajusta a la complejidad de sus acciones, ni siquiera el único de ellos que al parecer conoció personalmente, Joaquín Balaguer, seguramente el más aproximado al sutil maquiavelismo que endilga a todos pero que disculpa a través de una imagen que lo lleva a aseverarlo ingenuamente como una incógnita.

Al respecto, no cabe duda que la relación de Trujillo con sus subordinados se llevaba a cabo a través de una preeminencia absoluta del primero, que comportaba un estado crónico de temor en los segundos. Vargas Llosa lo registra, pero exagera la nota cuando la lleva al plano generalizado de lo grotesco. Según la novela, Trujillo no pasaba de ser el tíguere machista, que se imponía sobre todos y abusaba generalizadamente de las esposas de todos. De tal manera, los que fueron casos relativamente limitados pasan a ser la regla demostrativa de una flagrante deformación de la vida dominicana bajo Trujillo.

Pareciera, a lo largo de la novela, que en la dictadura no había otra nota que la de la humillación personalizada, con lo que se elude aprehender aspectos variados de existencia en la época. A eso queda reducida la vida social, lo que constituye una simplificación que desciende al grado de la caricatura. Los rasgos cómicos de los cortesanos, como Henry Chirinos, el “Constitucionalista Beodo”, implicarían la inexistencia de un sistema político de dominio, puesto que sujetos de esa catadura resultarían inhábiles para asegurar la eficacia administrativa y la legitimación ideológica del orden.

El autor no consigue aproximarse a lo que eran los términos reales de las relaciones entre Trujillo y sus cortesanos y obvia la existencia de un esquema de funcionamiento burocrático eficiente. Lo que refiere como rasgos sicológicos de Trujillo, como la disciplina, queda como visión psicológica anecdótica. La perspectiva delata incapacidad interpretativa para dar cuenta de los planos funcionales de reproducción de la dictadura que trascendieran los rasgos sicológicos del tirano y las truculencias que de ellos se derivaban.

En especial la obra no logra aproximación alguna a cómo se llegó a un sistema de opresión tan extremo. El desconocimiento de la naturaleza de la sociedad de la época lo sustituye con fórmulas literarias acerca de la morbosa  responsabilidad de todos. Urania Cabral, principal intérprete de las tesis de Vargas Llosa, desde las primeras páginas manifiesta la cobardía generalizada como clave del estado de opresión. Por ejemplo, refiridiéndose a unas placas de exaltación de Trujillo, exclama íntimamente: “los miles de dominicanos que la compraron y colgaron en el lugar más visible de la casa, para que nadie fuera a dudar de su fidelidad al Jefe, y que, cuando el hechizo se trizó, quisieron borrar las pistas, avergonzados de lo que ella representaba: su cobardía”. (p.22). Lo de tal cobardía podría ser objeto de interminables disquisiciones, por la carga de relativismo que entraña la inculpación, pero la atribución de “hechizo” que la acompaña sencillamente evidencia el despiste del novelista.

Esta búsqueda causal desemboca en la atribución de un estado de cuasi-animalidad al pueblo dominicano, lo que se manifiesta en la cuestión del machismo como quintaesencia de la dictadura y, consiguientemente, del propio pueblo. Así contrasta, con la tónica vulgar característica, las miradas de los dominicanos con las ya menos bárbaras de los latinos en Estados Unidos, aproximados a la civilización: “En New York ya nadie mira a las mujeres con ese desparpajo. Midiéndola, sopesándola, calculando cuánta carne hay en cada una de sus tetas y muslos, cuántos vellos en su pubis y la curva exacta de sus nalgas… En New York, ya ni los latinos, dominicanos, colombianos, guatemaltecos, miran así. Han aprendido a reprimirse, entendido que no deben mirar a las mujeres como miran los perros a las perras, los caballos a las yeguas, los puercos a las puercas.” (p.23). El reverso de tal reino del instinto es un estado “prerracional”: “Caos animado, necesidad profunda de aturdirse para no pensar y acaso ni siquiera sentir, del que fue tu pueblo, Urania.  También, explosión de vida salvaje, indemne a las oleadas de modernización. Algo en los dominicanos se aferra a esa forma prerracional, mágica: ese apetito por el ruido”. (p.19).

Más allá de dicterios por el estilo, carentes de todo valor, como se ha indicado no hay indicios explicativos de por qué se instauró la férrea dictadura. No parece que pueda comprobarse el hiato que postula Pedro Conde entre el pensador político neoliberal y el novelista crítico. Por el contrario, lo que está en juego no es sino un tópico corriente de la ideología dominante, según el cual la barbarie premoderna no tiene otra procedencia que la del pueblo de alguna manera inferior, génesis de la dictadura al tiempo que antitesis de la única civilización.

El correlato de lo anterior estriba en una chatura ideológica. Las reflexiones de Urania Cabral arriba citadas constituyen suficiente indicio, por cuanto forman parte del nivel regular de la obra. Por más que se busque, no solamente no existe un esfuerzo de ubicación del origen de la ignominia de la dictadura, sino que está igualmente ausente toda reflexión con nivel intelectual acerca de las consecuencias de tal orden en la existencia de los involucrados.

Desde ahí que resulte tan llamativo que varios críticos de periódicos hayan exaltado La fiesta del Chivo como obra maestra y que, incluso David Gallagher, citado por Sabine Kollmann, indicara que “Hill stand out as de great emblematic novel of Latin America´s twentieth century”.  Más equilibrada es la aproximación de Fraude Gewecke, quien advierte una serie de fallos en materia de información, erudición, consistencia interna y “exotización” o “tropicalización”,  aunque en términos generales reconoce calidad respetable a la obra.

La pobreza intelectual que muestra el autor en la obra, que lo lleva a la ubicación del pueblo como factor genético de la dictadura, explica el planteamiento del estado universal de degradación de la sociedad dominicana. Así, la nota definitoria más relevante de la novela no es la requisitoria de la dictadura, sino del alma humana dentro de la barbarie tropical. Ante el supuesto de la corresponsabilidad universal con el orden, el final de la dictadura, a través del complot que ocupa uno de los tres relatos, no resulta de una convicción racional en pos de la libertad, sino de un resentimiento que forma parte del estado de degradación. La consecuencia que tiene esta atribución de ausencia de altruismo en quienes acabaron con la vida de Trujillo constituye el reverso de las “mentiras conscientes” que desnaturalizan una época.

Por consiguiente, junto a la dictadura queda también denostada la oposición. El novelista se propuso a toda costa demostrar lo exhaustivo del estado de degradación, conclusión que no resiste la menor crítica, por cuanto en la vida de época, junto a la sumisión, se mantuvo constante la disidencia, a menudo en forma tan patente que requería de la aplicación del crimen selectivo como parte del reino del terror.

En verdad, la denuncia de la dictadura reviste connotaciones ambiguas. Vargas Llosa no alude propiamente a Trujillo, sino a un fenómeno general presentado como la antítesis de un mundo moderno exaltado como ámbito de dignidad y realización humanas. Por esto llegó, en otra de las entrevistas, a establecer un paralelismo entre Rafael Trujillo y Fidel Castro. Casi sin ambages, refirió que este último participa de los contenidos atribuidos al primero, cuestión que devela, no solamente un anacronismo episódico, sino un punto de partida que explica que la construcción de Trujillo como personaje respondiera a un determinante ideológico de exaltación de la era neoliberal.

Subyace, entonces, un anacronismo que percibe la dictadura como fenómeno homogéneo y que constituye uno de los determinantes de la caricatura a que es reducido el orden de Trujillo como expresión acabada de tal régimen. En consecuencia, el sustrato final no es sino la exaltación de la modernización imperial a través de la exitosa economista Urania Cabral —la figura reflexiva de excepción—, escapada de la barbarie como funcionaria de organismos internacionales.

Dentro de tal contexto, no es de extrañar que la obra pueda ser visualizada como operación comercial, en concordancia con la mercantilización que caracteriza el orden neoliberal. La anécdota convoca a un exotismo aberrante que contrasta con la normalidad de la libertad de hoy, en lo cual lo grotesco aparece como artículo de consumo. En tal orden, lo grotesco se dirige a lo sórdido, puesto que, como operativo comercial, la obra busca responder a un tipo de lector ávido de sangre y sexo. La truculencia se reduce a esta dualidad temática, empezando por la narración ficticia de Urania Cabral, quien responde motivada por la amargura extrema que le ha dejado la violencia sexual de que fue víctima por parte de Trujillo. Se trata, por lo demás, de una motivación muy pobre para quien —a manera de alter ego de las pretensiones del novelista— es, sin aval alguno, presentada como una formidable erudita en el tema. Lo sexual atraviesa la narración de principio a fin, introduciendo una nota decadente que la hace concluir, en sus páginas finales, en un mal gusto que devela lo vulgar.

Este mal gusto resume el carácter comercial de la obra y se torna en pieza accesoria de su inhabilidad para captar mecanismos de lo real. Este plano puede ser percibido con independencia del ajuste de la narración a la época y sus hechos. Por eso, resulta extraño que la vulgaridad no haya sido puesta de relieve por una crítica que ha elevado La fiesta del Chivo a la condición de obra maestra. Esta afirmación implica catalogar a la novela no sólo como la realización suprema de Vargas Llosa —lo que es obviamente incorrecto— sino, además, como superior a lo hecho por Gabriel García Márquez o Augusto Roa Batos".

Notas:

1. Una excepción fue la de Diógenes Céspedes, quien destacó errores gramaticales, para concluir en el juicio de que la obra fue escrita de manera precipitada. Diógenes Céspedes “Mario Vargas Llosa o la subordinación de la ficción a la historia”, El Siglo, 18 de marzo de 2000.

2. Véase la entrevista al general Félix Hermida, hijo de un antiguo jerarca militar de Trujillo: “El  general Hermida desmiente a Vargas Llosa”, La Nación, 1 de junio de 2000.

3. Pedro Conde Sturla, “¡Rompan fila y viva el Jefe!”. Suplemento de Vetas, año VIII, No. 55 (abril de 2001). En la presentación de este texto se advierte que fue enviado a varios periódicos y censurado.

4. Bernardo Vega, “Ficción e historia en La Fiesta del Chivo”, El Siglo, 30 de abril de 2000.

5. Frauke Gewecke, “La fiesta del Chivo, de Mario Vargas Llosa: perspectivas de recepción de una     novela de éxito”,  Iberoamericana, Año I, No. 3 (septiembre de 2001), pp. 151-165.

6.  Existen varias versiones acerca del origen del apodo Chapita, como era conocido Trujillo en su     niñez y juventud. Lo interesante es que los desafectos lo usasen comúnmente en señal burlona por la aficción del dictador de ostentar medallas y condecoraciones. En cualquier caso, la proscripción del apodo tenía un poderoso significado simbólico, de respecto absoluto del tirano y de silencio sobre su insignificancia pasada.

7. No deja ser sintomático que el título de la traducción al español sea: Trujillo: la muerte del dictador, Santo Domingo, 1978.

8.  Por ejemplo, Juan Isidro Jimenes Grullón, La República Dominicana. Análisis de su pasado y su presente, La Habana, 1940;  Juan Bosch, Trujillo. Causas de una tiranía sin ejemplo, Caracas, 1959.

9. Sabine Kollmann, “La fiesta del Chivo, cambio y continuidad en la obra de Vargas Llosa”, Iberoamericana, Año I, No. III (septiembre de 2001), pp. 136-149.



 

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