Tierra Adentro: la novela publicada en 1916, que narra la muerte de Ramón Cáceres

Sábado, 07 de Enero de 2012 21:01
Por :Alejandro Paulino
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(Prólogo a la edición publicada por el Archivo General de la Nación, por Alejandro Paulino Ramos)

"Tierra adentro, de José María Pichardo (Santo Domingo, Tipografía El Progreso, 1916, 193 páginas), resulta una obra que ha pasado desapercibida para la generalidad de los estudiosos de la novela histórica dominicana. Narrada en tercera persona, su título nos lleva a pensar en una en un libro de costumbres campesinas que nada tiene que ver con la lucha por el poder, pero realmente narra los detalles de la muerte del presidente Ramón Cáceres a fines de 1911 y los conflictos armados desatados a partir de la arriesgada acción.

Aunque gran parte de la obra se desarrolla en la ciudad de Santo Domingo, así como en las zonas costeras de Puerto Plata y Matanzas, el autor tomó también como escenario a La Vega, eternizando un tiempo que hoy nos permite visualizar el ambiente político social y militar en que prevaleció la inestabilidad, fruto de los conflictos caudillistas que tuvieron su más cercano referente en el ajusticiamiento de Ulises Heureaux (Lilís), el 26 de julio de 1899.

Después de 15 años de guerras, conflictos políticos, presión internacional por la deuda externa, consolidación del capital foráneo, la muerte de Cáceres y las posteriores “revoluciones”, el período que se inició con el ajusticiamiento del tirano concluyó con lo que fue la ocupación militar del país ejecutada por los Estados Unidos en 1916.

La muerte del presidente, el 19 de noviembre de 1911, a manos de Luis Tejeras y otros implicados, marcó uno de los episodios responsables de la decisión  expansionista de los Estados Unidos, en un período matizado por la incidencia de la deuda externa, el resurgimiento del caudillismo, los conflictos armados  entre los bolos y coludos, y la instauración de un gobierno autoritario que si bien logró importantes niveles de organización estatal, pacificó el país y promovió el desarrollo tecnológico e industrial, lo hizo en beneficio de sectores extranjeros y  a contrapeso de fracciones de la alta sociedad dominicana, impedidos de acrecentar su poder y riquezas y de otros a quienes se les dificultaba la movilidad social, determinante para tener el control del Estado. 

Los límites de esa movilidad social guardaban relación con la presencia de los Estados Unidos de Norteamérica y sus inversionistas en la República Dominicana, su control sobre los más importantes renglones productivos y la apropiación de importantes propiedades agrícolas, además de controlar las aduanas y las finanzas del Estado,  situaciones descritas en Tierra adentro como denuncia responsable del autor quien había vivido todas esas calamidades:

“Bajo la tutela yankee, que controla las rentas aduaneras y los millones de pesos destinados a obras públicas, sobrantes del empréstito hecho para refundir en una sola todas las deudas nacionales, según la Convención Dominico-Americana, tratado del cual no derivará la República ningún provecho, sino la amenaza perpetua de verse intervenida militarmente” 

José María Pichardo, cuyo nombre se confunde con el de un restaurador mocano , que en ocasiones escribió con los seudónimos de Pausanias y Cinqueño, laboró como periodista del Listín Diario y fue cónsul en Miami durante la dictadura de Trujillo.  Se le reconoció en su época la condición de novelista y narrador de escenas costumbristas, además de poeta, y aunque anunció la publicación de obras que al parecer quedaron inéditas, entre ellas Trípticos, El Año trágico y La Intervención Yankee, de su autoría son conocidas Pan de flor (poemas, 1912), De pura cepa (cuentos, 1927), Flautas y cigarras (poemas, 1931), y Gallos y galleros (costumbrista, 1945).  

De José María Pichardo y su novela Tierra adentro, dijo Carlos Franceschini  al recibir la obra:

“Pero es el caso que un nuevo libro me visita hoy, y al advertir que éste viene a hablarme de la patria, pienso en ella y en el autor, y me digo: sí éste ha sufrido sus dolores y ha aspirado sus perfumes, y por eso hoy la traduce y la canta, y entonces leo. Inmediatamente surge ante mi vista la campesina ingenua, la huerta florida, el galán enamorado—soñador y guerrero—el paisaje tranquilo que se destaca en medio de una vegetación exuberante bañado por el ardiente sol de nuestra zona, y en medio de todas esas bellezas tropicales, aparece el fantasma pavorizante de la intestina guerra, donde tantas almas inocentes han caído, roto el hilo de sus vidas, llevando en sus labios convulsos e inmaculados la palabra ideal. Nombre vano, engañosa palabra, bandera blanca que ha causado tantos rojos sacrificios.  El autor ha vivido en parte lo que traduce con elegante sencillez, envolviendo en un velo de pura fantasía la leyenda de Tierra adentro, donde se siente rebullir el espíritu atormentado de nuestra raza.” 

El autor describe el ambiente político y cultural de la época, en un Santo Domingo con sus plazas, catedral, murallas y bastiones, y el ensanchamiento de la ciudad que no podía mantenerse constreñida contra las murallas,  sus calles centenarias, la destrucción de los monumentos nacionales y más allá al norte,  el comercio y la agricultura de La Vega, la vida campesina en Los Almendros, la producción agrícola de comunidades del Cibao, y la importancia de la comercialización de los llamados productos agrícolas tradicionales. Todo aparece en la novela histórica de José María Pichardo en medio de una trama de intereses contrapuestos que llevaron a miembros de las clases pudientes a terminar con la vida del presidente Ramón Cáceres, en el viejo camino de Guibia, ahora Avenida Independencia.

Tierra adentro como novela histórica, relata las causas que llevaron a un grupo de hombres de la alta sociedad capitalina a tramar la muerte de un presidente cuyo liderazgo tuvo su origen en el ajusticiamiento del general Ulises Heureaux, acontecimiento que lo catapultó a la política caudillista compartiendo con su pariente Horacio Vásquez su incidencia en la juventud soñadora; ambos tenidos como políticos que en cierta forma representaron las ansias de redención, capaces de impulsar el progreso y la libertad de los dominicanos; pero el signo de la política personalista terminó por separar a los dos héroes del 26 de julio, lo que contribuyó con el  trágico final del 19 de noviembre de 1911.

Al General Ramón Cáceres, en los cinco años que le tocó gobernar se le sintió alejarse de las fuerzas que sustentaron en principio su gobierno, entregándose en los brazos del poder extranjero y promoviendo constitucionalmente las posibilidades de permanecer en el poder más allá de lo que sus propias fuerzas y las fuerzas opositoras esperaban, alargando su período presidencial hasta 1914 y suprimiendo la figura vicepresidencial, al mismo tiempo que garantizaba su reelección con el beneplácito del Congreso Nacional, situación que colmó la paciencia de muchos y motivó la conjura que va a concluir con la anunciada aunque inesperada muerte.

En el complot para poner fin a su vida, actuaron combinados funcionarios civiles y militares del gobierno y personalidades vinculadas a la oposición jimenista, así como al disgustado amigo y pariente cercano, General Horacio Vásquez; todos coaligados en un mismo propósito como magistralmente lo presenta J. M. Pichardo en los quince breves capítulos que van desde los vínculos familiares de Demetrio López, el personaje principal de la novela en la ciudad de La Vega, la vida intelectual en la ciudad de Santo Domingo, el tutelaje político y económico de los norteamericanos, la trama revolucionaria para supuestamente  secuestrar al presidente cuando se encontrara de paseo en la cercanía de la playa de Guibia  y el consiguiente fracaso de la acción transformada en asesinato. Además, la ascensión de Eladio Victoria y la instauración de un gobierno dictatorial que terminará derrotado por las sempiternas revoluciones que justificaron  la ocupación militar de los Estados Unidos el 3 de mayo de 1916.

Siendo la novela el relato de la muerte del presidente Cáceres, el autor maneja con maestría sus conocimientos sobre la sociedad dominicana de entonces, haciendo que toda la trama discurra a través de  la vida de Demetrio hijo de un rico propietario de fincas y exportador de productos agrícolas de La Vega que, graduado como Bachiller en Ciencias y Letras, logra que sus padres lo apoyen en su interés por estudiar Derecho en  la Universidad de Santo Domingo, institución conocida en aquellos años como Instituto Profesional. El protagonista descrito encaja en el perfil de lo que fue la juventud hostosiana de principio de siglo XX, influenciada por las ideas de progreso y marcada por un sentimiento nacionalista que la enfrentó a la Convención Dominico-Americana de 1907,  que “no critica a los hombres” sino a “las instituciones malas, las leyes arbitrarias, el abuso de autoridad y el menosprecio en que se tienen los principios”, contrapuesta a los que propalaban que a la República Dominicana había que “gobernarla fuera de ley” justificando la necesidad de los tiranos y la ley del “filo del machete” para imponer el orden político y social. 

A Demetrio, icono de aquella juventud, “lo anima el ideal de una nueva patria, fuerte, encaminada por la senda del progreso, libre del látigo de los tiranos, hostil a la intromisión yankee”,  y le preocupaba la “anomalía que comete el dictador, quien a fuerza de crímenes y violaciones a las leyes se sostiene en el poder contra la opinión publica”   A través del personaje central, J. M. Pichardo critica los vicios y defectos de “nuestro sistema de gobierno, de las leyes falseadas libremente, expone sus ideas sobre la descentralización del poder ejecutivo, dándole autonomía a cada provincia, librando a la Hacienda de las manos rapaces que insolentemente dilapidan sus tesoros, fortaleciendo la acción de la justicia sujeta a extrañas influencias”. 

La situación política en aquel período de gobierno que se había iniciado a finales de 1905 con el derrocamiento de Morales Languasco, mostró en principio una terrible violencia de Estado que se fue desvaneciendo en la medida en que los opositores abandonaban el país en forzado exilio o contenían los ánimos a la espera de nuevas oportunidades , mientras el presidente instruía para la modernización del aparato militar, auspiciaba la construcción de las más importantes vías de comunicación del país e insistía en la modernización de la producción, ejecutorias que lo comprometían con el capital extranjero y la política norteamericana y a la vez lo hacía blanco de la crítica de los más liberales de la juventud dominicana, defensora de la libertad de pensamiento y enemiga de la corrupción administrativa.

Una juventud que rechazaba la participación política de los tránsfuga y consideraba traidores a los “bolos dispuestos a transarse”, práctica que se acrecentó después de la muerte de Lilís y tenida como símbolo del “modernismo” que arropaba la ciencia política que se “concreta a dejar la vergüenza guardada bajo llave y seguir al que más ventaja ofrece”; situación justificada  a partir de una larga explicación basada en la tesis de la selección natural, y que, desde un pesimismo propio de la época, sitúa al dominicano como elemento incapacitado para enfrentar los retos del desarrollo económico y social. Insistiendo: “A Demetrio le causan asco los tránsfugas que desertan de sus filas políticas seducidos por unas pocas monedas” 

”Todo en la vida es obra de la selección—decía—esta  es una verdad incontrovertible”. Con esto, el autor desarrolla su tesis racista de la selección natural, con el siguiente discurso: “En nosotros mismo Ud. ve cumplida esa ley inexorable: nuestra raza, producto hibrido de españoles aventureros y de criminales empedernidos, con indígenas perezosos e indolentes y esclavos africanos sujetos a duros trabajos y crueles castigos, carece del vigor, de la inteligencia de las otras razas en cuyas venas circula sangre más pura. El atavismo, los defectos patológicos, se transmiten de una generación a otra y para librarse de ellos es necesario la selección.” 

Otra tesis desarrollada por José María Pichardo, a través de las reflexiones de su protagonista en el desarrollo de la trama, es la que presenta a los jóvenes liberales hostosianos como filorios, que a la vez traicionaron la enseñanza del maestro convirtiéndose en  traidores a la patria, que ven “a esos blancos, nuestros enemigos en todos los caminos, quienes lo mismo matan a un negro que a una sabandija. ¿Y son los filorios los que quieren vendernos”. Parece mentira, de la mejor semilla ha nacido la yerba más mala..” 

Y de paso, el personaje Demetrio se deja seducir por la tímida presencia de ideas anarquistas que recién ingresaban a la sociedad dominicana a través de los  inmigrantes cubanos, así como otros llegados de las Antillas menores que trabajaban en los ingenios azucareros; ideas que parecían debatirse en algunos círculos, llegándose a plantear la preferencia de la anarquía como contraposición al desorden político: “la anarquía a la tiranía. Del desorden, del incendio, de la destrucción puede nacer un orden de cosas que rinda más provecho que la paz embrutecedora obtenida por el imperio de terror”. 

Además de las reflexiones que apuntan al conocimiento de las ideas que prevalecían al comenzar el siglo XX, resulta interesantísima la descripción de la vida literaria de aquellos años, con sus grupos y tendencias literarias, con sus chismes y eternas competencias por la supremacía intelectual disputándose un espacio en el parnaso nacional, que se hacían llamar “pomposamente “Los Nuevos”, con el único propósito de hacerle la guerra a los “fósiles, a los consagrados, a los viejos ídolos de  barro, árboles ya sin sabia”, “sosteniendo a fuerza de bombos mutuos las leyendas de sus glorias”.

De acuerdo a Pichardo los intelectuales “fósiles” acogieron entre sus brazos a la “legión de jóvenes combatientes, que enarbolan blancas banderas y traen el zumo de nuevas ideas y de arte nuevo”,  y  a través de nombres ficticios van apareciendo los escritores más importantes de ese período: Alcides Guerrero, liliputense, nervioso, de palabra fácil, de ideas artísticas místicas, Guillermo Valencia cuyos poemas recita de memoria; Ramiro de la Fuente, prosista, “cincelador de ánforas y camafeos, enamorado de la música”, Candido Ramírez “quien a fuerza de golpear el parnazo se impuso como poeta lírico”, Fabio González “Bohemio, espíritu exquisito, de una gran intuición artística, con un bagaje literario desordenado”,

Además van apareciendo los personajes de la política dominicana de entonces, entre ellos “una camarilla de aduladores, espías, bufones y cortesanos, rodean al César criollo, rudo campesino sin talento ni dotes de mando, y celebran sus chistes y sus cuentos provincianos. Eleodoro del Valle, “brazo musculoso que galopea como un ariete formidable”, Cipriano Alboroto, “filosofo barato, critico pesimista, especie de zahorí, egoísta, perverso, de esos políticos que viven poniéndole trampas al contrario”, Lucio Maquiavelo, “la sabiduría intrínseca, el saber neto, la experiencia personificada, corazón y cerebro, energía y ciencia”. Luciano Angélico, “la hipocresía con figura de hombre; ratón de iglesia, inofensivo, amable, tranquilo”, Jacinto Penaloza, de “arrogante figura y gestos olímpicos: temperamento brutal, epiléptico, arbitrario”, Teodulo Cesta, “habilidoso, más fino que una aguja, amable hasta empalagar”, Ludovico Madriguera, “ya en senectud, en este hombre, mitad zorra y mitad panera, el cinismo, la perversidad y la malicia” que persigue entre “las familias pobres a las doncellas para ofrecerlas a a lascivia del César, quien lo desprecia y se burla de su raquítica figura”. 

La justificación para planificar el secuestro de Ramón Cáceres descansaba en un cúmulo de acusaciones que eran discutidas en los círculos intelectuales, principalmente sus crímenes, amordazamiento de la prensa, las cárceles llenas de presos políticos, el irrespeto a la constitución, asesinato de ciudadanos, la concentración de Montecristi, los deportados a playas extranjeras, la convención dominico-americana de 1907,  las Cámaras, “compuestas en su mayoría por elementos corrompidos llevados allí para servir intereses personales”, que autorizaban erogaciones licenciosas, decretaban leyes propicias a ser violadas o mal interpretadas y manos “compradas a cambio de la reelección después de cumplido el término constitucional o envilecidas por el soborno.” 

El General Cáceres había destruido todos los intentos de oposición armada a su régimen, mientras que los grandes caudillos de la política dominicana deambulaban expatriados, lo que le daba seguridad para gobernar sin tomar en cuenta las conspiraciones que se estaban gestando:”Levántate: yo te doy armas y te prometo aplastare en veinticuatro horas”, narra Pichardo que decía el presidente a uno de sus más cercanos colaboradores y confiado en que nadie podía enfrentársele, apostaba a que iba desde Santo Domingo a Santiago “solo y sin una cortaplumas”, pues no “ha nacido el varón que se atreva a” herirlo, siendo su deporte favorito viajar por tierra hasta la región del Cibao”, pero no advertía que la corriente de oposición a su gobierno iba creciendo en todo el país como en el extranjero.

La conjura fue unificando a oficiales de la Guardia Republicana con representantes de familias distinguidas. La conspiración denunciada al presidente no fue tomada en cuenta: el plan de los complotados era secuestrar al presidente para obligarlo a renunciar, lo que intentaron en las proximidades a la playa de Guibia, en el camino del Sur, hoy avenida Independencia y muy cerca de la residencia de la familia Peynado, donde hoy se encuentra el colegio Babeque; pero la resistencia de Cáceres y la presencia de varios soldados que dispararon al percatarse del incidente, hizo fracasar la operación que concluyó con las muertes de Luis Tejera, cabecilla de la conspiración, y la del primer mandatario de la República, abriendo nuevamente las puertas al caos político y a las llamadas “revoluciones” caudillistas de la época.

Después de la muerte del presidente Cáceres, la novela de Pichardo se proyecta en los acontecimientos posteriores que elevaron a Eladio Victoria al podio presidencial:

“En el nuevo gobierno impuesto por el filo de un sable entraron a formar parte elementos de distintas filiaciones políticas, sin prestigio y sin práctica en el ejercicio de funciones tan delicadas, desgastados por una larga abstinencia”. La dictadura de las armas se fue imponiendo y las “cárceles repletas de presos de todos los matices políticos, la prensa amordazada y quien habla más de la cuenta recibe el castigo de moda: una pela de sable”.

Tierra adentro deja de tener como tema central la muerte del General Cáceres par pasar a relatar una de nuestras cruentas revoluciones, consecuencia del trágico suceso, en la que Demetrio retoma su condición de personaje principal que se esconde, huye de la represión, y termina como líder local de revolucionarios que en el Cibao perseguían el derrocamiento del nuevo gobierno. La revolución contra Victoria se extendió como reguera de pólvora por todo el territorio nacional.

Herido en combate contra las tropas del gobierno, Demetrio termina secretamente alojado en la costa que va desde Puerto Plata hasta la población de Matanzas, a la espera de nuevas oportunidades para enfrentar la dictadura, situación aprovechada por J. M. Pichardo para describir técnicas agrícolas y la situación económica de la población rural de la zona:

“En grandes tarimas de madera, casi al nivel de la tierra, secase el café esparcido. El método de recolección y para acondicionarlo es rudimentario y primitivo. La mayoría de los agricultores vende la cosecha a flor. Los cafetos, apretados en grupos, a la sombra de los bananos, casi siempre a la falta de las lomas, se cubren de flores allá por Octubre”.

El amor de Ángela, encontrado en la vivienda en la que refugiado curaba de sus heridas, facilitan que Pichardo describa los paisajes con sus frutales y el cantar de las aves, y en medio de ellos la vida campesina, con los preparativos del reinicio de la revuelta que lleva a Demetrio a la zona de Burende, próximo  a La Vega, mientras en la “vieja ciudad, capital de la República, las noticias de los asaltos efectuados por los revolucionarios en diferentes poblaciones del interior, repercuten como truenos en medio de la calma de un día apacible”.

Y la espera del triunfo revolucionario contra el gobierno de Victoria, resurge en la narración la vida cultural de la Capital, con su plaza Colón:

“Centro adonde acuden todos los vagos, perezosos, cesantes, literatos y políticos (…). En cada banco hay un orador y un grupo que lo escucha. Por lo regular se habla de política, de pelea de gallos, de las peripecias del juego, de prostitutas o de pasadas hazañas guerreras” y en la librería de la “Viuda García que está frente a la plaza, hacen tertulias un grupo de literatos y políticos, criticando a troche moche a todo títere con cabeza. Fijados en las paredes y en los escaparates, impresos en grandes letras de imprenta, se leen los siguientes carteles: “Estos libros no se fían”. “Se prohíbe hojear los libros”. “Estoy con el gobierno”.

Al finalizar la obra,  José María Pichardo completa el panorama descrito incorporando un elemento que permanece discretamente presentado a lo largo de toda la novela: la presencia de “las águilas” de los intereses imperiales, en clara referencia a los Estados Unidos y su participación en los conflictos internos de la República Dominicana:

“Las águilas sajonas, que parecían contemplar indiferentes la lucha sangrienta, de improviso despliegan las alas poderosas y acuden, fieras las pupilas, abiertas las garras, en bandadas amenazantes”, las que cayeron voraces sobre el león hispano, las que cercenaron el territorio de Colombia, que mutilaron a México y esclavizaron a Haití.

Con esas fuerzas extranacionales, después que se nombró una Comisión de Pacificación designada por los Estados Unidos, tanto los rebeldes como el gobierno dictatorial, se entendieron con “su mandato imperativo” par finalizar el conflicto que se había iniciado con la muerte de Cáceres, bajo la amenaza de la intervención extranjera.

“Así son nuestros hombres—dice Pichardo—inflexibles, recios, tenaces, en las contiendas internas. A veces llegan al sacrificio, al heroísmo o se empapan en el crimen; pero frente al invasor extranjero, se doblegan, temblorosos, como débiles cañas sacudidas por fuerte brisa”.

El período iniciado con la muerte de Ramón Cáceres, después de meses de enfrentamientos, intromisión y muertes, finalizó con la renuncia de Eladio Victoria el 26 de noviembre de 1912, y la ascensión del Arzobispado Adolfo Alejandro Nouel como presidente provisional de la República Dominicana.

Como se  podrá comprobar al leer histórica Tierra Adentro, de José María Pichardo, el intenso período histórico que va desde la muerte de Lilís hasta el gobierno de Nouel se caracterizó por el desorden administrativo, las luchas armadas de los caudillos, la corrupción administrativa, el desarrollo tecnológico, la intromisión del capital extranjero, el control de los Estados Unidos sobre la política y el Estado Dominicano; todo esto marcado por la intranquilidad, revoluciones, cambios de gobiernos, elecciones y golpes de Estado, antecedemos directos de lo que fue la ocupación militar norte americana de 1916, y todo aparece en Tierra adentro, narrado por un testigo generacional de lo que se vivió en aquellos tiempos".