La Biblioteca Universitaria y la Preservación del Patrimonio Nacional

Miércoles, 09 de Noviembre de 2011 19:56
Por :Alejandro Paulino
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(Conferencia de Alejandro Paulino Ramos, Subdirector General del Archivo General de la Nación, en la Biblioteca Central Pedro Mir, de la Universidad Autónoma de Santo Domingo. 9 de noviembre del 2011).

Cuando me pidieron que dijera algunas palabras, como parte del programa de conmemoración de la inauguración de esta Biblioteca Central Universitaria, primero pensé referirme a los avances tecnológicos y bibliográficos alcanzados por esta institución, con sus cientos de computadoras, dotadas de modernos programas informáticos, las ricas colecciones de libros de textos con que fue inaugurada, ascensores, aires acondicionados, salones de conferencias, cubículos multiusos, colecciones digitales, en fin, la biblioteca central que la familia universitaria se merecía. Yo, al igual de muchos de los que están aquí presente permanecí más de 30 años en el viejo edificio del Instituto de Anatomía, lo que me permite valorar con orgullo la existencia de esta nueva biblioteca universitaria.

Lo segundo que me llegó a la mente, fue hablar sobre el Fondo Antiguo de este centro del conocimiento, pero muy pronto me di cuenta de que tratar ese aspecto, me llevaba necesariamente al papel jugado por nuestra biblioteca universitaria en la preservación de una parte importante del patrimonio bibliográfico nacional. Una historia con altas y bajas, en la que se cometieron errores, produjeron acciones imprudentes, pero también se tomaron medidas, que gracias a Dios,  han sentado las bases para propiciar el salvamento de ricas colecciones de libros dominicanos, de América y de otros continentes que han sido fundamentales para el estudio y para la investigación; esos libros sirvieron para la formación de una gran parte de los profesionales de nuestro país. Ese patrimonio bibliográfico es parte del Patrimonio cultural de la nación dominicana y la Universidad está obligada a preservarlo.

De acuerdo a la UNESCO, el patrimonio cultural representa lo que tenemos derecho a heredar  y estamos obligados a conservar para las generaciones futuras. El patrimonio se entiende como el reflejó de la continuidad e identidad de los pueblos, incluyendo como parte de él: los monumentos, lugares históricos, los Museos, el patrimonio documental, cinematográfico, la Música y canciones, la Literatura, y el libro impreso, así como las colecciones de periódicos y revistas.

El pueblo dominicano, es una comunidad con identidad propia que se ha formado en un largo proceso que ya pasa de los 518 años, con una historia y una cultura resultante del proceso de hibridación demográfica, que solo se explica a través del estudio y conocimiento de nuestra historia económica, política, social, jurídica y cultural, en la que el indígena dominado y el africano trasplantado a nuestra isla constituyeron las bases sobre la que se cimentó el proceso colonial impuesto por España durante más de 300 años. Luego, los cambios producidos por la presencia de Francia, Inglaterra, Haití y los Estados Unidos, resultaron importantísimos en la concreción de lo que hoy somos como pueblo. La Esclavitud, el exterminio indígena, el comercio, los tratados y las luchas internacionales; inmigraciones diversas, ideas de libertad y progreso, la independencia nacional, el papel de Eugenio María de Hostos en la educación, la iglesia, el proceso de industrialización,  las dictaduras y la vida democrática. Todo está expresado en los libros, en las colecciones de periódicos y revistas, en los documentos originales, utensilios, piezas arqueológicas, colecciones de fotografías, partituras musicales, en fin, en todo lo que la historia va dejando registrado sobre la existencia del pueblo y que forma parte del patrimonio de la cultura nacional, cuya conservación y preservación se hacen imprescindibles si queremos seguir reconociéndonos como parte de lo que desde hace siglos se conoce como pueblo dominicano. La Biblioteca Pedro Mir tiene una parte de ese tesoro guardado en sus estanterías y archivos, pero no todos conocemos lo que tenemos, en qué cantidad y la forma en que se preservan, corriéndose el riesgo de que, de no tomarse medidas, este patrimonio desaparecerá y las futuras generaciones de estudiantes y de dominicanos quedaran imposibilitados de heredarlo, como debe ser.

El Estado se ha cuidado de crear parte del andamiaje jurídico y físico para la preservación del patrimonio cultural nacional, facilitando las tareas que tenemos por delante, entendiéndose que no todo está hecho y de que existen problemas que  están poniendo en peligro los tesoros que integran ese patrimonio, a veces por la falta de iniciativas del mismo Estado  y otras veces por las amenazas de sectores insensatos y muchas veces hasta malvados.

Cómo queda dicho, parte importante del patrimonio cultural de los dominicanos está constituido por los libros, periódicos, revistas, mapas y fotografías acumulados desde el mismo momento en que Europa comenzó a implantar su cultura en el continente colonizado, y los libros de aquel largo período inmigraron junto a soldados, sacerdotes y funcionarios, mientras que en la imprenta comenzaba a estamparse el pensamiento americano; pero desgraciadamente no fue Santo Domingo, la que había sido Atenas del Nuevo Mundo, con sus universidades, poetas y dramaturgos la que primero se destacó en las artes legadas a la humanidad por el gran Gutemberg. Primeros que nosotros tuvieron imprentas México, Perú, Estados Unidos y muchos otros pueblos latinoamericanos.

Y no se vaya a pensar que publicar en libros impresos era tan sencillo en nuestro continente: la mano de censor español y la inquisición impidieron por siglos escribir, leer  y publicar sin el consentimiento oficial. Temprano en 1556 ya Felipe II mandaba a impedir la impresión sin el consentimiento oficial y ordenaba que se recogieran y enviaran a España los libros que circulaban sin su control, exigiendo que no se consintiera ni se diera lugar a que ningún libro que tratase sobre las Indias se imprimiera ni vendiera si no se tenía licencia expresa para ello; pero aún así, los libros siguieron llegando y son contadas las personalidades que viviendo en Santo Domingo tuvieron escogidas librerías y ya temprano a finales del siglo XVIII se mandaron a imprimir algunas obras a Europa y a países americanos, como fue el libro de Antonio Sánchez y Valverde conocido como Ideas del Valor de la isla Española y considerado el primer libro publicado por un dominicano, o por ejemplo, el publicado para la misma época en los Estados Unidos, escrito por el martiniqueño Moreau de Saint Mery con el título de Descripción de la parte española de la isla de Santo Domingo. Esto sin contar las relaciones y memorias que poco a poco se iban publicando en España, que facilitan el conocimiento de nuestra historia.

En ese sentido, los libros y otros tipos de impresos fueron una realidad y la acumulación en manos de intelectuales, personas principales y sacerdotes de la época fueron creando las primeras librerías como se les llamaba para entonces a las bibliotecas y algunas muy importantes fueron en su momento confiscadas por las autoridades y llevadas a España o fuera de Santo Domingo como ocurrió con las de Diego y Cristóbal Colón, y la del Padre Bartolomé de las Casas. Como muchos de ustedes conocen, en la Fortaleza Ozama que fue morada de Gonzalo Fernández de Oviedo, existió una escogida biblioteca.

Conviene señalar además, porque ayuda a lo que quiero explicar, que una importante biblioteca fue creada por los padres dominicos y perteneció a la Universidad Santo Tomás de Aquino, antecesora de nuestra Universidad Autónoma de Santo Domingo, siendo sus libros destinados principalmente para el estudio del latín, los dogmas religiosos y literatura.

La historia de Santo Domingo está llena de testimonios en los que se puede rastrear la acumulación de una bibliografía impresa que fue llegando y acumulándose como propiedad privada o de la iglesia, pero que con el tiempo y bajo el influjo de quienes habían vivido en el extranjero, se fue creando conciencia de que era necesario se constituyeran bibliotecas públicas, lo que sucedió terminado la guerra de la Restauración cuando se estableció, con libros donados por el venezolano de madre dominicana y gran intelectual Rafael Baralt, la primera biblioteca publica de la Republica Dominicana, en 1867.

Esa biblioteca de Baralt pasó a manos de sociedades culturales que la organizaron y acopiaron las más importantes colecciones conocidas en todos estos años, mientras que la Universidad que había perdido sus papeles durante el Tratado de Basilea, cuando fueron trasladados a Cuba, luego fue reabierta y nuevamente cerrada desde 1823. Fue después de la reapertura del Instituto Profesional en 1882, que bajo  la protección del gobierno del Partido Nacional y con la orientación de Eugenio María de Hostos tuvimos de nuevo universidad y la organización ya en 1884, de la biblioteca universitaria. De modo que las colecciones de libros, periódicos y revistas de nuestra Biblioteca Central tienen ya una historia que sobrepasa los 100 años, en la que fueron imprescindibles para su formación las colecciones donadas por el doctor Carlos Arvelo, el Supremo Consejo de la Masonería, Arístides Fiallo Cabral, Heriberto Pieter, Horacio Vicioso, Andrés Avelino García, Froilan Tavares, Luis Floren Lozano, Prospero Mella Chavier, Roberto Despradel, y el doctor Cordero Infante. Miles de libros donados por estos profesionales y otros amigos de nuestra Universidad, todavía se encuentran en el Fondo Antiguo de esta Biblioteca Pedro Mir, aunque lamentablemente una parte importante de ellos se ha perdido a lo largo de todos estos años, lo que quiere decir que se nos ha ido perdiendo el patrimonio bibliográfico nacional.

Libros como la primera edición de Ideas del Valor de la Isla Española y la Descripción de la parte española de la Isla de Santo Domingo impresos a finales del siglo XVIII están en los anaqueles de esta biblioteca, junto a otros no menos importantes como son las Memorias de la Colonia francesa de Santo Domingo de Ignacio Galá, impreso en 1787,  los Sermones exhortatorios que predicó el reverendísimo padre Juan Rodríguez Coronel, impreso en 1695, o la Historia de la orden de nuestra señora  de las religiosas de la compañía de María, publicado en 1730, y Santa Rosa, religiosa de la Tercera Orden de Santo Domingo, de 1726, forman parte del patrimonio universitario. Y qué no decir de la mayoría de los libros impresos en el país a partir de 1800, como la famosa Novena a la Virgen de la Altagracia, o los Estatutos de la Universidad de Santo Domingo impreso en 1801, al lado del Diario histórico de Gilbert Guillermin, publicado en 1808, como también el famoso libro de William Walton conocido como el Presente Estado de la colonia española de la isla de Santo Domingo, impreso en 1810, sin dejar de mencionar las primeras ediciones de Historia de Santo Domingo de Delmonte y Tejada, el Compendio de Historia de Santo Domingo de José Gabriel García, o las Notas autobiográficas de Gregorio Luperón, impresos en el siglo XIX, forman parte de las colecciones de libros que tenemos en nuestra biblioteca universitaria.

Son cientos los libros impresos en los siglos xvii, xviii y xix los que todavía se han preservados en la biblioteca universitaria más antigua de nuestro país. Pero esos libros están desde hace décadas en proceso de desaparición, debido a las condiciones en que se encuentran, mientras colecciones importantísimas que pertenecían a otras instituciones bibliográfica del país ya nadie sabe la suerte que corrieron.

Para que ustedes se edifiquen sobre lo que estoy diciendo, permítanme reseñar brevemente algunos ejemplos de situaciones que pusieron en peligro parte del patrimonio cultural de los dominicanos. Fue patético lo acontecido con la Biblioteca Publica del Ayuntamiento, que desde 1866 comenzó su acopio, organización y servicio. Esta biblioteca fue cerrada, reabierta, despojada varias veces de su local, arrinconada en una casona de la zona colonial, olvidada por la institución que la administraba y un día, hace ya como veinte años, sin explicación de ningún tipo, simplemente cerrada sus puertas y al día de hoy, nadie sabe a dónde fueron a parar sus ricas colecciones.

Mientras que nuestra biblioteca universitaria, la misma que sirvió de base para la inauguración de esta moderna estructura en la que estamos hoy, con una historia que sobrepasa los cien años, tuvo categoría de Biblioteca Nacional desde 1948 hasta 1972, año este último en que fue inaugurada la Pedro Henríquez Ureña en la Plaza de la Cultura, que por cierto, en aquella ocasión recibió en donación una considerable cantidad de materiales bibliográficos como queda planteado en la memoria de la UASD de 1971, cuando dice que en vista de que contamos con un edificio, encontramos necesarios enviarle todas las publicaciones a la nueva biblioteca nacional para entonces especializarnos y convertirnos en una verdadera biblioteca universitaria. Tal vez tenían razón los que así procedieron, pero estaban entregando el patrimonio de la Universidad. En aquella ocasión la biblioteca universitaria de despojó de unos 200 mil ejemplares impresos para entregarlos a a la Biblioteca Nacional.

Por otro lado, un grave error se cometió en diciembre de 1973, cuando profesionales de la bibliotecología que habían regresados graduados desde Colombia y quizás con el mismo fin de convertir la biblioteca en una especializada, decidieron seleccionar de las diferentes colecciones los libros que ellos entendían no podían formar parte de la Biblioteca Central. Cientos de libros fueron seleccionados, la mayoría anteriores al siglo XX, y lanzados en los pasillos de la planta baja del Instituto de Anatomía, para que el que quisiera los tomaras y llevara a sus casas. Pronto se rectificó el error, pero el daño ya estaba hecho.

Más recientemente, en el interés plausible de inaugurar una biblioteca moderna, de la que este salón forma parte, alguien entendió que esas colecciones estaban en proceso de deterioro y no debían ser llevadas al edificio nuevo. De hecho, un importante funcionario llegó a plantear que debíamos dejar las colecciones de libros viejos en el antiguo edificio para inaugurar la Pedro Mir con libros de textos y en formato digital, porque no se tenía una decisión clara de lo que había que hacerse con el patrimonio bibliográfico de la Universidad, y algunos fueron más lejos: en medio de las noches y durante semanas muchas colecciones fueron casi completamente destruidas y transportadas a verteros de basura todavía no especificados. Aquello sucedió en el año 2003, y los responsables de aquel hecho llegaron a proclamar con burla: Ahí en esas fundas de basura están las joyas del fondo antiguo de la Universidad.

Ese fondo que se ha ido perdiendo poco a poco, estaba constituido en 1918 por 5,500 volúmenes, la mayoría de ellos libros de textos. Esa cantidad se incrementó, pero desgraciadamente el ciclón de San Zenón afectó considerablemente la biblioteca y no fue sino a partir de 1941, con la presencia del doctor Luis Florén Lozano, que esta tomó un nuevo impulso y a falta de biblioteca nacional se le dio categoría de ésta lo que permitió el crecimiento de las colecciones, amparadas en la ley de imprenta que para entonces estaba vigente. Para 1950 ya la biblioteca sobrepasaba los 60,000 volúmenes y más de 300 títulos de periódicos y revistas, mientras que en 1955 ya sobrepasaba los 100 mil. A finales del siglo xx la Biblioteca tenía un acervo bibliográfico de más de 350 mil volúmenes, unos 100 mil folletos y una cantidad cercana a los 3,500 títulos de periódicos y revistas, repartidos en la Biblioteca Central, las bibliotecas de facultades y las de los Centros Regionales. Además la biblioteca poseía una área especializada formada con los materiales donados por el PNUD de las Naciones Unidas, mientras que las colecciones seguían creciendo gracias a la resolución que obligaba a que cada estudiante para poder graduarse debía donar un libro de texto a la biblioteca universitaria.

Por fin, llegó la hora de la inauguración de la nueva Biblioteca Central, un hecho sin precedente en la historia de la bibliotecas dominicanas y por suerte una parte importante de las colecciones pudieron salvarse antes de ser traída a este recinto, pero lo que va a pasar con el patrimonio cultural que administra la institución todavía no está del todo claro. Parece que sigue primando el criterio del pasado, en el que no se daba importancia a las colecciones anteriores a 1961, olvidándose de la existencia de las carreras de Historia, Filosofía, Sociología, Educación, Derecho, Política, Economía, y todas las del ámbito de las humanidades.

Pero sin exagerar podemos afirmar que en esta biblioteca no se tiene claro de cuál es su acervo bibliográfico depositado en el Fondo Antiguo, dónde están ubicados los libros y cómo pueden ser localizados. No conocemos las condiciones en que están las colecciones y por desgracia se hace muy poco para invertir en la conservación y restauración de los fondos bibliográficos y documentales; el área destinada para su conservación acumula altos niveles de calor y de humedad; es evidente la presencia de enemigos peligrosos de los impresos, como son las termitas, los hongos y otras plagas que amenazan las colecciones de los viejos y nuevos materiales bibliográficos. Aunque se hacen esfuerzos sobrehumanos, todavía Resultan insuficientes los trabajo de catalogación y clasificación de las colecciones y por demás no existe, ni existió antes un inventario creíble del acervo bibliográfico, por lo que la Universidad tiene que tomar decisiones de emergencia que resulten definitivos si es que queremos poseer con orgullo una parte importante de lo que está considerado como el patrimonio cultural de los dominicanos.

Todo lo que acabo de señalar nos lleva por dos caminos. Estamos obligados a fortalecer el proyecto de biblioteca universitaria con sus colecciones especializadas que sirvan de apoyo a los programas académicos, con los libros de textos y de consultas actualizados, y claramente vinculados a los planes de estudios. Pero también estamos obligados a crear un verdadero centro, recinto para la investigación, para los profesionales de la ciencias sociales y los historiadores, para los profesores y estudiantes de maestrías y doctorados que tenga de base no solo las computadoras con su internet y las colecciones digitales. Estamos obligados a definitivamente construir el Fondo Antiguo, que desde ya pido a las autoridades universitarias que lo bauticemos con el nombre del Profesor Dato Pagán, el director de la biblioteca que más insistió en la organización y preservación de las colecciones que ahora están depositadas en el área a que nos estamos refiriendo.

Lo que existe como espacio hoy no puede ser considerado como el sitio ideal para implementar este proyecto: aquel lugar está lleno de polvo, las ventanas ya están deterioradas, el plafón amenazando con caer en algunas áreas, el aire acondicionado inservible, el calor y la humedad en limites que resultan peligrosos para los materiales; la colección de mapas apiñados en rincones, la colección de documentos histórico que pertenecieron y fueron donados por la familia de Tulio Cestero, depositados en cajas de cartón; pocos empleados especializados en el conocimiento bibliotecológico, y en medio de aquella triste escena, Alberto Jiménez acompañado de uno o dos empelados luchando por rescatar, limpiar y catalogar las colecciones y facilitar algunos servicios a los usuarios, en fin…aquello resulta deprimente y no agradable ni para la lectura y menos para la investigación. Estamos compelidos a tomar medidas o renunciar al tesoro que hemos preservado con tanto sacrificio y por tantos años.

Ahora, a seis años de la inauguración de esta biblioteca, el propósito de crear el Fondo Antiguo sigue siendo una meta que redundará a favor de la preservación del Patrimonio Cultural, por lo que me atrevo a sugerir, para terminar,  algunas medidas a favor de una de las más importantes colecciones de libros existente en el país.

Posiblemente el orden de mis sugerencias no tenga importancia, pero creo que lo primero es hacer conciencia, valorar las colecciones que tenemos bajo responsabilidad en la Biblioteca. Tenemos que definir con claridad cuales libros de la biblioteca pueden formar parte de la colección del fondo Antiguo. Debemos poner en primer plano la tarea de realizar  un inventario exhaustivo de las colecciones que forman la biblioteca, pero en especial las que constituyen el Fondo Antiguo, por ser libros antiguos impresos en los siglos XVII, XVIII y XIX, o de principio del siglo XX. Por eso se hace necesaria una evaluación de su estado de deterioro y someterlos  a procesos de limpieza y restauración, para preservarlos y alargar sus vidas.

Es imprescindible catalogarlo, clasificarlo y crear una base de dato computarizada, de modo que los interesados puedan conocer de su existencia y utilizarlos cuando tengan necesidad de ellos. También es importante formar catálogos impresos que sirvan de referencia para promover el uso de las colecciones señaladas, además de que se debe tomar medidas para que esas colecciones sean digitalizadas, de modo que los usuarios utilicen las versiones digitales, mientras los originales pasan a estanterías especiales, lejos del uso y para su conservación.

Los libros, revistas, mapas, documentos y periódicos que están depositados en el Fondo Antiguo, deben ocupar un espacio apropiado para ello, con tratamientos adecuados y cuidado especial. Con temperatura y humedad controlada, muebles y estantería adecuados, y una política vigilante que permita monitorear y controlar las plagas de insectos, y pongan como tarea prioritaria la conservación y restauración de los mismos.

Se que se me quedan algunos detalles,  informaciones y sugerencias que los bibliotecarios presentes en este salón de seguro conocen de manera exhaustiva. Pero, para terminar, lo más importante que puedo decirle es que autoridades y empelados de esta biblioteca que hoy celebra sus primeros 6 años,  están obligados a mirar hacia la cuarta planta y poner atención al proyecto de Fondo Antiguo que todavía no concluye. Si esos libros se organizan, se preservan, restauran, describen y los ponemos a disposición de la comunidad a la que están destinados, entonces habremos rendido un servicio a la patria dominicana, pues habremos preservados para las futuras generaciones una parte importante del patrimonio bibliográfico nacional. Muchas Gracias.  (Conferencia de Alejandro Paulino Ramos, Subdirector General del Archivo General de la Nación, en la Biblioteca Central Pedro Mir, de la Universidad Autónoma de Santo Domingo. 9 de noviembre del 2011).